Opinión

Ironía mundialista

Desde que era niño pienso en Brasil como la catedral del futbol. El país donde se vive, se sueña, se respira y se juega en cada rincón, de cada esquina, de cada playa, de todas las ciudades. Los brasileños son apasionados del futbol a nivel de religión nacional.

En estos momentos el país vive un profundo descontento social por problemas viejos no resueltos, y por conflictos nuevos, exacerbados por el gasto mundialista. Según algunas cifras recabadas hasta ahora, se calcula que la inversión para este evento supera los 8 mil millones de dólares, lo que ha provocado una extensa ola de inconformidad social. Sindicatos, organizaciones laborales, académicos, líderes regionales protestan a diestra y siniestra por lo que llaman “una mala planeación”.

Nadie está en contra de la Copa del Mundo de Futbol, nadie se opone ––o por lo menos no en un segmento representativo–– a los partidos, los juegos, las selecciones y la fiesta futbolera. La gran crítica social está dirigida al enorme gasto que el gobierno federal y los locales han volcado en instalaciones y remodelaciones. De entrada, 12 estadios, algunos renovados, pero otros totalmente nuevos, que han representado miles de millones en enormes edificios cuyo uso es ya cuestionado para cuando termine la fiesta mundialista.

En estos momentos las dos ciudades más importantes en términos de población y turismo, enfrentan graves problemas:

Sao Paulo lleva 48 horas de caos absoluto ante el paro en el servicio del Metro. Millones de usuarios y otros tantos de automovilistas han padecido esta protesta gremial que exige incremento salarial inmediato, pactado e instrumentado antes que inicie el campeonato. Los trabajadores empezaron con una demanda de 35 por ciento y han cedido hasta 12.5 por cient, mientras que el gobierno ha ofrecido sólo 8.7 por ciento.

Río de Janeiro enfrenta serios problemas de inseguridad, de favelas removidas y retiradas por encontrarse cerca de sedes deportivas ––ahora o en dos años, recordemos que ahí se celebrarán también los Juegos Olímpicos de 2016–– causando numerosas movilizaciones en protesta. El gobierno de Dilma Rousseff se encomienda a los santos y a todos los ritos brasileños al pedir que los ciudadanos disfruten el evento y ofrezcan una buena imagen ante el mundo, pero lo cierto es que se multiplican las organizaciones, sindicatos y grupos que protestan y se manifiestan. Brasil muestra una cara distinta a la esperada por la FIFA y por el mundo deportivo, pero al mismo tiempo es transparente en su ejercicio democrático.

Miles de millones de dólares invertidos en suntuosas instalaciones, en estadios, en avenidas, calles, villas para los deportistas, cuando subsisten necesidades de diversa índole insatisfechas. Uno de los temas de mayor inconformidad es que se adivina y supone ––no hay causas ni juicios todavía–– una monumental corrupción de funcionarios y servidores públicos que administraron los presupuestos para los eventos deportivos. Han renunciado varios ministros de Rousseff, algunos heredados de la época de Lula Da Silva. Pero no hay aún demandas claras y específicas contra funcionarios por esta causa.

En unos días veremos cómo la policía pretenderá controlar las protestas en Río o el caos en Sao Paulo, los más llamativos. Pero habrá otras sedes, Manaos por ejemplo, donde se esperan también protestas. Enorme ironía que en el país de la fiesta futbolera por excelencia, se viva esta grave confrontación social que el gobierno, por cierto, no sabe cómo neutralizar.