Opinión

Inversión: la necesidad de otra reforma

Hemos hablado en este espacio de la importancia que tiene la inversión para el crecimiento y el bienestar. Sin inversión no es posible contar con más infraestructura, escuelas, hospitales, plantas productivas y fomentar las exportaciones y la generación de empleo formal bien remunerado. Antes que ampliar programas de subsidios a actividades que, viéndolas de cerca, no lo justifican, como son muchas de las actividades agropecuarias que son beneficiarias, o de promover más programas sociales con más recursos, exceptuando quizá el de alimentación para zonas marginadas, deberíamos pensar en la necesidad de realizar otra gran reforma estructural que le devuelva al gasto público su capacidad de promover crecimiento y bienestar.

A este pupitre no le agrada la idea de una mayor participación gubernamental en actividades netamente competencia de los privados, como es la generación de riqueza repartible en la forma de salarios, impuestos, utilidades y otras regalías, aunque al parecer, analizando cifras históricas, nuestra economía sólo ha crecido cuando la inversión pública lo hace. Hemos acumulado casi tres décadas con crecimiento mediocre, que apenas alcanza 2.4 por ciento en promedio y si miramos la tendencia de la inversión, mucho tiene que decirnos. De 1980 a 1989 la inversión pública registró una tasa negativa de 5.0 por ciento anual, mientras que la privada decreció a un promedio de 0.1 por ciento anual. Entre 1990 y 1999 la pública siguió a la baja a un promedio de 0.2 por ciento anual, aunque la privada creció 10.2 por ciento anual en la década, impulsada por la apertura comercial, principalmente. Entre 2000 y 2009 la pública creció 2.4 por ciento anual y la privada lo hizo a una tasa de 2.6 por ciento anual en promedio.

Antes de comentar qué sucedió de 2010 a 2013, conviene recordar que entre 2000 y 2009 nuestra economía registró fuertes excedentes petroleros, mismos que no se utilizaron como la ortodoxia recomienda, esto es, invirtiendo, sino financiando gasto corriente y algunas corruptelas que han quedado en el olvido. Mientras que otros países que gozan de rentas -por tener un producto que pocos más en el mundo tienen y que goza de una elevada demanda- las invierten y constituyen fondos de estabilización, aquí simplemente las gastamos y vemos una lucha estéril entre partidos y el gobierno en turno, unos para financiar gastos superfluos y otros para diseñar y poner en marcha sus programas sociales que, piensan, los llenarán de gloria y, por qué no, igual hasta los llevan a ganar una elección.

Entre 2010 y 2013 la inversión pública disminuyó a una tasa anual promedio de 5.7 por ciento, mientras que la privada aumentó a una tasa de 3.12 por ciento anual. Así no se puede crecer, ni es posible pensar que avanzaremos hacia mayor desarrollo; sólo hay que ver los casos de otras economías, en donde privilegian la inversión productiva, además de dar estímulos para que haya mayor inversión privada.

Aquí ya estamos avanzando en materia de los estímulos, con eso de las reformas que se están proponiendo, aunque falta mucho por hacer en rubros como transparencia, corrupción, mejora regulatoria. Hemos comentado que para elevar el crecimiento se requiere atraer un flujo considerable de inversiones, pero también es necesario que haya un flujo de inversión local, privada y pública, que sean el mecanismo de transmisión, para guiar y conducir todo el proceso. Además, insistimos, hace falta otra gran reforma: la del gasto público, para eliminar a todos los vividores de rentas y subsidios e invertir más. Es la única forma de crecer, eliminar la pobreza y avanzar en forma permanente y sustentable.

Correo: rodartemario@hotmail.com