Opinión

Invencible

No quiere alejarse de sus hijos pero la vida que tiene lo está volviendo loco. Loco de ansiedad, de prisa, de enojo por no tener nunca tiempo de hacer lo que le gusta. Hace años que que perdió el entusiasmo hacia casi todo.

Dicen que las mujeres son las que más sufren por tener que repartir su tiempo entre el trabajo y lo doméstico. ¿Y él?

Lleva a los niños a la escuela, va a la oficina todo el día, come con clientes insufribles, atiende juntas insufribles, viaja una vez a la semana al otro lado del Atlántico para tener días completos de reuniones estratégicas, resolver problemas, regresar y resolver más problemas. Vuelve a casa para encontrar reclamos y frialdad por su ausencia. Lo único que le importa es el trabajo, le dice su mujer. Listas interminables de cuentas por pagar, decisiones sobre el mantenimiento de la casa, el desgaste de estar sola con los niños toda la semana, la queja permanente. Él por su parte, regresa con ganas de descansar, de jugar con sus hijos y prepararles la cena. Le gusta ser papá, verlos crecer, leerles. Últimamente no le encuentra mucho sentido a la vida conyugal. Ella siempre está cansada porque la vida de mamá la ha alejado de la que era antes. A él también, a los dos. Solían viajar, tomarse un vino entre carcajadas, hacer el amor. Se querían, se gustaban, eran felices con menos.

En otro punto de la historia, 10 años después, esa vida parece una excentricidad. Hoy las prioridades cambiaron, la estabilidad y el futuro de dos niños dependen de él. De ellos.

Cuentas por pagar, comidas familiares, bautizos y primeras comuniones, clases de ballet y de soccer, colegiaturas, pediatras, desvelos. Y millones de dólares de otros que él debe resguardar con inteligencia.

A veces piensa que así es la vida para todos, que quejarse es de débiles. De repente se quita las defensas después de tomarse dos vodkas. Se le aparecen imágenes de otra vida en la que era libre, en la que tenía tiempo para perder el tiempo. Para leer, para ver a sus amigos, para descansar.

Sus vacaciones de hoy siempre incluyen ipad, dos celulares y una computadora. Parece coordinador de asesores del Presidente. Localizable 24 horas y 7 días a la semana, contesta llamadas, mails y mensajería personal. Sin descanso, sin pausa y con prisa. No puede posponer ningún asunto porque todo es urgente.

¿Y él? ¿En qué momento se volvió el proveedor universal, el padre ausente que no quería ser, el que no tiene derecho de quejarse ni de mostrar debilidad, el triste personaje que duerme en una esquina de la cama?

Su cuerpo ha comenzado a gritarle que la cosa no anda bien. Sobrepeso, 15 cigarros al día, decenas de tragos a la semana, poco ejercicio, mal dormir, dolores de cabeza, tristeza inexplicable, sensación de falta de aire una noche cualquiera.

Odia ir al médico. Odia a los médicos. Sólo quieren dinero. No saben nada. Sólo lo persiguen y lo quieren controlar con diagnósticos y tratamientos. Debe aprender a relajarse, le han dicho entre muchas estupideces. Se muere de risa. Relajarse es lo único que no puede hacer ni en su trabajo ni en su casa porque lo perdería todo. Porque todo depende de él. Porque le faltan horas al día para trabajar. Porque sus hijos lo adoran y lo ven como un modelo a seguir. Porque ella lo necesita aunque ya no lo ama. Porque no se imagina una vida más pausada y más sencilla. Olvidó el camino de regreso.

En otro punto de la historia, 30 años atrás, un niño dibuja. Quiere ser pintor como el abuelo. Correr, patear el balón hasta desfallecer, ser libre.