Opinión

Inteligencia

10 febrero 2014 4:9 Última actualización 28 octubre 2013 5:2

 
 
Gerardo René Herrera Huízar
 

A los apóstoles de la función: anónimos, prudentes, silenciosos, patriotas, desconocidos, amenazados, empobrecidos y entregados al bien de su nación.
 

A los astutos improvisados, cínicos, violentos, simuladores, traicioneros, arrogantes, desviados y viciosos.
 
A los miserables sinvergüenzas, hechos al amparo de la circunstancia, postrados ante el brillo de la más absoluta indignidad.
 

Los reclamos y enérgicas protestas que diversos gobiernos han expresado ante las revelaciones de Edward Snowden, respecto a las prácticas de espionaje de agencias norteamericanas, no pasan de ser una reacción obligada ante el hecho, para generar una catarsis social más bien de alcance doméstico.
 

A nadie resulta extraño ni novedoso que los estados espíen, de hecho, la producción de inteligencia es una función a la que están obligados los aparatos gubernamentales para el eficaz cumplimiento de sus tareas orientadas a la seguridad, a la salvaguarda de los intereses y al logro de los objetivos nacionales, con la regulación legal y social debida.
 

La función inteligencia, reviste un carácter experto y profesional de una gran especialización y de aplicación universal, que ha pasado del ámbito estatal y de seguridad nacional, a la práctica privada en ambientes de alta competitividad económica, tecnológica, científica o comercial.
 

Hoy en día, los estados nacionales y las grandes corporaciones realizan labores de inteligencia, aplicada a distintos rubros y de acuerdo a sus particulares intereses. En sus estructuras se incorporan, de manera abierta y pública, unidades de inteligencia, sujetas a un marco funcional y legal específico. Sus responsabilidades van tanto a la búsqueda, obtención y procesamiento de la información indispensable para la toma de decisiones, como a la protección de la información y secretos propios, que eventualmente sean de interés de sus competidores o adversarios, lo que constituye la contrainteligencia.
 

De hecho, durante al menos cuatro décadas, nos hemos regocijado con series televisivas promotoras de esta añeja función, donde los espías son presentados como íconos protectores de la libertad y seguridad del mundo: el Superagente 86, James Bond o Jack Bauer, socializando el espionaje de buenos contra malos.
 

Por ello, en el escándalo desatado, primero por WikiLeaks y seguido por las revelaciones de Snowden y Manny llaman la atención una serie de aspectos que rayan en el ridículo y la ingenuidad:
 

1. La falla de los mecanismos mínimos para evitar ser espiados y en su caso detectar el espionaje por sí mismos
 

2. La ligereza de dejar en manos de un “contratista” información sensible, de seguridad nacional, sin los controles obligados.
 

3. La candidez tanto de los gobiernos espiados como del espía, quienes no se hubiesen percatado de sus vulnerabilidades si Snowden no se los dice.


 
4. La novatez y excesiva confianza de los suntuosos organismos de inteligencia que al parecer carecen de ella. Muchas son las reflexiones que pueden hacerse sobre este bochornoso episodio y amplias las enseñanzas que ofrece para el caso mexicano en donde los servicios de inteligencia se avocan a lo inmediato y personal, con visión patrimonial y de competencia política, de gran improvisación y corto alcance.
 
 
 
 
 

La inteligencia es una actividad profesional, técnica y de gran compromiso ético, de alto valor agregado si se le explota adecuadamente, pero puede ser terriblemente perniciosa para cualquier organización, pública o privada, si se le pervierte, si se pone en manos inexpertas, perversas o incapaces.