Opinión

Insuficiencia presidencial

 
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Miguel de la Madrid, expresidente de México. (Archivo)

Uno. Sorprende, dada la hondura de la crisis (crisis de fondo: casi todo chirría), la inexistencia, en algún medio académico, de un seminario multi-disciplinario, ocupado en el diagnóstico y consecuente pronóstico del desastre nacional. Las recientes reformas, llamadas estructurales, prez de la Presidencia de la República, exhiben sus costuras (véase nomás el batiburrillo de la educativa).

Dos. Sociedad, la nuestra, obsesionada por lo secundario y lo banal, sociedad “selfie”. La literatura, una de las altas lumbres del siglo XX, en manos del mercado y una disputa del Canon indigna de riña cantinera (los Grandes hacen rato desaparecieron, quedan los monaguillos). Unas Humanidades mexicanas, que más que la ciencia, han merecido elevados “ranqueos” y premios como el Príncipe de Asturias, que no terminan ni de actualizarse ni de hallar su identidad social.

Tres. Yo adelanto algunos puntos neurálgicos (tal mi parecer), relativos a la cosa pública. La reforma política ha fracasado, salvo en el dispendio, la proliferación de partidos y clientelas, el boom de agencias publicitarias en grado cero de creatividad (al cliente lo que pide), ayuntamientos ideológicos aberrantes, el bandolerismo de los gobiernos estatales y una especie de vocación faraónica del árbitro electoral.

Cuatro. Todo empezó con el raquitismo pos68 (de las ensoñaciones democráticas de aquella edad romántica, sólo primó la electoral: votas y te vas), y el apresuramiento de la LOPPE de 1976 (López Portillo se había sentado en La Silla sin candidaturas opositoras). Con su mediocre sucesor, hombre más de la burocrática banca oficial que del poder, empieza la corrosión interna del partido hegemónico, ese al que hoy se le desgrana la mazorca (¿y si tras Veracruz se pierde el Estado de México?).

Cinco. Es que a la agenda social hija de la Revolución (deudora en tantos puntos de la Independencia y la Reforma), la sustituyó la pulsión sin méritos por Palacio Nacional (antes de que a éste lo supliera del todo Los Pinos, reduciéndolo a Salón de Fiestas y Museo). Sin más requisitos que el desmelenado deseo de poder, sin el lastre de las ideas, sin visión de Estado (¿cuál fue nuestro último presidente estadista?), caiga quien caiga, la Máxima Magistratura (la que fuera Máxima Magistratura: Juárez, Díaz, Madero, Obregón, Calles, Cárdenas el genuino), centra el quehacer político. En consecuencia, nunca se abandona el traje de campaña. Al margen de los periodos electorales, siempre se está en campaña.

Seis. Se está en campaña permanente por encima de los partidos, de la legislación electoral, de las instancias arbitrales, del mismo electorado. Toda una Nación marcada por el sueño desmelenado de uno, dos, muchos. Afiliados a un partido, al mejor postor (Guerreo en tiempos de Iguala Mártir), disque independientes.

Siete. El más arduo, complejo, social, exigente quehacer público privatizado. Una de sus consecuencias, desasido el destino colectivo, es la insuficiencia presidencial. Enfermedad crónica y letal. Enfermedad que empezara, más que con Díaz Ordaz, con Echeverría. Sueño guajiro de trascendencia histórica, al que no escapó el de la reelección. Siempre me llamó la atención que López Portillo, que empezó hombre maduro, la frivolidad aparte, terminará su desastrosa gestión en retorno a la adolescencia.

Ocho. De la Madrid no conoció el confort del mando máximo hasta que se amorcilló en el Fondo de Cultura Económica. Reelecto de facto, Salinas, después de sembrar esperanzas primermundistas, la tomó, furioso, contra su propio dedo índice, destapador del sacrificial Donaldo Colosio. Apátrida, Zedillo cumplió su sueño americano, con credenciales de demócrata (se adelantó al Consejero- Presidente del IFE, en el anuncio de la derrota panista del PRI, que trabajo le costó no celebrar). No es inexacto calificar a Fox y Calderón de ejecutivos primitivos, con grandes frutos empresariales para el primero (“Chente”, que no daba una en la iniciativa privada). Resulta difícil desestimar al régimen actual de administración de bienes nacionales con fines privados.

Nueve. A lo anterior llamo “insuficiencia presidencial”. Sistémica, devastadora.

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