Opinión

Insólita automatización de la violencia

Uno de los temas más preocupantes que han ocupado la atención de la ciudadanía a lo largo de las últimas semanas tiene que ver con esta práctica de hostigamiento que se presenta entre los jóvenes, que de manera impensada acaba por desquiciar la razón y desembocar en violencia; un deslizamiento descontrolado que orilla al “llevarse pesado”, a desencadenar en delito: el bullying.

Nadie puede poner en tela de juicio que nuestro mundo contemporáneo es, ante todo, más violento. Existen menos guerras pero hay más amargura entre los ciudadanos. El bullying es la demostración más fehaciente del fenómeno, con el desencanto de ser un vicio social que se adopta, ante todo, entre nuestros niños.

Los resultados que arroja la baja autoestima y la rudeza colectiva en agravio del individuo en contra de quien se apunta y dispara, son una manifestación de descomposición social que nos perturba a todos, que nos obliga a reaccionar y a meditar, forzosamente, sobre las causas que lo originan y la manera en que se debe resolver.

En el ámbito de la vida pública y ante la acción política desesperada de todos los actores por congraciarse con el electorado, la respuesta oficial es tan predecible como insuficiente: organicemos foros para que se expidan leyes que prevengan la práctica del bullying y se sancione a los infractores que lo cometan.

El desbordamiento de la violencia y la inseguridad ya no son una cosa de leyes, ya no son ese problema que sólo puede atribuirse al gobierno o al mal gobierno. La clara muestra de descomposición social en la que estamos inmersos nos impone la obligación y arroja el gran reto de analizar qué ha provocado la pérdida de valores sociales y cómo podremos recuperarlos.

La respuesta más espontánea, pero más clara en torno del bullying, con la que más me he identificado, la ofreció el mismo secretario Emilio Chuayfett: los problemas de violencia no se resuelven en las escuelas, empiezan y se deben de resolver en la casa.

Hace cuarenta años ya existía esta práctica entre mocosos. Todos en alguna medida participamos o fuimos víctimas de ella. Sin embargo, los alcances de “llevarse pesado” tenían un límite razonable que no superaba un moquetazo, jamás comparable con el grado de sadismo con el que se comportan nuestros adolescentes. ¿Qué ha sucedido?

La realidad impone la necesidad de hacer un análisis comparativo entre la sociedad de hoy y la de aquellos años, ¿qué ha cambiado entre nosotros?

No hace falta pensar mucho para darnos cuenta de que la conformación de la familia y la distribución de los roles ha cambiado. No digo que sea malo o bueno, simple y sencillamente así es. La organización tradicional de la familia con un padre proveedor, una madre encargada del hogar, un hijo estudiante y una hija dedicada a su preparación como futura esposa, como modelo perfecto de convivencia familiar, desapareció.

Las circunstancias obligaron a que esto sucediera, porque cada uno en su rol, empezando por el padre cuidadoso de su clan, se apartó del papel que le había sido asignado. Ha sido necesario que la madre también se convierta en proveedora y, por consiguiente, que la hija tenga una formación con un propósito autonómico, y que el padre hoy convertido en un procreador desechable navegue con un rumbo errático entre la diversión y la depresión, para dejar a un hijo desprovisto de la figura ejemplar a la que deba emular. La violencia, como bien lo ha señalado el secretario de Educación Pública, está comenzando en el hogar.

La realidad, sin embargo, debe llevarnos a meditar sobre si los pasos que la sociedad y nuestro gobierno están dando para adaptar nuestras leyes a estas nuevas circunstancias son o no las correctas. ¿La ley debe atender a una realidad social distorsionada?, o puede y debe ser, o no, un mecanismo para establecer un nuevo cause de las cosas. Es a partir de la desaparición del matrimonio que se terminará con la violencia familiar, o, desde otra perspectiva, con la desintegración de esta célula social que se estarán sentando las bases de la violencia.

La solución es compleja y ameritará una discusión política de alto nivel, que tiene el deber de soportarse científicamente. Estamos obligados a encontrar en nuestra conformación social el concepto moderno de familia, que nos permita entender nuestros nuevos roles y los mecanismos para lograr una vida armónica y sin violencia. Sumidos en la ola que produce la renovación social, resulta difícil comprender el rumbo hacia el que debemos encaminarnos.

Estas consideraciones son las que nos llevan a poner los reflectores en la tesis que ha sustentado la Suprema Corte de Justicia de la Nación en torno de la desaparición del concepto de procreación como fin intrínseco del matrimonio, puerta abierta para la celebración de este contrato fundamental en la conformación de nuestra sociedad entre personas de un mismo sexo. La decisión del máximo tribunal no puede calificarse en modo alguno, porque su contenido es político. La validación de lo que debe o no ser el matrimonio como núcleo esencial de nuestra sociedad, en honor a la verdad, no constituye una cuestión que se resuelva por medio de la interpretación de la Constitución, sino por el debate y el voto de aquellos a los que les corresponde representar a todos los que conformamos la Nación mexicana.

Si empezamos por definir qué somos y hacia dónde queremos caminar, como sociedad y como una gran unidad que comprometida con la producción se preocupa por la felicidad de sus individuos, probablemente algún día podremos acabar con la violencia.