Opinión

Inmigrantes

 
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Inmigrantes. (Cuartoscuro)

Hay una enorme crítica hacia el gobierno de Trump por su decisión de deportar a millones de inmigrantes indocumentados y prohibir el ingreso de refugiados de varios países musulmanes. Esto se debe, además de razones humanitarias, a que internacionalmente se reconoce la contribución que realizan los inmigrantes, calificados o no, a la cultura y economía. Estados Unidos no sería la potencia que es sin estas aportaciones.

No hay dudas sobre esto: la migración tiene efectos positivos sobre la economía. Un estudio de la Universidad de California en Santa Cruz halló en 2012 que los migrantes son más propensos a iniciar un negocio que cualquier habitante nativo de Estados Unidos. Según un estudio de Gallup de aproximadamente la misma época, los inmigrantes son dos veces más proclives a comenzar un negocio que los estadounidenses nacidos y criados. Y allí está Fortune 500: el 40 por ciento de las compañías listadas, nos recuerda un trabajo del Partnership for New American Economy, fue creado por un inmigrante o por un hijo de inmigrantes.

Hay una razón para que eso suceda y es que el inmigrante trabaja duro para hacerse un lugar en su nuevo destino. Esos inmigrantes son, además, creadores de pequeñas y medianas empresas, que son mayores tomadoras de empleo, mucho más que las grandes corporaciones, pues son todavía más intensivas en mano de obra, que las grandes que son intensivas en capital.

Y es esa una verdad tan evidente, que hasta el hombre más discutido y el menos proclive a recibir un reconocimiento por su preocupación por los migrantes, Donald Trump, acepta el efecto positivo de esos flujos en la economía. En su libro Great Again. How to Fix Our Crippled America, Trump tiene un párrafo entero dedicado a los inmigrantes calificados.

Dice así: “Es asombroso cómo la gente que viene aquí para obtener su maestría y que demuestra maravillosas habilidades, es forzada a esperar en una fila muy larga cuando se quieren quedar y contribuir con este país. De hecho, nunca llaman el número de muchos de ellos.

“Jóvenes brillantes vienen de todas partes del mundo a estudiar en nuestras universidades. Obtienen la mejor educación del planeta. Se gradúan con honores y nosotros les damos un diploma y un boleto de avión... Se quieren quedar, pero los enviamos de regreso a sus países y, al final, usan ese conocimiento que obtuvieron aquí para competir contra nosotros”.

No soy afecto a Trump, pero no puedo estar más de acuerdo con él. No está de más tampoco que recuerde que un tercio de los Nobel de Estados Unidos fueron obtenidos por inmigrantes que estudiaron o fueron a trabajar allí y que contribuyeron en gran medida a edificar los saltos cualitativos de su economía.

Decenas de países andan por el mundo a la pesca de migrantes que ayuden a desarrollar su economía, a hacerlos crecer e innovar.

Singapur tiene un programa de captación; Australia un sistema de visas especiales; Israel es una aspiradora de talento internacional. “Los inmigrantes no tienen aversión a empezar de nuevo: son, por definición, gente que corre riesgos. Una nación de inmigrantes es una nación de emprendedores”, escribieron Dan Senor y Paul Singer en Start Up Nation, que narra cómo se dio el milagro económico israelí.

Habiendo dicho todo esto, ya supongo que sabrá qué pregunta sigue, y esa es: ¿dónde queda México en este debate sobre la migración? Lo diré en mi próxima columna, pero le adelanto: la respuesta no es esperanzadora.

Opine usted: rogozinski@mitosymentadas.com

Twitter: @JaqueRogozinski

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