Opinión

Ingobernable

 
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[La bancada del PRD en la Cámara alta asegura que con este impuesto se recaudarán hasta 20 mil mdp cada año. / Cuartoscuro] 

Una de las grandes debilidades de la izquierda mexicana ha sido su enorme incapacidad por garantizar una vida interna democrática, que al mismo tiempo permita el debate abierto y fuerte, y la acción unitaria vea alcanzado el acuerdo de la mayoría. El origen mismo del Partido de la Revolución Democrática carecía de la tradición propia de los valores enunciados por el propio instituto político. Ni la disidencia priista de Cárdenas y Muñoz Ledo, ni los militantes comunistas, socialistas o nacionalistas de izquierda habían sido practicantes de formas democráticas dentro y fuera de sus organizaciones. El membrete democrático aludía más a una consigna sin contenido práctico, que a una forma de vida política cotidiana.

Es por ello que durante décadas el PRD funcionó como una democracia limitada al debate interno, y a partir del reparto de cuotas de poder en función de su capacidad de sostener a una clientela ciudadana en el marco de un esquema corporativo. Las decisiones cupulares tomadas en última instancia por el gran caudillo funcionaron como pegamento efectivo entre las corrientes partidarias siempre esperanzadas en que ese Tlatoani los llevara a la presidencia de la República.

Es por esta lógica pragmática del poder que las corrientes mayoritarias del PRD, encabezadas por Nueva Izquierda, se subordinaron primero a Cuauhtémoc Cárdenas y después a López Obrador. Con este último y a pesar de profundas diferencias programáticas y de estrategia, los llamados Chuchos recorrieron dos veces el camino de la campaña presidencial, aceptando los excesos y locuras del líder incuestionable que prometía el paraíso y terminó generando la peor división para la izquierda mexicana. La ruptura entre López Obrador y el PRD de Nueva Izquierda en 2013 abría la puerta para un partido sin caudillos, democrático y con un proyecto modernizador. Pero tampoco se pudo.

La elección de Carlos Navarrete como presidente del partido en un proceso abierto a los militantes suponía la legitimidad total para la nueva dirigencia. Sin embargo, dos factores anularon este importante hecho. Primero, la persistencia de la estructura de corrientes internas que seguían demandando posiciones y privilegios internos independientemente de su peso político real y, segundo, la obsesión de seguir la ruta del caudillo renegado y actuar en función de los pasos dados por el tabasqueño. AMLO se separó del PRD pero éste no de él ni de gran parte de sus proyectos basados en el nacionalismo revolucionario priista.

Ante la falta de audacia perredista para recrear una izquierda moderna, el partido entró en un proceso de adormecimiento. Las alianzas con el PAN fueron hechas más para no desaparecer del mapa que para impulsar un proyecto político conjunto con la derecha. El nombramiento de Agustín Basave como 'líder externo' y la presión que lo obligó a renunciar, así como la imposibilidad de nombrar un nuevo presidente, demuestran la inexistencia de un liderazgo partidario, pero más aún la incompatibilidad entre los proyectos de las distintas corrientes que integran el partido.

Entre Los Chuchos y Bejarano no hay punto de unión más que la lucha por la franquicia partidaria y lo que esto implica en términos políticos y económicos. Es por ello que en un par de días estarán eligiendo a un nuevo administrador del partido para transitar así hacia el 2018 y decidir si van sometidos una vez más a AMLO o se montan en la candidatura panista con los riesgos de ruptura interna que esto implica. Por lo pronto, una candidatura perredista propia luce hoy imposible en un partido ingobernable y descabezado.

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