Opinión

Infanta acusada

1
  

   

Cristina de Borbón

Hace poco más de dos años escribí en este mismo espacio un texto en torno a la grave crisis que enfrentaba la monarquía española con el escándalo de la Fundación Nóos. Titulé aquella colaboración “Jaque al rey”, en la que detallaba los daños y consecuencias que a la imagen de la Casa Real y al del propio monarca infringían los señalamientos por corrupción en contra el yerno del rey, Iñaqui Urdangarín y de paso, al de su esposa, la infanta Cristina.

Muchas cosas han pasado en estos dos años en España. El rey Juan Carlos se fue en medio del descrédito y el desprestigio. Su hijo Felipe, se convirtió en el nuevo monarca español en la búsqueda desesperada por controlar el daño a la institución.

La propia abdicación de Juan Carlos de Borbón, la anterior separación de los duques de Alba de la agenda de la familia real, su residencia en el extranjero y el posterior retiro del título de duques de Alba a Cristina e Iñaqui –decisión y medida ya instrumentadas por Felipe VI– han sido todas estrategias de contención para evitar del derrumbe de la Corona española.

El caso Nóos, la fundación “sin fines de lucro” que el yerno real y su socio Diego Torres construyeron a principios de la década pasada, fue el mecanismo mediante el cual el entonces duque y Diego utilizaron como empresa organizadora de eventos deportivos para gobiernos locales y estatales a cambio de contratos millonarios. Aparentemente las evidencias señalan con claridad que la producción de certámenes y competencias estaba sobre valuada, y cobraban cinco y hasta ocho veces más los honorarios de una empresa organizadora de eventos.

Como ha dicho con transparente elocuencia un exalcalde en Baleares: “y quien no iba a atender una llamada del yerno del rey”.

El caso tiene trascendencia más allá del escándalo mediático, porque pone en evidencia una red de complicidades, tráfico de influencias, otorgamiento de obras sin concurso, desviación de fondos y otros delitos más graves como defraudación fiscal y lavado de dinero –en España, “blanqueo de fondos”.

El mismo rey emérito, Juan Carlos, intervino en una negociación que pretendía venderle al reino de Marruecos un programa de actividades y programas con un valor superior a los 120 millones de euros. Está registrada una llamada telefónica de Juan Carlos al rey Abdalá –su hermano marroquí según protocolos entre esas dos monarquías.
Esto encendió las luces de alerta y aceleró la abdicación.

Felipe VI ha hecho todo a su alcance para “limpiar” y reconstruir el prestigio de la monarquía española, de la Casa Real y el muy derruido de su propia familia. La ambición, los desatinos, el poder, la facilidad con la que pretendieron e hicieron negocio, tiene hoy a una buena parte de la sociedad española ofendida, exigiendo en la voz de organizaciones de la sociedad civil, cárcel hasta por 26 años para el exduque Iñaqui Urdangarín.

Ayer en España, la foto que durante siete años intentaron evitar: la hija del rey, Cristina de Borbón y Grecia, infanta de España, sentada en el banquillo de los acusados por complicidad en varios de los delitos señalados.

Aquí se encuentra un rey joven intentando salvar la herencia y patrimonio de su familia –la Corona española– contra todas las torpezas y excesos de su cuñado, la ignorancia de su hermana y la ceguera de su padre al “recomendar” a un yerno en busca de negocios.

Pero Felipe VI lo tiene perfectamente claro: la monarquía sólo tiene razón de existir en el siglo XXI –y este argumento es debatido y atacado por muchos– si ejerce un rol y un papel ejemplar, de símbolo de unidad nacional, de integración de un país rico en divergencias, nacionalidades, lenguas y culturas. El rey y la monarquía carecen de significado en estos tiempos, si son incapaces de incorporar esa representación nacional a su persona y a su familia: como jefes de estado por herencia, pero como líderes de una nación que enfrenta los retos de la modernidad.

Cristina de Borbón puede que sea exonerada y sancionada con una multa menor, pero su marido, autor intelectual y material de estos tratos y negocios bajo el amparo de su rango, título y parentesco, recibirá una pena de varios años de cárcel. Servirá como ejemplo para futuras generaciones en España y en el mundo.

Qué lejos estamos en México de un proceso de esta naturaleza, que cuestione, indague, interrogue y castigue a todo poderoso que haya incurrido en falta alguna.

Twitter: @LKourchenko

También te puede interesar:
Creciente tensión musulmana
Venezuela, victoria heroica
Gore tenía razón