Opinión

Infancia no puede ser destino

1981. Recuerdas el verano entero viendo películas 'gringas' en blanco y negro todas las mañanas. Tu madre tiene que salir a trabajar todos los días para ganarse unos cuantos billetes que les den para comer. Te quedas en casa todas las mañanas viendo películas e imaginándote la vida que te gustaría tener. Eres un niño pero piensas mucho en el futuro. Serás arquitecto o ingeniero aunque te guste tanto devorarte libros enteros. Sabes que la literatura no le da de comer casi a nadie.

En 1981 tu padre se va porque no soporta a tu madre. Se siente superior a ella y se lo hace saber cada mañana cuando la regaña por todo. Ella se somete porque es la única forma de relación que aprendió con una madre agresiva y maltratadora que le enseña desde muy pequeña a vivir con gritos y descalificaciones. Tu padre no ama a tu madre; quizá la deseó algún día porque es una mujer hermosa, pero nunca un reto intelectual capaz de sorprenderlo y de mantenerlo interesado.

La separación de tus padres te vuelve pobre. Él se olvida de ti para castigar a tu madre, que muy pronto después de quedarse sola contigo, comienza a tener un novio tras otro.

Te da lástima ver a tu madre buscando compañía con tanta desesperación. A veces te parece patética; los hombres con los que sale, mucho más. Pero la adoras y ahora es tu deber protegerla y quererla mucho; consolarla por las noches cuando llora por la falta de dinero o por soledad.

1991. Te gradúas de ingeniero civil en julio, siendo el más joven de tu generación en conseguir el título y la mención honorífica. Llevas cuatro años trabajando como becario en la empresa de un tío lejano, así que mantienes la casa desde los 17. Eres el proveedor más joven de tu círculo social. Aunque vas a una universidad pública, muchos tienen auto y una casa mucho más bonita que la tuya.

Desarrollas una obsesión: no quieres seguir siendo pobre ni estar siempre por debajo de todos los demás. Tu madre apenas gana unos pesos con su trabajo de recepcionista, pero jamás le has reclamado nada. Eres el hijo perfecto y entiendes que no es capaz de más. La ves como a una hija a quien proteger. Tu padre vuelto a casar, tiene dos hijos con su nueva pareja. Es rico y tu pobre, pero ahora eres ingeniero.

2001. Te has vuelto consultor para una trasnacional que te paga maravillosamente bien. Lograste comprarle un departamento a tu madre que depende completamente de ti. Sigue siendo como tu hija y sólo a veces una madre dulce que te dice que eres maravilloso. El mejor hijo del mundo.

Tienes 31 años y algunos problemas emocionales incubados en tu familia de origen: te aterra la carencia pero eres incapaz de gastar dinero en ti. En tu mente sigues siendo pobre, porque sólo gastas en lo indispensable para vivir. No olvidas las épocas en las que había poco para comer, los zapatos rotos, las rentas sin pagar. Ganas lo suficiente como para darte una buena vida pero eliges la austeridad, no por convicción sino por miedo a la pobreza.

El otro asunto que te atormenta es que no puedes relacionarte con mujeres solventes y letradas. Con mujeres iguales a ti, profesionistas e independientes. Llevas una sucesión de relaciones con mujeres emproblemadas, endeudadas, desempleadas, desequilibradas emocionalmente, necesitadas de protección y cuidado, inseguras, incapaces de decidir nada sobre sus vidas. Y el tercer problema: no sabes qué tipo de hombre te gusta ser.

La convivencia con tu madre ha sido tan intensa que te pareces a ella cuando te miras al espejo. A veces te preguntan si eres gay. Te das cuenta de que tu sensibilidad es mucho más cercana al estereotipo femenino. Eres cursi, romántico, dramático y hablas excesivamente. Los deportes y los coches te producen bostezos. Prefieres conversar. Estás obsesionado con el amor, igual que tu madre. Sueñas con encontrar a alguien que te dé el cariño que te faltó, que te confirme en tu masculinidad y que te acepte tal y como eres.

Tu madre te necesita tanto que no puede ni pudo nunca protegerte. Has crecido solo, te has hecho hombre solo y ahora vives aterrado de la pobreza, de las mujeres con la vida resuelta y de tu forma femenina de ser hombre. Te duele, pero prefieres pagar el precio de enfrentarte a la memoria de tu historia que seguir viviendo con los patrones infantiles que no elegiste. Quieres intentar reinventarte y ensayar nuevas formas de ser y de relacionarte. Quieres creer que la infancia no puede ser destino.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa.
Conferencista en temas de salud mental.

​Correo: valevillag@gmail.com

Twitter: @valevillag