Opinión

INE, con los mismos defectos del IFE

A pesar del esfuerzo que representó dar un salto de ese tamaño, la sustitución del Instituto Federal Electoral por el Instituto Nacional Electoral será nada más una revolcada de los mismos mecanismos electorales.

En su nacimiento, el IFE vino con un defecto de origen heredado por la vieja Comisión Federal Electoral: la participación de partidos en los procesos electorales con representantes en los órganos de organización de elecciones. Se quiso romper la relación directa partidos-funcionarios con la figura de consejeros, pero al final los partidos se apropiaron de los nombramientos y el consejo general quedó en una representación directa de los partidos.

El Instituto Nacional Electoral nace con tres problemas que vienen desde la CFE y permanecieron en el IFE:

1.- Un organismo con funciones de organización y de resolución de quejas.

2.- La intervención directa de los partidos en la designación de consejeros.

3.- La presencia en el consejo de representantes de partidos y poderes.

Como la Comisión Federal de Electores y el IFE, ahora el nuevo INE será de nueva cuenta un tribunal de desorden electoral. La reforma política perdió la oportunidad de crear un sistema electoral más coherente y alejado de los partidos como principales interesados. Se necesitaba un organismo para simplemente realizar elecciones, poner urnas, vigilar y contar votos y otro para dirimir quejas judiciales, además de desaparecer la credencial de elector y crear la varias veces anunciada cédula de identidad única.

Pero no; el sistema electoral se ha hecho por razones ajenas a la idea de tener una estructura electoral funcional: el Instituto Federal Electoral fue producto del fraude electoral de 1988, del descenso de la mayoría priista debajo de la línea de mayoría absoluta y una mayor presencia de la oposición que había sido víctima de fraudes institucionales.

El INE fue consecuencia de una negociación con el PAN a cambio del voto a favor de la reforma energética. Pero el Partido Acción Nacional no buscó crear un sistema electoral democrático, sino uno funcional a sus intereses de oposición de alternancia y bajo la sombra del sospechosismo contra las inimaginables formas priistas de pervertir el sentido democrático del voto.

El INE necesita sacar de sus estructuras y sesiones a los partidos, eliminar la figura de consejeros para crear la de funcionarios con responsabilidades directas nada más en la organización de elecciones y pasar a otra ventanilla ajena al Instituto los debates con partidos y representantes de poderes que tiene voz estridente y que no necesitan voto para inhibir a los consejeros.

La designación de consejeros saldrá de reglas fijadas por la Cámara de Diputados, legisladores también tendrán representación en el comité técnico de evaluación de candidatos autopostulados y finalmente el “órgano de dirección política” (la Junta de Coordinación Política, formado por los coordinadores de todas las fracciones parlamentarias) de la Cámara buscará acuerdos entre los partidos para la selección final. Es lo mismo, aunque revolcado: los partidos seguirán designando a funcionarios electorales a partir de una cuota de intereses.

El INE nacerá, así, con los mismos defectos del IFE: la partidización en los nombramientos de los consejeros; y por tanto, habrá de nueva cuenta cuotas de poder entre los partidos y no funcionarios ajenos a las luchas entre los partidos. Inclusive, la lista de notables que circula en las élites de poder contiene varios que estarían representando a partidos y con simpatías que les impediría ser imparciales en los procesos electorales.