Opinión

¿Indolentes?

   
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RAfa y Julion

De pronto dudamos de todos. Recuerdas aquella inversión en el autolavado que te propuso tu primo hace un año, te preguntas de dónde habrá salido el dinero de esa boda espectacular a la que fuiste en Saltillo, incluso cuestionas la legalidad de una organización que apoya a perros de la calle a la cual le aportas mensualmente 200 pesos. ¿Habrá sido legal? ¿De dónde habrán sacado el dinero? ¿Cómo se mantienen? El miércoles por la noche México supo de la capacidad del crimen organizado para infiltrarse en lo público, su capacidad de mimetizarse con lo cotidiano, con lo legítimo, incluso con lo que admiramos.

Somos una sociedad indolente con el crimen y la corrupción, nos enoja pero la vemos en todos lados… o eso creímos, hasta esta semana. La acusación que hizo el Departamento del Tesoro de Estados Unidos contra el futbolista Rafael Márquez y sus posibles nexos con el narcotráfico, nos recordó que hay ciertas ilegalidades que aún nos duelen.

La figura de Rafael Márquez es tan respetada que nos ha costado digerir este escándalo. Ya se ha escrito mucho de lo que representa para mi generación y para la alegría de México, no me detendré en eso, él junto con el cantante Julión Álvarez deberán preparar su defensa y los órganos de justicia norteamericanos determinarán su culpabilidad o inocencia, sin importar si son ídolos nacionales o no. Su presunción de inocencia sigue intacta.

En lo que sí me quiero detener es en cómo un jugador de futbol fue capaz de vulnerar nuestra percepción de lo 'bueno', de lo 'normal'. Casos de la infiltración del crimen en la vida cotidiana ya no son una sorpresa, ejemplos hay muchos.

Iglesias que reciben diezmos de dudosa procedencia: sí, supongo que en algunas partes de Sinaloa sucede eso. Normal.

Cantantes de pop, rock, ranchero que dan conciertos privados sin mirar a quién le cantan: sí, tal vez más de uno ha actuado 'sin saber' quién lo contrató. Normal.

Políticos que desayunan, comen, cenan con líderes del crimen organizado: sí, no nos sorprende. Normal.

Federaciones deportivas que son parte de un gran escándalo de corrupción; les compraron su voto para la selección de una sede mundialista: sí, tal vez. Normal.

Equipos de futbol con nóminas altas y gradas vacías; por ahí se dice que tienen un padrino desconocido: sí, ha pasado. Normal.

Que Rafael Márquez haya lavado dinero del narcotráfico: NO. No es normal.

Lo dice bien el periodista Mario Campos, es la primera vez que somos testigos de un país pidiendo: “Ojalá se aclare todo y no sea culpable”. El caso Rafa Márquez nos quitó esa indolencia, esa normalización e indiferencia.

Nos negamos a creer en su culpabilidad porque el michoacano de 38 años representa la caída de uno de nuestros ideales más sólidos.

Que se confirme su participación nos deja vulnerables, con la guardia baja y con la desesperanza que el narco incluso ha pagado las clases de futbol de cientos de niños. Ese cáncer que ha costado sangre, secuestros, extorsiones, miedo, de pronto se pudo infiltrar en la médula de lo que calificábamos como bondadoso.

Retomo un fragmento de la descripción de la Fundación Rafa Márquez “Futbol y Corazón, A. C.”: A pesar de su corta existencia, Fundación Rafa Márquez “Futbol y Corazón A.C.”, ha conquistado varios logros, hemos construido dos planteles de calidad en el que aplicamos nuestro programa integral, hemos apoyando a más de mil niños y niñas de cinco a 14 años en comunidades en pobreza extrema, con alimentación, programas y material educativo, fomentando el deporte como una herramienta de formación humana y de valores”.

El miércoles, mientras Márquez leía su respuesta frente a las cámaras de televisión, más de uno movía la cabeza de izquierda a derecha. Enojo, tristeza, incredulidad, una decepción que rebasaba la figura del futbolista, una sacudida emocional ante la caída de un referente. Dolió.

Ni hablar, también esta es una derrota frente al narcotráfico. Y aun con todo lo que veo a diario, seguiré pensando: “ojalá se aclare todo y no sea culpable”.

Twitter: @jrisco

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