Opinión

Indignación, catarsis colectiva

Tras los extraños actos violentos registrados en la Plaza Mayor de la capital del país por grupos aparentemente infiltrados en la marcha del 20 de noviembre, el asunto de la desaparición de los 43 estudiantes de Ayotzinapa ha entrado en una fase que anuncia una dinámica de desactivación de la protesta multitudinaria que, hasta ese día, fue de abrumadora y eficaz convocatoria.

La intervención de la Policía contra “los violentos”, que, dicho sea de paso, ya se había anunciado públicamente, trasladó la atención del tema central a las detenciones realizadas con o sin justificación por las fuerzas de seguridad, que incluyeron a un estudiante chileno, quien, junto con otros, finalmente ha sido puesto en libertad. El objetivo, según las declaraciones del secretario de Seguridad Pública capitalino, se cumplió, es decir, la autoridad hizo su trabajo y los violentos contribuyeron a ello generando las condiciones propicias para la actuación abierta de la fuerza pública.

Aunque la pregunta motivo central de la protesta ¿dónde están los estudiantes de Ayotzinapa? sigue vigente y las manifestaciones de solidaridad se replican en foros, escuelas e iglesias, su intensidad decrece paulatinamente. El tratamiento en medios, salvo excepciones, se reduce, se orienta a su dilución natural, el tiempo hará lo demás.

Entrados en los prolegómenos decembrinos, es de esperarse que la actividad mengüe, que las luces navideñas y las necesarias vacaciones nos transporten a espacios de recogimiento y nos aparten de la inclemente realidad cotidiana sin solución aparente en lo inmediato. Enero traerá consigo nuevas preocupaciones, cuentas por pagar, propósitos que incumplir, expectativas electorales, dinámicas noticiosas espectaculares y olvidos tradicionales.

Por su propia naturaleza, las medidas anunciadas para la superación de la crisis carecen de inmediatez, quedan sujetas a un inexorable tratamiento político que, por consecuencia irremediable, habrá de inscribirse en el contexto de la contienda electoral del próximo año con los naturales jaloneos que acapararán la atención del soberano, presa recurrente de la confusión y la incertidumbre, medio y no fin de la lucha por el poder.

Con un enfoque frío y pragmático, el tratamiento del caso Iguala puede perfilarse al mismo de tantos otros, insolubles y añejos, diluidos en la memoria colectiva por el paso del tiempo, sustituidos por nuevas y apremiantes preocupaciones, reales o artificiales, que demanden nuestra atención inmediata como individuos y como sociedad.

Refunfuñar e indignarse ante acontecimientos tan deplorables como los que atestiguamos cotidianamente, no es sino inocua catarsis cuando no produce soluciones de fondo a los problemas que enfrentamos y transforma nuestra realidad de manera positiva.

La experiencia histórica de México está colmada de expedientes no resueltos, dejados al tiempo y al olvido. Mantengamos la esperanza de que este no sea, simplemente, uno más.