Opinión

Independientes

 
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Jaime Rodríguez Calderón

Las candidaturas independientes se presentan como una revuelta de la sociedad civil en contra de la institucionalidad política de los partidos, bajo el argumento de que éstos no representan a los ciudadanos, sino a una clase interesada en defender privilegios ligados al ejercicio del poder, sin rendir cuentas ante sus representados. En el fondo se trata del repudio de la política como actividad, aunque la propia expresión negativa de los independientes implica necesariamente su incorporación al mundo de la lucha por el poder. Los independientes pretenden presentarse ante la sociedad desposeídos de intereses y compromisos, en una especie de neutralidad política difícil de explicar en la práctica.

Los partidos políticos son una parte insustituible de la democracia, y la presencia de candidatos independientes es un elemento complementario para su eficaz funcionamiento y representación, pero suponer idealizar a los independientes como seres desprovistos de intereses y vicios como los partidos, sólo sirve para encumbrar caudillos y destruir a la democracia representativa garante de estabilidad y presencia de los factores reales de poder en una sociedad. De hecho los candidatos independientes una vez convertidos en opciones reales de poder van construyendo estructuras semejantes a las de los partidos para poder gobernar, en caso de ganar un proceso electoral.

Un ejemplo de los problemas de un independiente impulsado por grandes capitales y medios de comunicación que, al carecer de una formación institucional cayó en el caos y el desgobierno, es Jaime Rodríguez, El Bronco, quien logró superar a los partidos políticos tradicionales en Nuevo León, para acceder al gobierno sin equipo ni idea de lo que implica gobernar, en una demostración clara de que los independientes sin estructura están destinados al fracaso, generando una enorme frustración en aquellos que creyeron en las soluciones rápidas y efectivas de un independiente alejado de los partidos.

Y es que la corrupción, el amiguismo y la falta de resultado de los partidos políticos abre la puerta a esta falsa esperanza de independientes sin proyecto, quienes en muchos casos sirven más para dispersar el voto opositor, que para proponer una alternativa diferente.

Un ejemplo de lo que puede ser una opción independiente que se va transformando en una propuesta institucionalizada, es la candidatura de Emmanuel Macron en Francia, un hombre del Partido Socialista que entendió que los actuales partidos políticos no detendrían al populismo de derecha de LePen, y que creó para ello un movimiento: En Marche!, cuyo objetivo es evitar el ascenso al poder de la extrema derecha desde una rebelión de la propia sociedad civil.

Su renovado discurso e incorporación de políticos centristas a su campaña lo han convertido en la práctica en un nuevo partido con estructura y proyecto propio. De político independiente, a movimiento político y de ahí a la institucionalización necesaria para demostrarle a la sociedad en su conjunto que no sólo es la expresión de la protesta liberal europeísta, sino una posibilidad de gobierno serio y con posibilidades de llevar a la práctica lo prometido en campaña. Este es el ejemplo que deberían seguir los que hoy en nuestro país buscan una candidatura independiente para la presidencia de la República, quienes hoy ofrecen sólo su figura y propuesta que suponen es atractiva y efectiva para el electorado.

Candidaturas de caudillos apoyados por carretadas de dinero limpio y sucio proveniente de intereses privados, no son la solución para una ciudadanía que si bien está harta del engaño de los partidos, tampoco puede comprar fácilmente la oferta de caras bonitas, discursos elocuentes o propuestas simplistas que han demostrado en más de una ocasión que fracasan en la práctica y no son sustituto al papel de los partidos en una democracia.

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