Opinión

Impuntualidad crónica

 
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Impuntualidad. (carlosprieto.net)

“Te invito a una conferencia. Es a las 9_00, pero empezará a las 9:30” “Citamos a las 11 para la boda, pero la ceremonia será a las 12:00”. Leo en algunas páginas sobre cómo hacer negocios en México que se les advierte a los extranjeros que es costumbre llegar entre 15 y 30 minutos tarde a las reuniones, usualmente usando como razón -¿o cómo pretexto?- el tráfico. Podría ser anecdótico. Incluso, hay quien podría decir que es cultural.

Pero no sólo tenemos la pésima costumbre de llegar tarde a las citas, a las clases, a los eventos. Tenemos, como país, la costosa práctica de llegar tarde a los retos que la evolución económica nos va presentando.

La reforma energética llegó 30 años tarde. Décadas en las que debatimos la propiedad del petróleo, la soberanía nacional, los ingresos fiscales, el gasto público, el sindicato y todas las demás consideraciones imaginables. Finalmente llegó, qué bueno que sucedió. La reforma energética facilita la operación de las empresas. Independientemente de la parte petrolera de la reforma, el aspecto de generación de energía eléctrica es relevante. Nos tardamos décadas en hacer algo que hubiera generado eficiencias en la industria y sin duda promovido el desarrollo.

La planeación urbana, o la falta de, es un ejemplo de nuestras reacciones tardías. Una vez que ciertas zonas de las ciudades se ven completamente desbordadas, es cuando se decide crear la infraestructura necesaria. En la Ciudad de México abundan los ejemplos. Basta con darse una vuelta por Santa Fe, por Interlomas, por el “nuevo” Polanco. Primero se construyen edificios gigantes con miles de departamentos y una vez que ya están construidos se piensa en las vialidades, los accesos, la dotación de agua, los servicios urbanos.

El aeropuerto de la Ciudad de México es otra muestra de nuestra impuntualidad crónica. Se empezó a construir la terminal 2, cuando la 1 ya era anacrónica. Ahora, la terminal 2 está completamente rebasada. Son pocos los vuelos que pueden salir o llegar a tiempo por el “tráfico aéreo”. La hora de salida del vuelo nunca coincide con la hora en la que verdaderamente el avión despega, se asume que saldrá después y hacemos los ajustes necesarios. El domingo, Juan Pardinas escribía en el diario Reforma de la infraestructura vintage que construimos, haciendo referencia al estacionamiento planeado para el nuevo aeropuerto de la Ciudad de México que será obsoleto incluso antes de inaugurarse.

Nuestra impuntualidad no se ve únicamente en los fierros, en las carreteras, en los segundos pisos. Se ve también en las decisiones que tomamos en materia educativa. Hacer una reforma educativa, una verdadera reforma, era indispensable hace décadas. Hace años que deberíamos de haber previsto lo que viene, bastaba con ver lo que pasaba en otros sistemas educativos exitosos. Hoy ya logramos evaluar a los maestros. Es un gran paso. Pero también es un paso muy pequeño. Ayer el secretario de Educación, Aurelio Nuño, el primero en años que se ha atrevido a hacer cambios y a afectar intereses, anunció que ahora las escuelas contarán con una especie de “caja chica” que les permitirá tener recursos para cambiar un vidrio roto o un foco fundido. Hasta ayer, para hacerlo tenían que pasar por una serie de trámites que hacían el proceso largo y costoso. Los padres acababan haciendo las reparaciones o simplemente no se hacían.

En términos de currículum y de calidad educativa poco ha cambiado. La forma de enseñar sigue siendo la misma de hace años, a pesar de que el entorno y la realidad en la que están inmersos los niños y los jóvenes es profundamente distinto. Enseñar matemáticas memorizando es la peor forma de hacerlo, las hace aburridas y misteriosas. Algo ha cambiado en el contenido, pero nada que le permita a los hoy niños insertarse mañana en un mundo laboral que les demandará habilidades que tendrían que estar adquiriendo hoy.

El costo económico de llegar tarde a todo es enorme. Estamos decidiendo salirnos de la jugada, estamos decidiendo no poner los cimientos para estar a la altura de lo que viene, estamos decidiendo quedarnos rezagados. Cambiemos las costumbres, lleguemos puntuales. Estamos perdiendo el tiempo y ese sí no se recupera.

La autora es profesora de Economía en el ITAM e investigadora de la Escuela de Negocios en Harvard.

Twitter: @ValeriaMoy

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