Opinión

Impunidad a la
mexicana (I)

 
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Justicia. (Cuartoscuro)

Mucho se habla en México sobre impunidad y se atribuye el problema a la falta de instituciones y a la escasa aplicación de la ley para castigar el comportamiento corrupto o criminal. El Poder Ejecutivo y el Congreso reciben golpes a diario y aunque con menos cuestionamientos, el Poder Judicial tampoco es inmune.

Y sí, la impunidad legal es grave, pero la falta de aplicación de la ley no determina en absoluto la permanencia de corruptos y criminales sueltos entre nosotros. La impunidad social, dice mi gran amigo el pensador David Konzevik, quien ha introducido el concepto, es una parte todavía más compleja del proceso.

La impunidad legal es la punta del iceberg, pero lo que sostiene a ese hielo visible es la impunidad social, que es masiva e implica una cultura de aceptación de lo impropio. Cuando se agrega a la legal, la impunidad social agrava la situación porque el cuerpo colectivo se ha acostumbrado tanto a la corrupción, que el comportamiento desviado le parece normal y otorga impunidad al delincuente, quien vive entre nosotros como un ciudadano corriente, cuando no es celebrado por su viveza y listura.

La impunidad social está extendida y, por supuesto, no es privativa de México. Ejemplos abundan: el alcalde municipal de San Blas quien dice haber robado “pero poquito”, festeja sus cumpleaños con fondos del erario y luego es aplaudido mientras en un baile levanta la falda a una mujer y, para peor, es reelegido, no es muy distinto de la dirigente social argentina que lapida millones de pesos de programas de combate a la pobreza y es defendida por una porción del electorado.

La lista de comportamientos inapropiados e intolerables puede ser infinita. Un amigo suele ver con asombro e indignación gasolineras que anuncian que ellas sí ponen litros de a litro. Nada más nos faltarían restaurantes que se patrocinen diciendo que en sus salones sí se sirve en la copa lo que el cliente ha pedido. 'Mi hijo es muy macho por eso tiene tantas viejas'. El machismo alabado es otro ejemplo de la aceptación de lo impropio. La 'casa chica' es parte de esas hipocresías.

Quien soborna por evitarse una multa, también. Y quien cuestiona diversos tipos de corrupción, pero no paga sus impuestos. ¿Y qué decir sobre la indignante costumbre de los grupos musicales que glorifican con corridos a jefes mafiosos? ¿O esta frase de la llamada sabiduría convencional que sostiene que, en la vida cotidiana, “quien no transa, no avanza”?

Cuando nadie paga por actitudes delictivas la aplicación de la ley ha fallado, pero cuando alguien se jacta de comportamientos reprobables, y la sociedad los tolera o auspicia, es esa sociedad la que fracasa en su conjunto.

La impunidad legal nos hace escépticos del sistema, pero la impunidad social habla de nuestro profundo descreimiento sobre nuestro propio futuro. Una sociedad que acepta la impunidad social no tiene confianza en sí misma y colabora para su autodestrucción. Una sociedad se define por los valores que rechaza, tanto como por los valores que acepta. Es preciso que seamos intolerantes con la impunidad legal, pero también debemos ser implacables con la impunidad social. Esta, demanda un cambio profundo de nuestra cultura. Lo bueno y lo malo se sostienen por lo que conservamos en nuestra conciencia. La punta del iceberg que se ve, no lo es todo.

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Twitter: @JaqueRogozinski

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