Opinión

¿Importa en México la confianza?

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Sergio López Ayllón, consejero directivo del CIDE. (Especial)

En un artículo publicado el lunes (http://bit.ly/1Dbg2LX), Sergio López Ayllón hizo un alegato a favor de encontrar “una medicina que purgue el sistema y permita que el horizonte del país cambie”. El catedrático del CIDE piensa que esa “medicina es construir, entre todos, una agenda de la confianza”.

Al leer a López Ayllón me acordé de la más reciente ocasión en que fui a uno de esos almacenes donde uno compra por volumen. La cola en la caja era lenta. El cajero contaba y recontaba los billetes. Ya se sabe que en esas tiendas dan mejor precio si se paga en efectivo.

Exasperante como pudiera ser la tardanza del cajero, su manía al revisar el dinero era todo menos irracional. Si en el corte de caja las cuentas no cuadran él tendrá que responder por el faltante.

No tengo la menor idea sobre qué pensaría ese joven cajero si le decimos que tenemos que construir un ambiente de confianza. Pero si yo fuera él, si un faltante del día pudiera fácilmente ser mayor que mi salario de esa jornada, pensaría dos cosas.

1) Que confianza también es confiabilidad, es decir, que yo seré digno de confianza para la empresa si en mi caja siempre salen las cuentas. Y que hay posibilidades de que mi carrera brille si así ocurre, como seguro es también que ocurra lo contrario si fallo una y otra vez.
2) Es decir, exactamente lo que no pasa en nuestra política, donde los no confiables gozan de impunidad.

El problema de la propuesta de López Ayllón es cómo aterrizarla en un país donde la política se rige por un estándar que nada tiene qué ver con el mundo de los ciudadanos de a pie. ¿Por qué los que son exigidos deberían confiar en los que no son exigidos?

En el país del cajero, las fallas se pagan incluso con la pérdida del empleo; en el país de nuestros políticos, en la Asamblea Legislativa del DF por ejemplo, se perdieron hace poco millonarios fondos de becas educativas y nadie fue despedido por ello, nadie tampoco repuso esos montos. Y de las deudas de los estados ya ni hablamos.

Estoy seguro de que el CIDE vive en el país donde contratar a un asesor supone pagarle mediante trámites apegados a lo que ordena Hacienda. En cambio, en el país del Congreso de la Unión se pagan millones de pesos a asesores sin que estos entreguen siquiera un recibo de honorarios. Y lo mismo pasa con los viáticos para los legisladores, que quedan justificados en el momento mismo en que los señores que hacen las leyes reciben esos dineros. Si estuviéramos para bromas diríamos que qué exceso de confianza.

Este no es un alegato a favor del “pueblo bueno”. Pero es más fácil demostrar que en los últimos tiempos miles y miles de trabajadores se han ido ajustando a mercados más complejos y competitivos, mientras que la clase política goza de privilegios propios de señores feudales.

Imposible estar más de acuerdo con López Ayllón cuando dice que “el país que queremos es distinto y si queremos construirlo nos obliga a repensar el valor de la política como el instrumento capaz de construir confianza. Es una revolución que necesitamos”. Pero quizá ese país del futuro lo quieran algunos, mas no los políticos, que están de lo más felices en este país donde ellos no inspiran confianza, sin que eso les impida, en lo más mínimo, conservar el poder.

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