Opinión

Imperturbable paciencia


Efectivamente, el futbol produce enfermedad: la del arrebato, la de la desolación, la del furor, la de la ceguera, la del arbitrio, la del encono, la de la pasión, la del impulso, la de la contrariedad, la de la lealtad. Todas estas fiebres, sin embargo, pueden resumirse en un término: el del cruento fanatismo.
 
Juan Villoro, el literato que más sabe de estas cuestiones en México (el idóneo sustituto de Ángel Fernández, si Televisa tuviera un poco de consideración a su audiencia), lo dice en su Dios es redondo (Planeta): “En sus peores momentos, el fan del futbol es un idiota con la boca abierta ante un sándwich y la cabeza llena de datos inservibles. Es obvio que la Ilustración no ocurrió para idolatrar héroes cuyas estampas aparecen en paquetes de galletas ni para aceptar el nirvana que suspende el juicio y la mordida. La verdad, cuesta trabajo asociar a estos aficionados con los rigores del planeta posindustrial. Pero están ahí y no hay forma de cambiarlos por otros”.
 
Traigo con nosotros a Juan Villoro por los sucesos del domingo, cuando un equipo tan mediano como el América —de la estatura de su rival, el Cruz Azul, escandalosamente mediocre también— se llevó el título del torneo de clausura 2013, porque México acepta anualmente dos campeones, de manera que nunca podemos saber, en realidad, cuál es el verdadero campeón cada año, así de ese tamaño son las quimeras de este deporte, que lo mismo puede salir victorioso uno que otro, qué más da. Así como alguna vez (¿hace cuánto?) fueron campeones los Xolos, también lo fue el Santos, y antes el Toluca, y también el Morelia. Qué importa. Son tan malos que nadie repite el título (y si una vez los Pumas consiguieron el bicampeonato no hay una sola persona que pueda dar una explicación razonada a tal hazaña, por supuesto única en este país). El Necaxa, ese equipo con el que yo simpatizara antes de ser facturado (el equipo) por Televisa —y que esa propia empresa enviara a la lona para proteger a su millonario club América—, era tan bueno que jamás obtenía el campeonato. No había jugadores como el Chatito Ortiz, ni como Dante Juárez, ni como Agustín Peniche, ni el Pichojos Pérez, ni Francisco Majewski, ni Antonio Mota... pero nunca se coronaban, quizá porque les daba vergüenza disminuir descaradamente a las oncenas contrarias.
 
“En sociedades descompuestas —dice otra vez el ingenioso Juan Villoro—, Hamlet incita a matar padrastros y el futbol a cometer actos vandálicos”. ¿Por qué los fans del América salieron a las calles en una noche lluviosa el domingo 26 de mayo para celebrar su triunfo si su maravilloso equipo los había decepcionado en ocho largos años? Porque, finalmente, no les importa el pasado sino, nada más, el presente. Su paciencia, en asuntos futboleros, es imperturbable, no así en otras cuestiones. Como en el amor. Porque allí sí le da rabia a un fan del América que su novia haya tenido un novio hace ocho años (porque vaya a saber qué tanto hizo con él), pero perdona a su equipo que lo olvidó —a él, el fan, el enamorado del Américas— durante ese mismo periodo. Y es también Juan Villoro el que ha dicho que uno puede cambiar de novia, pero no de equipo... resolviendo el complejo problema en una sola certera frase.
 
Ciertamente, saben los fans que el América no se va a coronar en el próximo torneo (que ya comienza en unas semanas), pero sabrán esperar. Por eso lo único importante en el futbol es lo que sucede hoy, no ayer, ni mañana. Por eso la celebración, el jolgorio, el desmadre (todo el que quiso pudo haber visto a un descamisado Azcárraga Jean al punto del llanto, fan como es de las Águilas, lo mismo que su dueño). El niño americanista en 2005 que tenía diez años hoy ya es un joven mayor de edad, adicto a los antros, impaciente —quizás— con sus novias, pero imperturbable paciente, cómo no, con sus Águilas, al grado de verlas, por fin, campeonas: ¿a su novia la hubiera esperado, ardiente de deseo, ocho años? Y tal vez el América vuelva a coronarse en un lustro, o más, cuando el fan tal vez esté a punto de divorciarse con tres hijos que dejará al cuidado de su mujer, a quien ya no adorará, en lo absoluto.
 
Pero el futbol es el futbol.
 
“El aficionado in extremis lleva una pelota entre los oídos —dice Juan Villoro, el admirado John Carlin mexicano, así como en España debiera ser considerado, Carlin, el Villoro español, ambos, incluso, nacidos en 1956—. Rara vez trata de defender lo que piensa porque está demasiado nervioso pensando en lo que defiende. Cuando los suyos pisan el pasto, el mundo, el balón y la mente son una y la misma cosa. Con absoluto integrismo, el fanático reza o frota su pata de conejo”. Juan Villoro, desde su juventud, tiene las palabras exactas de lo que va a decir en su boca, y en su escritura. Siempre ha sobresalido en el verbo. Todos sus libros, ejemplarmente bien escritos —le guste a uno sus tramas o no—-, son un portento de decires, un sobresalto de metáforas, una sorpresa en sus laberintos escriturales. “Supongo que al final de un torneo de ajedrez, Karpov y Kasparov ven los rostros como una oportunidad de que la nariz se convierta en un caballo y se coma un ojo —dice en su ya citado Dios es redondo, el primer compendio literario de crónicas futboleras mexicanas—. Lo mismo pasa con el enfermo de futbol”, que, como subraya Villoro, sigue discutiendo aun cuando ya no tenga interlocutores.
 
Me imagino el jolgorio de Azcárraga Jean con la victoria de sus millonarios futbolistas (hasta 30 millones de pesos cotizan cada año, ganen o pierdan), entrando a sus vestidores para darles la noticia de su regalo consistente en un coche deportivo a cada uno, tal como lo hizo la última vez cuando se coronaron —¡hace ocho años, con otro cuadro!—, sin importarle que ya todos tienen carros último modelo, como también ya los tenían los jugadores de hace casi una década. La cuestión, sí, es continuar enriqueciendo a los enriquecidos, premisa fundamental en las clases adineradas. Después de todo, ¿no es el trabajo de los futbolistas ganar un torneo y para ello cobran las perlas de la mar océano? Ya veo a los periodistas ser estimulados por sus respectivas empresas (¡con un carro del año!) cuando consiguen una noticia que nadie más trae, o cuando escriben un poema que conmueve a los lectores o, ejem, cuando realizan labores por un cuarto de siglo con una invaluable honrada persistencia. Aunque, en efecto, hay que decirlo: sí ocurre, pero con los periodistas que salen a cuadro en la televisión, que muchos de ellos ganan como si fueran futbolistas, y además los recompensan (con coches del año) cuando logran entrevistar a funcionarios poderosos, cuya derrama económica ha beneficiado al emporio mediático. Esta palabra es fundamental en los negociantes, sean futbolistas o periodistas o artistas o políticos: “Derrama económica”, lo que deja a la empresa la actividad del empleado.
 
El América es campeón, de nuevo. Y el Cruz Azul, ¿cuándo? Juan Villoro, otra vez: “El sentido de la tragedia inventa insólitos recursos; sin embargo, a veces el futbol se parece a la canción ranchera y lo bueno consiste, precisamente, en salir ultrajado”.
 
—¡Qué manera de perder! —dicen los cruzazulinos, alentándose para el próximo torneo, ahora denominado “de apertura”. (Vamos, a pesar de la mediocridad exhibida, TV Azteca pagó desplegados en distintas publicaciones exhibiendo su gratitud al Cruz Azul por “su inolvidable temporada”).
 
Total, antes de que finalice el año pueden coronarse.
 
Al final de cuentas, aquí se puede ser campeón dos veces al año, y hasta tres, o cuatro, o cinco, si se consideran los títulos de la Concacaf, de la Copa MX, del Mundial de Clubes, del torneo de la Coca Cola, o el de Telmex.
 
Ya mañana será otro día.
 
Las derrotas lo único que hacen es alimentar las lealtades.