Opinión

Imaginación limitada

En una conferencia reciente, el filósofo esloveno Slavoj Zizek relataba la siguiente anécdota. Sus amigos chinos, decía, le habían confirmado que su gobierno había impuesto una nueva ley que prohibía el uso de dos temas en toda obra de ficción o expresión narrativa –novela, cine, comics, televisión y demás–: los viajes en el tiempo y las realidades alternativas. La razón es clara: al Partido Comunista Chino le resulta demasiado peligroso dejar que la gente ande imaginando la posibilidad de mundos alternativos.

Para Zizek, esta historia de censura constituye, a pesar de todo, una buena noticia sobre China, pues, por lo visto, los habitantes de ese país todavía pueden distinguir entre la sociedad en la que viven y otras formas de organización social posibles o deseables. En el Occidente desarrollado, sostiene Zizek, la imaginación política se ha vuelto tan limitada que ya ni siquiera hace falta censurarla. En Occidente hoy, afirma, resulta más fácil imaginar el fin del mundo que imaginar una sociedad capitalista, incluso ligeramente distinta a la existente.

La reflexión de Zizek me llevó a pensar sobre México, sobre como aquí, entre nosotros, hace rato también que la imaginación política anda de capa caída. Lo nuestro, a lo largo de los últimos 30 años, ha sido una “agenda” que, quizá empezó como visión grande (ser parte del mundo desarrollado) pero que, con el tiempo, se fue convirtiendo en una lista de tareas a completar: las famosas “reformas estructurales” pendientes desde mediados de los 90.

Hoy, tras haberse aprobado la reforma energética –la más importante y difícil de todas- queda claro que lo que sigue es conseguir que la multitud de reformas legales aprobadas en el último año y medio se traduzcan en mejor gobernanza y en mayor crecimiento económico. No será fácil, pero, dado que al gobierno le va literalmente la vida en ello, es esperable que invierta mucho en conseguirlo. Ya veremos qué tanto lo logra.

Lo que a mí, y me atrevería decir al país entero nos sigue faltando, es una visión ambiciosa y, al mismo tiempo, concreta que nos inspire, nos aporte un vocabulario común y sea capaz de movilizar la energía de todos en pos de un objetivo compartido. Algo así como aquello del presidente Kennedy de poner un hombre en la Luna; algo como lo de Martin Luther King de soñar y trabajar por un país de iguales.

La última vez que México tuvo un sueño grande fue el de Salinas: ser un país desarrollado. Antes de ello y durante muchas décadas, tuvimos como meta nacional compartida el organizarnos, terminar de consolidarnos como país e industrializarnos. ¿Hoy qué tenemos? ¿Cuál es el norte en concreto? ¿Queremos ser potencia media? ¿Queremos ser un país, de verdad, de iguales? ¿Queremos destacar internacionalmente en algún campo? ¿Queremos liderear alguna causa global?

Pendientes y desafíos nos sobran, entre otros: altísimos niveles de pobreza y desigualdad, y un sistema de justicia aún por armar. El tema, más allá de la voluntad política de los que hoy nos gobiernan y de las escasas capacidades institucionales de las que disponen, es de dónde va a salir la energía social para acometer con éxito los retos que enfrentamos.

Pensar que todo esto va a lograrse con puras estrategias de control vertical resulta no sólo peligroso, sino, sobre todo, ingenuo. Al igual que en muchos países, el margen de puro “mando” de nuestros líderes políticos se ha vuelto muy estrecho. Para hacer realidad, incluso el país que mínimamente decimos desear, hace falta convencer e inspirar, no sólo mandar. Por desgracia, en eso de imaginar un país deseable que nos inspire a todos o, al menos a los suficientes para, en efecto, moverlo, andamos de vacas flacas.