Opinión

Imágenes luminosas

 
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luces

Tuve que estar en otro país para conocer el trabajo del mexicano Juan Palomino, un joven filósofo que el año pasado ganó el Premio Internacional de Ilustración otorgado por la Feria del Libro de Bolonia y la Fundación SM.

Junto con otros artistas gráficos del mundo —entre los que destacaría al ecuatoriano Roger Ycaza, el argentino Decur, el italiano Andrea Antinori, la peruana Issa Watanabe y el brasileño Roger Mello—, Palomino fue invitado a participar en Imaquinantes 2017, un encuentro de ilustradores auspiciado por la Feria Internacional del Libro de Lima y celebrado en el hermoso Museo de Arte Contemporáneo de dicha ciudad, ubicado en el barrio de Barranco.

El destino me llevó a conocer el universo de todos estos artistas, el origen de su creatividad, las formas bajo las cuales decidieron desprenderse de sí mismos y convertirse en imágenes, algunas crudas y sombrías, otras amables y festivas, todas utilizadas como medio de expresión, e incluso de salvación. Me llevó también a disfrutar con ellos de la noche limeña, llena de pisco, cerveza, reguetón, chicha, salsa y rock and roll.

En una de esas noches conocí a Palomino, quien amablemente me regaló Antes del primer día, un libro que narra la creación del mundo según el Popol Vuh. “Antes del primer amanecer todo estaba en suspenso, todo en calma. Solamente había vacío, y en la oscuridad el mar reposaba en el cielo, inmóvil”.

En esa noche, los dioses juntaron sus palabras y sus pensamientos, y decidieron que el hombre debía aparecer. Luego de hacer surgir las montañas y la tierra, de retirar las aguas y dejar solamente ríos y arroyos caminando entre los cerros, de dar lugar a bosques y selvas, los dioses crearon a todos los animales, los que caminan, los que nadan y los que vuelan. Pero, dado que éstos no podían adorarlos, los condenaron a ser comida unos de otros.

Así que decidieron crear al hombre. Primero intentaron con barro, pero los seres creados tenían el pensamiento y la vista velados, no tenían fuerza ni movimiento. Luego intentaron con madera, pero los seres resultantes no tenían corazón ni memoria de sus creadores. Por último intentaron con maíz, que se convirtió en la carne y la sangre de todos los hombres.

Eran tan perfectos que sus creadores temieron que se parecieran demasiado a ellos, así que limitaron su mirada echando vaho sobre sus ojos, quedando éstos “como espejos que se empañaran para siempre”. Desde entonces, sólo pudieron ver lo que había donde ellos estaban. Concluida su obra, los dioses echaron a andar el tiempo. Ya podía amanecer.

Toda esta bella y antigua historia es contada en pocas frases y muchas imágenes, que a pesar de pertenecer a la noche originaria, están llenas de luz. La de las estrellas titilantes, la del ojo divino del que se desprenden los rayos creadores, la de la mente divina que concibe al hombre, la de las montañas y las aguas que corren entre ellas, la de los árboles y plantas, que dan color a las tinieblas; la de la tierra por la que han de caminar los distintos animales, la de pájaros, tucanes, guacamayas, monos; la de las osamentas una vez que han sido descarnadas completamente por los roedores, la de los primeros hombres, borrados por los dioses para hacer surgir de la oscuridad de la noche la luminosidad provocada por los granos de maíz, amarillos y brillantes como los primeros rayos del sol, como el fuego que ilumina, como la mirada radiante de los hombres antes de ser ensombrecida por los dioses para impedirles ser como ellos.

Formas que, como la creación misma, surgen de las sombras. Que a pesar de su luz nunca abandonan la oscuridad por completo. O a la inversa, que no obstante su oscuridad siempre contienen algo de luz. Como si la vida fuese precisamente eso, un eterno contraste entre luz y oscuridad. Imágenes luminosas como el primer amanecer, dignas no sólo de la distinción internacional sino del recuerdo eterno de todo aquel que se sumerja en ellas.

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