Opinión

Iguala, punto de inflexión

 
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Normalistas. (Eladio Ortiz)

Uno. Ciencia y arte de lo posible, la política; y, dentro de lo posible, lo trillado o lo inédito; lo que clausura o, por el contrario, inaugura.

Dos. Inédito, a guisa de ejemplo, el golpe de timón que Obama, presidente de los Estados Unidos, dio al mirar hacia Cuba que es decir hacia América Latina, en momentos de serias convulsiones.

Tres. Inaugural, porque ni Cuba ni América Latina, contaban entre sus propósitos originales. Con todo y la promesa electoral (total, promesa de campaña) de cerrar Guantánamo. Cerrar, quizá, ¿pero devolver Guantánamo? ¡Si funge de Muro Trump en la isla castrista¡

Cuatro. Hablo del tipo de reflejo íntimo, intuición en conciencia de animal político que, hasta que se comunica, se hace pública. Para cambiar de raíz el escenario. Independientemente de las complejidades que la resolución revista. Osado viraje, nuevo rumbo.

Cinco. En noviembre de 2004 (cuento con preciados testigos), especulé un cambio de rumbo del gobierno nacional: suyos el timón y la tormenta. El interminable viaje aéreo, desde China o Australia (no recuerdo), del presidente mexicano; las largas horas muertas, inmunes a la lectura; caldearían el reflejo, la intuición.

Seis. Cuando lo de Obama, su partido Demócrata había perdido las elecciones, y él ingresaba en esa fase del Poder, que llamo poder menguante. Para Peña Nieto se había roto la magia del “Saving Mexico”, del “Mexican Moment”. La noche nazi de Iguala, marcaba, como en los despegues de los aviones, un punto de no retorno. Definía desde ya, más que el Pacto por México o las Reformas Estructurales, más que Tlatlaya o Tierra Blanca, su sexenio.

Siete. Tal la dimensión de lo ocurrido entre la noche del 26 y la madrugada del 27 de septiembre de 2014, en Iguala (¿y en Cocula?).

Ocho. ¿Qué reflejo íntimo, intuición en conciencia, imaginé con las libertades que me otorga mi condición de guerrerense adoptivo? Un plan de tres medidas, guardado en sigilo hasta aterrizar. La primera medida, familiar pero con implicaciones públicas. La segunda y la tercera, eminentemente políticas.

Nueve. Vender la “Casa Blanca” de las Lomas. Mudar, no por arranque, sino a la luz de los frutos, parte del gabinete. Viajar a Iguala para solidarizarse con los deudos de los desaparecidos; para comprometer una pesquisa plena, victimarios y víctimas; para, reclamar, dentro de las facultades ejecutivas, las responsabilidades políticas de gobernantes y partido político en el poder estatal. Sólo atiné con el desembarazo de la “Casa Blanca”.

Diez. El rumbo tomado por el caso, parte-aguas, en la realidad, desató por el contrario la especulación sombría. El PRD le cubrió las espaldas a los Abarca. El gobernador negoció amnistía. Se privilegiaba la contienda electoral, fuente formal de legitimidad y real de fuertes y ofensivos gastos, con el botín de más de dos mil cargos públicos (y las canonjías de todo orden que aparejan).

Once. Y, lo más grave, dado el conocimiento en tiempo real de la masacre igualteca, “administración” calculada de la verdad, la verdadera verdad histórica. Tejido que terminaría en telaraña. Versiones, contra-versiones, comisiones que engendran comisiones. La “litis” terminaría (terminó) por disolverse.

Doce. Los cambios, en el gabinete, cuando ocurran, obedecerán la perversa pulsión de la política a la mexicana, por encima de tiempos electorales: “La Grande”, la Silla Presidencial.

Trece. Cuando el Presidente de la República visite Iguala (el pasado 24 de febrero), ciudad ocupada, blindada, las palabras que resuenen serán abstracciones (humo).

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