Opinión

Iguala, Guerrero

10 marzo 2016 5:0
 
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Iguala. (Cuartoscuro)

Uno. El pasado 24 de febrero, el Ejecutivo federal pisó, al fin, tierra igualteca. So pretexto del 195 aniversario del Día de la Bandera. Visita breve. Izamiento de lábaro patrio. Abanderamiento de 300 escoltas del Ejército, la Fuerza Aérea y la Marina destacados en la población guerrerense. Discurso. Estadio a modo. Plaza rigurosamente vigilada, técnica depurada con la visita, a la postre inútil, salvo “derrama económica”, del argentino Papa Francisco.

Dos. Se cumplían tres meses, de 2014, 12 de 2015 y dos de 2016, de la noche nazi que fundió Ayotzinapa-Iguala-Cocula, en la ignominia. Yo me encontraba en Taxco, a tiro de piedra. De regreso al EXDF, hoy CDMX, para orientarme, busqué afanoso El infierno de Treblinka, de Vasil Grossman. Treblinka: campo de concentración levantado en un bosque de Polonia.

Tres. Sabía, a ciencia cierta, qué episodio buscaba. El de la gigantesca parrilla de acero construida por las propias víctimas, con la que se pretendía borrar las huellas infernales de las matanzas en masa, ante la proximidad del Ejército Rojo. El escritor Grossman en las avanzadillas.

Cuatro. Informado de la extemporánea visita presidencial, recordé una especulación inmediata a los hechos macabros que derrumbaron la propaganda del Mexican moment y del Saving Mexico; ocurrencias de una prensa internacional que, pronto, enmendó su optimismo profético.

Cinco. Se dijo, y yo lo compartí, que en las horas muertas del viaje interminable de regreso de China, o de Australia, el presidente tomó una decisión trascendental. No ingresar al montón de expresidentes fallidos, de Echeverría a Calderón, sino al club selecto de estadistas visionarios. Lo creí, por su edad y apetito histórico.

Seis. Nomás descender (el viejo avión), además de cancelar lo de la ‘casa blanca’, y remudar el gabinete, se apersonaría en Iguala. Amén de solidaridad, consuelo, desataría una investigación a fondo, cayera quien cayera. Así como Obama, con la inesperada mirada imperial a Cuba, que es decir a América Latina, se daría un brusco golpe de timón.

Siete. Por el contrario, prosperó una sospecha. Conocida en tiempo real, la verdad de Iguala y Cocula, se “administró” para salvar el statu quo y las elecciones, fuente inmensa de recursos públicos y de legitimidad. Estarían en juego más de 2000 cargos de elección popular.

Ocho. Lo indudable es que han pasado semanas, meses, años y la investigación se enmaraña con versiones, contra-versiones, fantasías, comisiones nacionales e internacionales, impugnaciones graves de comisionados foráneos, esperanzas renacidas, líneas nuevas y sublíneas. Sin que falte, ya en Roma, la denuncia papal de tironeo en el frente de los padres agraviados.

Nueve. Tal el contexto de la visita presidencial a Iguala, Guerrero mártir. Hago a un lado el discurso del senador Gil, inane antes y después de la perorata. Me quedo con los de los ejecutivos federal y local.

Diez. Sin mencionar la noche del 26, a las víctimas, el de Peña Nieto planeó por los cerros de Úbeda. Instituciones, leyes, que Iguala no quedara marcada por la tragedia. Cabe apuntar que la legalidad institucional queda a prueba con Tlatlaya, Ayotzinapa, Tierra Blanca y paro de contar. Y la tragedia de Iguala marcó al municipio y a la Nación. Un antes. Un después.

Once. Valiente, memorable, descarnado por el contrario, el discurso del gobernador Astudillo. La de Ayotzinapa-Iguala-Cocula, es una herida abierta hasta en tanto no se conozca la verdad. Plena, sin matices ni condicionamientos. Así estamos.

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