Opinión

Iglesia: más allá de dictaduras


 
 
Si los indicios se asientan en el debate público, el polémico pasado político del cardenal Jorge Mario Bergoglio o Papa Francisco comienza formalmente hoy martes 19 de marzo con la misa de asunción y podría llevar a la apertura de los archivos de la represión en los setenta en América Latina y el papel cómplice de la iglesia con las dictaduras militares.
 
Asimismo, por primera vez la jerarquía católica en Roma se enfrenta a uno de los problemas dialécticos fundamentales de su existencia: el cardenal Papa hubo de vivir en medio de los pecados terrenales y por elección de sus pares -también inmersos en esas contradicciones- ascendió a una jerarquía determinada por la infalibilidad y la representación de Dios en la tierra, aunque con pasivos de su propia carrera religiosa.
 
El papel del Papa Francisco como alto jerarca de la iglesia en Argentina asimismo ha abierto el expediente más delicado de la iglesia católica: su papel aliado a las dictaduras, el siglo pasado con el nazismo y luego con los fascismos latinoamericanos. Y el asunto podría calentarse más de la cuenta por la situación coyuntural en Argentina: una nación cuyo artículo 2 de la Constitución señala que "el gobierno federal sostiene el culto católico, apostólico romano", que en estas semanas entró en otra fase de enjuiciamiento de los militares que derrocaron al gobierno peronista de María Estela Martínez de Perón -la desangelada Isabelita- en 1976 y la entronización de dictaduras militares que contaron con la bendición de la iglesia católica y que hoy está gobernado por el peronismo.
 
El fin de semana, por cierto, el general Jorge Rafael Videla, organizador del golpe de Estado de 1976, volvió a introducir el argumento político-ideológico en su juicio en Buenos Aires: el mandato divino de combatir a los marxistas, antes y hoy con el gobierno de Cristina Kirchner. Y es el mismo Videla que como dictador tuvo varios encuentros con el entonces arzobispo argentino Bergoglio y no siempre en confrontación sino justamente en el escenario ideológico de los setenta: el apoyo estadounidense del gobierno republicano de Richard Nixon y su brazo ejecutor Henry Kissinger en contra de gobiernos de izquierda, comenzando con el apoyo de EU para derrocar al chileno Salvador Allende y luego la Operación Cóndor para apropiarse de los gobiernos de Uruguay, Paraguay, Argentina contra la izquierda.
 
La clave de lo ocurrido en los golpes de Estado, la guerrilla y las dictaduras latinoamericanas de los setenta fue la vinculación orgánica entre los intereses geopolíticos de EU de Nixon-Kissinger con la justificación religiosa para combatir el marxismo de la izquierda en nombre de la doctrina 'occidental y cristiana', es decir, capitalismo sostenido por Roma. Esa articulación de intereses fue la que llevó a la iglesia católica, con la anuencia de la Curia romana encabezada entonces por el papa Paulo VI en 1978 y luego -también por razones geopolíticas internacionales de la guerra fría- por el papa Juan Pablo II, a destruir el espacio ideológico de la Unión Soviética.
 
La votación de los cardenales a favor del argentino Jorge Mario Bergoglio abrió la puerta de la historia reciente sobre el mandato terrenal de la iglesia: o la fe o la geopolítica. Las primeras denuncias sobre algunos comportamientos del padre Bergoglio en la Argentina de los setenta en realidad condujeron a las informaciones sobre el papel de la iglesia en general en los conflictos de la dictadura 1974-1983 bajo el argumento de los militares de un 'Proceso de Reorganización Nacional' que buscaba aniquilar, en un genocidio criminal luego reconocido legalmente y condenado a prisión, a la izquierda marxista.
 
El escenario, aunque bajo el criterio de que segundas partes nunca repiten las primeras, de América Latina hoy podría tener referentes históricos: el ascenso al poder de gobiernos autodenominados de izquierda, con el apoyo político e ideológico de la arterioesclerótica Revolución Cubana, en buena parte del continente, aunque ya sin la polarización de los setenta por el desdén de la Casa Blanca a las ideologías en realidad neopopulistas y no de clase de liderazgos menguados como el del fallecido Hugo Chávez, Rafael Correa, Evo Morales y Daniel Ortega. La articulación de intereses Washington-Roma que hubo en los gobiernos ideológicos de Nixon y Reagan en la agudización de la guerra fría antes de su final histórico no parece reproducirse hoy.
 
La Curia romana tiene que explicar, a menos que deje que las sospechas y los análisis disminuyan el margen de maniobra del nuevo papa Francisco, las razones de la elección de Bergoglio, cuyas referencias van desde la lógica conservadora de Juan Pablo II, hasta los juegos de poder que impidieron votar por un cardenal progresista, pasando por la decisión de la iglesia de evitar reformas que obliguen a retomar las ideas originales del catolicismo de los pobres.
 
Por lo pronto, las informaciones en torno al papel de la iglesia católica en América Latina en los setenta para combatir con las armas -la cruz y la espada- a la izquierda marxista e imponer el pensamiento 'occidental y cristiano' a través del Plan Cóndor que aprobó Washington para que lo operaran los militares en el Cono Sur van a disminuir el efecto popular del Papa Francisco, por muchos baños de pueblo que se dé en la Plaza de Roma. En contra de los intentos por popularizar el papado se encuentra la revisión del papel del arzobispo Bergoglio dándole la comunión al dictador Jorge Rafael Videla.
 
Si ahora más que nunca la iglesia necesita abrirse, ponerse al día -el dell'aggiornamento del Concilio Vaticano II de Juan XXIII- y reconocer sus pecados con las dictaduras latinoamericanas y los abusos sexuales de sacerdotes, de nueva cuenta los cardenales parecen optar por los juegos palaciegos que responden a las estructuras de poder terrenal que dominan las decisiones de la Curia.
 
Sin las divisiones militares que Stalin le exigió a Pío XII para sentarse en la Cumbre Yalta a repartirse el mundo con EU y Gran Bretaña, de todos modos la iglesia católica representa un poder moral a favor de la fe y de los pobres, aunque los intereses geopolíticos coloquen a la Curia más como legitimadora de la dominación geopolítica del capitalismo occidental y cristiano que con la justicia que prometió hace más de 2,000 años.
 
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