Opinión

IFE: partidocracia daña elecciones


 
A la memoria de María del Rosario Berlanga, mujer forjadora de mujeres.
 
 
Si el instituto Nacional de Elecciones quiere superar los errores operativos del IFE, no tiene más salida que construir un organismo electoral sin la participación de partidos ni consejeros electorales y colocar en su dirección a funcionarios profesionales ajenos a la política. Es decir, un organismo civil, no político.
 
 
El problema electoral no radica en el hecho de que los gobernadores han impuesto a consejeros para edificar una perversa partidocracia que reproduce los vicios de cuando el PRI y el gobierno federal operaban la Comisión Federal Electoral, sino que la estructura del IFE con consejeros electorales, representantes de partidos y enviados de las bancadas legislativas enreda el sistema electoral.
 
 
Los dos problemas del IFE en su transformación en INE tienen solución:
 
 
1.- Un instituto electoral para organizar elecciones sin la presencia de consejeros ni partidos, ni representantes, sino de funcionarios.
 
 
2.- Designación de funcionarios por una instancia que nada tenga que ver con la política; por ejemplo, la Corte Suprema de Justicia de la Nación.
 
 
Al ser los protagonistas de los procesos electorales, los partidos son jueces y partes; en el pasado priista, la estructura electoral dependía del poder ejecutivo y la transición a la democracia sacó esa oficina de la dependencia del gobierno. A lo largo de reformas electorales posteriores a la de 1996, el IFE cayó bajo el control de los partidos en la Cámara de Diputados a la hora de designar a los consejeros electorales.
 
 
Una verdadera reforma política estaría en la decisión de construir un organismo electoral sencillo, operativo y responsable de organizar elecciones sin interferencias partidistas. Ello requerirá tribunales electorales también ajenos a parcialidades a la hora de discutir las denuncias de presuntas irregularidades. Para una verdadera democracia se necesitan funcionarios electorales que no deban favores a partidos ni a ejecutivos federales o estatales.
 
 
Sin una depuración de partidos y poderes ejecutivos, el INE será un IFE revolcado pero con los mismos vicios. La fragmentación partidista ha llegado al absurdo de repartir decisiones a los partidos en función de parcelas del poder, no de la búsqueda de las mejores personas para responder a la sociedad.
 
 
Lo malo de la reorganización de las instituciones de la democracia radica en el hecho de que los responsables de la creación de nuevos espacios de parcialidad interesada han sido el PAN y el PRD, quienes en el pasado sufrieron del agobio del dominio institucional del PRI. Pero apenas han llegado a espacios de decisiones de poder, han cometido los mismos errores del PRI: adueñarse del control para sus intereses, en lugar de instaurar una democracia real.
 
 
Mientras los partidos y las bancadas legislativas tengan lugar en el IFE, aun sin voto, y mientras los partidos sean los encargados de designar en la Cámara a los consejeros, el funcionamiento de la institución electoral --ya sea federal o estatal-- estará atado a los intereses partidistas. De ahí que la clave de la reorganización del organismo encargado de las elecciones no esté en la federalización sino en la decisión de sacar los partidos de la designación de funcionarios.
 
 
El IFE funcionó cuando los responsables de las elecciones fueron en su momento ciudadanos y lograron neutralizar a los partidos, con el punto culminante en el 2000 con la alternancia partidista en la presidencia. Paradójicamente el PAN que logró la alternancia pacífica desvirtuó al IFE con la designación de Luis Carlos Ugalde como consejero presidente en el 2003 en función de una alianza política con la aún priista Elba Esther Gordillo. Ahí el IFE perdió la inocencia.
 
 
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