Opinión

Idealizar a la familia. Satanizar el divorcio.

       
1
   

    

Divorcio. (Shutterstock)

Me impresionan los relatos de mujeres y hombres que afirman con certeza que la familia es lo más importante, por lo que tendrán que sacrificar sus deseos egoístas de una vida erótica y amorosa más plena de la que viven.

La idea de la abnegación surge de lugares disímbolos y no solo de la formación religiosa, en la que el sufrimiento es un camino hacia el cielo.
Mujeres inteligentes siguen identificándose con el modelo de madre admirable y amable, que todo lo soporta porque es el pilar del hogar.

Algunas pacientes se cuestionan la elección de pareja que con torpeza e inexperiencia hicieron 15 o 20 años atrás y que ni siquiera dudaron sobre si debían casarse, porque hacerlo representaba la redención de su pasado, en el que casi siempre hubo un padre autoritario y violento. Muchos hombres y mujeres se casan con personas “buenas” a los que después no saben cómo amar, porque la elección fue más fraternal que erótica. Parejas de esposos que viven como hermanos, que se convencen de que la vida sexual no es tan importante y que se someten a un ideal ciego sobre la familia, sin preguntarse si vale la pena conservar un núcleo en el que la pareja no es más que una farsa social para asistir a bodas, bautizos y primeras comuniones.

Escucho con frecuencia a hombres devaluados por mujeres maternales, que les ordenan compulsivamente cómo deben hacer las cosas. Que los regañan porque son desordenados, que les corrigen la forma de vestir, de lavar platos e incluso el estilo para seducir, que califican de insípido y poco deseable. Hay – y muchos– vasallos de señoras que todo lo controlan y dominan, porque el pacto inconsciente en la elección de pareja fue encontrar a una buena madre que les diera contención a ellos, que se piensan como salvajes y de instintos incontrolables.
Muchos fueron adictos a sustancias, promiscuos e infieles seriales, que ven en el matrimonio la esperanza del cambio estructural que los convertirá en hombres nuevos gracias al amor (dominio) de una mujer “decente”.

Quizá exista una zona intermedia entre las viejas y las nuevas costumbres. El divorcio ha ido convirtiéndose con el tiempo en el ejercicio de un derecho antes impensable. Las parejas de antaño se quedaban juntas, tolerando humillaciones, infidelidades sistemáticas y vidas miserables, creyendo a pie juntillas en el ideal religioso y moralista de no separar lo que dios había unido o de no traicionar el ideal civil de conservar una unión en las buenas y en las malas. El divorcio ha tenido un aumento sostenido en los últimos años.

Algunas de las razones por las que se divorcian las parejas que acuden al consultorio son: violencia, incomunicación, problemas económicos, vida sexual de mala calidad, enfermedades psiquiátricas sin tratamiento, rencores enquistados, desigualdad en la distribución de responsabilidades, infidelidad y desamor.

Los deseos son el motor de la vida y están en constante transformación. Difícilmente querremos a los cuarenta lo mismo que queríamos a los veinte, pero la ideología conservadora sigue pidiéndole a las parejas que sigan juntas, aunque hayan sido incapaces de actualizar el sentido de su relación.

Muchas parejas son torpes para manejar la separación y arrastran, como escribió Enrique Serna, un costal de huesos por falta de valentía para iniciar otra relación.

Es común que las parejas que se separan tengan el deseo de ser amigos, pero no siempre es posible. Depende del tipo de separación, que puede ser desde muy violenta hasta una por muerte lenta. Muchos están mal separados por sentirse culpables de haber abandonado el proyecto de familia; temen que los hijos sufran daños irreversibles y no logran hacer un duelo suficiente por lo que pierden. Intentar la intimidad amorosa con una nueva pareja solo es posible con la mente y el corazón suficientemente en paz.

No es posible decretar con precisión de cirujano, en qué casos las parejas deben separarse y cuándo deberían intentar permanecer unidas.

Ejercer la terapia de pareja con responsabilidad significa saber que el trabajo del terapeuta no es evitar divorcios ni recomendarlos, sino ayudar a los consultantes a hacer un análisis profundo de sus problemas y a buscar posibles soluciones. Las parejas no deciden divorciarse en el consultorio ni deberían hacerlo porque eso les recomendaron. Irse o quedarse en una relación corresponde al territorio de la vida íntima y por tanto es un acto de responsabilidad intransferible.

He visto a hombres y mujeres florecer después de un divorcio: liberarse de una relación muerta o destructiva y romper dependencias que les impedían ser autosuficientes emocional y financieramente. También veo a muchos inundarse de dudas sobre si han decidido bien y sentirse temerosos frente a la incertidumbre de una vida nueva. Sin duda, he visto algunos matrimonios y familias que funcionan como estructuras protectoras y amorosas que ayudan a la estabilidad emocional de sus integrantes.

Una compleja conceptualización sobre la familia y el divorcio debería ir mucho más allá de estar a favor o en contra.

Habrá para quienes lo institucional sea prioritario y lo preserven aún por encima de sus propios sentimientos. Y existen otras y otros que buscan armonizar sus deseos personales de amor y comprensión, sin considerarlos incompatibles con sus responsabilidades familiares. Quizá sería suficiente, para empezar a reflexionar sobre pareja, familia, separación y divorcio, evitar las generalizaciones, los dogmas y los juicios sumarios.

Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Se dedica a la consulta privada y a dar conferencias sobre bienestar emocional.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar:
Sobre el éxito*
¿De qué nos enamoramos?
Estereotipos de género (segunda parte)