Opinión

Hora de volver a los cuarteles

 
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Chapo. (ilustración)

La noche del 26 de septiembre de 2014 en Iguala un grupo de policías, en su faceta de delincuentes, persiguieron y balacearon camiones con estudiantes de la Normal de Ayotzinapa. Otro grupo, esta vez de militares, fue testigo de la brutalidad de la acción policiaca. Mantuvo informados a sus superiores del ataque. Tomó fotografías, resguardó la escena de un crimen, pero no hizo nada para detener lo que vendría.

Parecían más preocupados por recuperar una motocicleta robada. Esa noche desaparecieron 43 normalistas.

El militar de mayor jerarquía de la base militar de Iguala, Alejandro Saavedra Hernández –región que en los últimos años vivió el auge del tráfico de heroína–, el mismo que la noche del 26 se negó a proporcionar ayuda a los estudiantes, fue ascendido apenas unas semanas después a General de División. Probablemente ese reconocimiento –el grado más alto del Ejército– venía de tiempo atrás. Pero el momento de otorgarla, decisión de Peña Nieto, fue muy desafortunado.

La guerra contra las drogas lanzó a los militares a las calles con atribuciones para las cuales no estaban preparados. En el sexenio de Calderón “los atropellos se incrementaron casi 600 por ciento con respecto al sexenio foxista”, afirma Ana Lilia Pérez en Verdugos (Grijalbo, 2016). Entre los delitos cometidos no están, sin embargo, los que uno esperaría encontrar en asuntos relacionados con el combate al narcotráfico. Las denuncias contra militares mexicanos son por secuestro, robo, homicidio, inhumaciones clandestinas, lesiones, torturas, violaciones. Entre 1990 y 2006 ocurrieron 269 homicidios cuya responsabilidad se atribuye a los militares. La autora da cuenta de un gran número de denuncias de bandas de ladrones y secuestradores conformadas por militares. “Retenían a familias enteras para que durante el tiempo de detención otros desmantelaran sus casas”. Las bandas de secuestradores militares “eran en extremo sanguinarias y violentas, pues aunque cobraban los rescates asesinaban a sus víctimas”.

Pero quizás el impacto más nocivo, tras haber puesto al Ejército a combatir al narcotráfico, se dio en la propia lucha contra el narcotráfico.

Los desertores se pasaron al bando de los delincuentes. Se habla mucho de la cárcel como escuela de criminales. Se podría hablar también de que el Ejército ha sido uno de los mayores semilleros de narcotraficantes, sino en cantidad, sí en calidad. Entre 1990 y 2011 desertaron del Ejército 345 mil 344 efectivos, lo mismo altos mandos que tropa regular. El caso más sonado, pero no el único, fue el de Los Zetas, grupo conformado originalmente por 38 desertores de alto nivel, con entrenamiento de élite en varios países. O el de los feroces Kabiles, que Los Zetas reclutaron en Guatemala, y que dieron a la guerra de los narcos el toque de absoluta ferocidad que la ha caracterizado. El narco penetró al Ejército mexicano, áreas claves de inteligencia militar.

Durante el reinado de Amado Carrillo Fuentes, mandos y tropas trabajaban para él. Los militares protegían los cargamentos y los plantíos. Lo mismo sucedió con El Chapo Guzmán: “para su organización trabajaron regimientos completos”. Específicamente, el 65º Batallón de Infantería. Uno de los efectos paradójicos de los últimos años de combate militar a los narcotraficantes es que ha crecido el número de hectáreas de sembradíos de enervantes y han aumentado los adictos y consumidores.

No se ha escrito todavía, tal vez porque aún no termina, la historia de la lucha del Ejército y la Armada de México contra el narcotráfico. Ese libro no es Verdugo de Ana Lilia Pérez. Su tema central es el de un soldado al que le dio un brote sicótico, mató a dos salvadoreños y dejó a tres más mal heridos, que expone en el largo reportaje que sostiene el libro.

Los textos restantes del libro son ensayos apresurados sobre los abusos de los militares. Las cifras no están bien organizadas, no se brindan al lector cuadros comparativos con otros países. Se nota la falta de un buen editor en los libros de política de Grijalbo. Pero el material de investigación de Ana Lilia Pérez, y su valor al exponerlo, rescatan este libro escalofriante. Tiene razón la autora, “luego de años de guerra “ni uno solo de los cárteles fue totalmente desarticulado”. México se ha convertido en estos años en el primer lugar de tránsito de cocaína del mundo. Pese a la guerra contra el narcotráfico y al Chapo encarcelado, el Cártel de Sinaloa se volvió la primera organización criminal del planeta. Además del evidente fracaso de la guerra, dice Ana Lilia Pérez, “hubo miles de inocentes asesinados directa o en fuegos cruzados”. No sumemos a los errores cometidos uno más y terminemos con esto.

Twitter:@Fernandogr

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