Opinión

Hong y Fliegauf: conspirando


 
I. LA CADENCIA METAFICCIONAL. En En otro país (Dareun naraesuh, Corea del Sur, 2012), maravilloso opus 12 del sudcoreano de 47 años Hong Sang-soo (Un cuento de cine 05, Hahaha 10), el exasperada estudiante de cine Won-ju (Jung Yoo-mi) se refugia con su madre acosada por acreedores en la apartada playa Mohang y, como remedio contra su stress, escribe y reescribe un guión en torno a cierta glamourosa fumadora francesa Anne (Isabelle Huppert), que irrumpe en el amable hotel donde se encuentra la guionista indecisa y, aunque se topa siempre con los mismos personajes, entre ellos un coqueto salvavidas (Yoo Jun-sang el lunático actor fetiche del realizador), cambia tres veces de personalidad, como en caprichosa cadencia metaficcional, pasando de ser una famosa directora de cine con blusón azul a la búsqueda de reposo junto a un examante ocasional coreano medio alcohólico también cineasta Jong-soo (Kwon Hae-hyo), que al pretender reconquistarla ridículamente se oculta de su esposa embarazada, a convertirse en una opulenta extranjera adúltera de vestido rojo que románticamente se ha citado allí con su enamorado coreano, el informal cineasta Jong-soo (Kwon Hae-hyo otra vez), sólo para que él la deje medio plantada a merced de daydreams compensadores, y finalmente metamorfoseándose en una extranjera abandonada con atuendo verde jaspeado que busca su verdad recibiendo inopinadas lecciones del TVfamoso cineasta Jong-soo (Kwon Hae-hyo por tercera vez) e interpelando en vano a un monje budista, a quien acabará dándole baje con una costosa pluma Mont-Blanc.
 
 
La cadencia metaficcional se plantea como un gozoso laberinto de encuentros y desencuentros que se imagina sobre tres versiones de un mismo asunto narrativo, hecho y rehecho, corregido y sobrecorregido al estilo de sus modelos El santo de Enriqueta (Duvivier 52) y Trans-Europe Express (Robbe-Grillet 67), si bien con muchísima menos histeria que ellos, para que resalten mejor dos burlones temas capitales: primero, la mofa a las deliciosas aventuras de una europea madura aún seductora pero jamás enigmática al ir en busca de un diminuto faro idílico, aunque siempre incapaz de comprender no sólo la lengua sino el comportamiento y las intenciones y la particularísima idiosincrasia de las criaturas con quienes se topa, y segundo, la autocrítica befa al comportamiento erótico de los coreanos que apenas mínimamente se alcoholizan ipso facto cambian de personalidad para creerse conquistadores irresistibles, pero siempre desplegando su narcisismo y su veleidad fatua con "mil monos en el cerebro", por fin a sus anchas.
 
 
La cadencia metaficcional toma por base de sustentación reflexiva las irónicas y mutantes funciones que cumple el cine en la existencia de sus creadores y del espectador, las cuales pueden ser tan burdas como un paliativo para los nervios o tan sofisticadas como un enervante imaginario, tan sádicas cuan omnicompensadoras, al observar satisfechas cómo la ficción invade la vida, la suplanta, la desvía y la estimula, incluso a través de un exquisito cine posmoderno postodo como éste, un cine de conversación a la Rohmer oriental e hipercalculado, en tono sereno y con planos muy abiertos rigurosamente fijos que se permiten hasta el anacrónico uso de preciosos zoom-ins muy precisos. Y la cadencia metaficcional crea un universo cerrado, de diafanidad y belleza totales, con idénticos elementos manejados e insertos de otro modo, incluyendo errores, accidentes y a la chava imaginante en su propia ficción, hasta que los héroes inventados guarden una especie de memoria paradigmática de sus apariciones precedentes, cual signos en rotación disfrutando conscientemente del gusto por las musicales variaciones fílmicas al infinito y paseando orondos al final por la playa con el escondido paraguas azul celeste.
 
 
II. LA JORNADA POSTRERA. En El viento (Csak a szél, Hungría-Alemania-Francia, 2012), acre opus 5 del autodidacta autor total budapestino de 38 años otrora experimental Benedek Fliegauf (Bosque 03, Vía Láctea 07), una humildísima familia gitana vive con la esperanza de alcanzar al jefe emigrado a Canadá, si bien aterrada por los crímenes raciales de la región, pero aún así la vigorosa madre Mari (Katalin Toldi) le da muy de mañana su papilla al abuelo enfermo (György Toldi) y debe irse a cumplir con dos turnos, arrasando yerbajos al filo de una carretera en construcción y por los pasillos de un edificio de oficinas, no sin antes hacerle recomendaciones de buena conducta a su aplicada hija puberta Anna (Gyöngy Lendvai), quien aprovechará para comunicarse por webcam con el añorado padre desde la escuela y de regreso llevará a bañarse al arroyo a la pequeñita de una vecina, mientras el hijo menor Rió (Lajos Sárdány) se larga otra vez de pinta para recoger objetos reciclables en casas abandonadas que llevará a su dizque búnker oculto pronto descubierto por un muchacho mayor, todo ello antes de que la familia de regreso sea diezmada sin piedad por los exterminadores de gitanos que asolan esa atrasada zona rural de la Hungría profunda.
 
 
La jornada postrera demuestra que ninguna gran abominación, como los crímenes por odio racial, o las matanzas de gitanos que se extendieron por el territorio húngaro hacia 2008-09, llega sola, porque las acompaña una miríada de pequeñas abominaciones, aquí vivenciadas en el malestar informulable que producen, aunque se les considere insignificantes y ya estalladas contra una familia rumana en esa misma comarca donde sopla ese Viento angustioso e inclasificable por el tipo de asfixia que secreta.
 
 
La jornada postrera se topa con la hostilidad sorda a cada paso en las deambulaciones de esa estoica madre jodida enfrentando discriminaciones hasta en medio del arduo trabajo físico o luchando contra una hambrienta invasora de su espacio laboral, esa compasiva niña digna de compasión haciendo caso omiso de los prejuicios racistas de su profesor descompuesto y fingiendo indiferencia de la violación que sufre una compañerita en la piscina, ese tierno niño con ramo de flores y estatuilla de la Virgen en las manos presenciando de su escondite un atroz cara a cara entre un pedante policía capitalino y el policía local que está de acuerdo con una carnicería selectiva de gitanos que empezara con los desempleados, o ese abuelo que yace postrado todo el día en la cabaña sobre unas camas familiares puestas juntas para defenderse por pensamiento mágico de los inminentes agresores.
 
 
Y la jornada postrera desarrolla su escalada con piano percutivo en escalas extremas y al interior de monocromías pálidas y umbrías que se permiten destellar con repentinos rojos flamígeros, aquí y allá, en ciertos puntos de las imágenes esculpidas con luz natural, hasta esa comprobación de ruidos nocturnos ("Es sólo el viento") y esa matazón incendiaria a la distancia, con inhumana cacería al niño en la penumbra, recuperación de pertenencias en plástico detalle, hilera de cadáveres muy juntitos en la morgue y ecos en tinieblas de un canturreo tribal.