Opinión

Honduras y El Salvador, Siria de las Américas

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Un grupo de migrantes de Hungría antes de cruzar la frontera con Siria. (AP)

“México está poniendo todos los obstáculos posibles para desesperarnos, que nos demos por vencidos y abandonemos el país”, dice migrante hondureña, solicitante de refugio en México.

La región contigua del sur, el Triángulo del Norte centroamericano, en especial El Salvador y Honduras, está experimentando una violencia fratricida no muy distinta a la de Siria. Forzados por la inseguridad y marginación económica, cientos de miles de centroamericanos están, al igual que los sirios, arriesgando su vida por una travesía de alto riesgo (en este caso el territorio mexicano) para llegar a Estados Unidos. Pero incluso, miles de ellos, como en el caso de la migrante hondureña, están solicitando refugio en México, pues el crimen organizado de sus países literalmente les pisa los talones.

El Salvador y Honduras son una especie de Siria americana. Son los dos países del mundo, sin guerra declarada, con mayores niveles de violencia en los dos últimos años.

Según la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, América Latina concentra 36 por ciento de los homicidios intencionales a nivel mundial y el Triángulo del Norte centroamericano es la subregión más peligrosa de América Latina. El año pasado, El Salvador tuvo el dudoso privilegio de lograr la mayor tasa de homicidios a nivel global: 89.7 por cada cien mil habitantes. En 2013, el número uno del mundo fue Honduras con 90.4 homicidios por cien mil habitantes.

En 2012, por ejemplo, Siria presentó una tasa de homicidios de 180 por cada cien mil habitantes; ese año, la ciudad más peligrosa de Honduras y la segunda más importante después de la capital, San Pedro Sula, alcanzó una tasa de 169.

Los niveles de violencia en El Salvador se dispararon en los dos últimos años como consecuencia del final de la tregua pactada entre las pandillas (Mara Salvatrucha SM 13 y el Barrio 18) y el gobierno. Al romperse la tregua, los líderes de las pandillas (muchos de ellos en prisión) han ordenado violencias extremas. Por su parte, el gobierno del exguerrillero Sánchez Cerén ha transitado de la mano dura a la mano brutal. En El Salvador se experimenta una guerra de exterminio no declarada.

Los costos de la violencia se están reflejando en vidas humanas, pérdidas económicas y desconfianza en las instituciones. El Banco Interamericano de Desarrollo estima que la violencia le drena 5.5 por ciento al PIB centroamericano.

El Barómetro de las Américas de LAPOP estima que entre 30 y 50 por ciento de las personas que han sido víctimas del crimen en Honduras y El Salvador, buscarán emigrar en los próximos tres años.

En un viaje reciente a la frontera sur de México pude observar los efectos de esta nueva dinámica migratoria centroamericana. La gran mayoría de emigrantes cruza la frontera para utilizar nuestro territorio como plataforma para llegar a Estados Unidos.

Ahora bien, están llegando a nuestro país miles de emigrantes del Triángulo del Norte –incluso familias enteras y niños no acompañados–para solicitar refugio, pues no quieren arriesgarse a ser alcanzados por el crimen organizado de sus países. La cifra de solicitudes de centroamericanos se ha triplicado en los últimos tres años; la de El Salvador se quintuplicó en ese período.

Lo grave es que México continúa con las tendencias de rechazo, con un 40 por ciento del total de solicitudes; más aún, un 30 por ciento adicional abandona el proceso por tedioso y largo.

En Tapachula, Chiapas, la Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados (Comar) literalmente está en escombros. Sigue albergada en un edificio en que todas las otras oficinas se han marchado por su deterioro y en mi breve visita me percaté de que no cuenta ni con el presupuesto ni el capital humano necesarios para atender a la creciente población en necesidad de protección internacional.

México tiene que asumirse no sólo como país de tránsito sino también de destino. Ante la intensificación de la violencia en nuestra región contigua –el Triángulo del Norte centroamericano– tenemos que ejercer nuestra responsabilidad humanitaria y realizar un serio esfuerzo por expandir nuestra capacidad para asistir y aceptar a un creciente número de refugiados.

La respuesta de México ha sido muy distinta a la de la Alemania de Ángela Merkel, quien mostró un gran humanismo aceptando a casi un millón de refugiados, la mayoría de Siria. México debe ver a los solicitantes de refugio centroamericanos, como Merkel contempló a los sirios, personas que si se les acoge y da una oportunidad, harán una extraordinaria contribución a su país de hospitalidad.

Hoy Alemania goza de una reputación global como país generoso, humanitario y responsable. Merkel ha enterrado a los demonios del nazismo.

Dejemos de lado mezquindades y volvamos a poner el nombre de nuestro país en alto acogiendo a nuestros hermanos centroamericanos que solicitan refugio.

​Twitter: @RafaelFdeC

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