Opinión

Hombre-niño; 
hombre-adulto

   
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La mujer rota

“Los labios, las manos de Maurice eran suaves; mi boca se posó en la suya, deslicé la mano bajo su pijama. De pronto estaba de pie, me había rechazado con un sobresalto. Murmuré: ¿Te doy tanto asco?"

(La mujer rota, Simone de Beauvoir, 1968)

El desarrollo psíquico saludable se caracteriza por la capacidad de preocuparse por el otro; por sentir responsabilidad de la integridad emocional de quien tenemos lo suficientemente cerca como para lastimarlo o reafirmarlo. Algunos hacen lo primero, dominados por su impulsos agresivos. Otros lo segundo: aman y protegen lo mejor posible, dadas las limitaciones de su humanidad.

Renata es una mujer realmente hermosa. Su belleza es delicada y elegante, tiene un sentido del humor excepcional, es divertida, sabe escuchar, su cabeza es un mundo de experiencias, de libros, de viajes, y de aprendizajes. Jamás ha estado interesada en exhibir –aunque podría– sus fantásticas curvas.

En un momento de fragilidad durante la sesión, cuenta la historia que vivió al lado de un hombre experto en devaluarla. Cuando estaba desnuda frente a él y lista para hacer el amor, él la ofendía, erosionando en cada encuentro el amor que Renata sentía por su cuerpo, por su sexualidad, por su forma de expresar la cercanía erótica. La llamaba desabrida y poco interesante. No eres buena en la cama querida, acéptalo; no me prendes, no sabes calentarme: frases de un hombre incapaz de proteger a quien decía adorar y que por el contrario, parecía decidido a destruirla. Ella lloraba, se enfurecía y no podía entender por qué seguía con él. Por qué no se alejaba para siempre del sadismo de este hombre.

La madurez del adulto se caracteriza también por la capacidad de sostener, de ser apoyo, base segura y tierra firme para el otro al que ama. El adulto logra la consolidación de la ilusión y de la gradual desilusión, mediante una negociación satisfactoria que le permite ser feliz con la realidad; el adulto maduro se vive y vive a los otros como sujetos capaces de pensar y de sentir, y no como objetos. La consecuencia de este logro es la compasión. Al vincularse al otro como otro –a su pathos– a su padecer, es capaz de sentir su dolor y procurar evitárselo.

La pareja de Renata (no le pongamos siquiera nombre) la veía como un objeto a su servicio. Como ella no hacía exactamente todo lo que él se imaginaba ni ejecutaba a la perfección el montaje erótico de sus fantasías, se frustraba y la insultaba. Estar desnuda se le volvió dolor.
Finalmente logró dejarlo, pero se fue con una herida, con un pensamiento que rumiaba constantemente: dudaba de su capacidad para ser feliz y hacer feliz a alguien en el terreno sexual.

La vida –muchas más veces de las que reconocemos– es generosa con nosotros. También lo fue con Renata y trajo a su vida, cuando menos lo esperaba, a un hombre que había superado el narcisismo y la crueldad infantil hacía mucho tiempo. Este hombre fue sin saberlo, la terapia que ella necesitaba. Desnudos frente a un espejo, le describía antes, durante y después de cada encuentro sexual, la belleza que tenía frente a sus ojos. La miraba con deseo, con aceptación, admirando cada parte de su cuerpo que para él era perfecta, hermosa, deseable, contemplable. Ella jamás se lo dijo; prefirió guardar lo que sentía para sí misma: ese hombre le había devuelto la confianza perdida, le había ayudado a reconstruir, mediante una experiencia sexual y emocional de aceptación y respeto, el amor y el respeto por sí misma.

Freud ha dicho que la agresión es el resultado de la frustración que surge del choque del sujeto con la realidad. Específicamente de la “constatación de que el principio del placer no se ajusta al principio de realidad. El odio es la expresión del displacer provocada por los objetos”.

El caso de Renata es solamente un ejemplo de las abismales diferencias que surgen de vincularse con un hombre-niño o con un hombre-adulto. El primero es incapaz de empatía y está esperando recibir sin dar. Espera que las fantasías se cumplan, que la realidad sea perfectamente placentera. El hombre-adulto sabe dar, cuidar, mirar al otro como un sujeto autónomo. La belleza de dar y recibir en una relación sexual, amorosa o no, es inaccesible para un adulto-niño. Mujeres y hombres deberíamos ser concientes de cómo y con quién nos vinculamos. Los adultos que son niños estructurales, son capaces de la mayor crueldad sin culpa. La capacidad de dar generosamente y de ser empático, es una señal casi inequívoca de que estamos frente a hombre-adulto, que puede contener y filtrar sus impulsos agresivos y aprender a expresarlos sin amenazar la supervivencia emocional de otra persona.


* Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

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