Opinión

Hollywood o adiós a la superproducción

Las nominaciones al premio de la Academia hollywoodense dejaron de manifiesto que la superproducción, por más exitosa que sea, fue dejada de lado, al menos este año. Los films nominados rompen con la idea de producciones que cuesten más de 50 millones de dólares. No hubo siquiera un pequeño guiño de ojo, como en años previos, que permitiera afirmar que la superproducción podría gozar de buena salud por bastantes años más. Antes al contrario. Las nominaciones revelan el hartazgo hacia las superproducciones, por más complejas que sean estética o tecnológicamente. Esos esfuerzos que antes impresionaban ahora son inútiles porque la tendencia es hacia el cine intimista, o naturalista, o histórico. Lejos estamos de lo sucedido hace unos años cuando un films como El señor de los Anillos dominaban por completo. A pesar de que la secuela, El Hobbit, respeta esa magnificencia conceptual tan exitosa en su predecesora, y sin importar que se haya impuesto en la cartelera y la taquilla a lo largo del fin de año, la Academia consideró que fuera de un par de nominaciones menores, este tipo de cine no merece ir más allá.

El tema es interesante al menos desde la óptica de Peter Jackson, quien prácticamente entregó 15 años de su vida a llevar a la pantalla el complejo universo de J. R. R. Tolkien (1892-1973) adaptando y produciendo sus dos novelas clave, precisamente El señor de los Anillos (1954-55) y El Hobbit (1937), en formato megamonstruo (dos trilogías que suman en total, en su versión para salas, mil 31 minutos, por ahí de 17 horas de puro espectáculo que sube aproximadamente un 30 por ciento en las abundantes versiones del director para DVD/Blu Ray). Sin duda un proyecto desmesurado; la más grande ópera visual del cine contemporáneo.

El Hobbit: la batalla de los cinco ejércitos (2014) confirma que es un film mural puesto que retoma la trama justo en el ciffhanger donde quedó El Hobbit: la desolación de Smaug (2013), iniciando con éste (Benedict Cumberbatch) arrasando con el pueblo mientras los enanos miran desde su guarida, en la seguridad de la montaña donde Thorin (Richard Armitage) pierde la cabeza ante la abundancia de oro y la ausencia de la joya que le dará poder absoluto.

Jackson dirige casi por nota. Convirtiendo la cámara en una batuta que interpreta adagios (ese principio glorioso con dragón parlante, fuego por todos lados y el surgimiento del héroe súbito), andantes con moto (el Hobbit que entra y sale de escenas y escenarios en eterno ritornello para representar la ética ambivalente del buen ladrón que nunca traiciona a sus amigos), minuetos (los enfrentamientos entre los personajes de la saga en eterno baile de cortesías pre-bélicas: Thranduil y Bard, o Thranduil y Thorin, o Bilbo y Thranduil; o el áspero interludio romanticoide entre Fili y Tauriel declarándose sólo con la mirada un amor más allá de la muerte con tal intensidad que Tauriel -inexistente en el libro original- cobra una dimensión singular en film que de no ser por ella sería profundamente machista), allegrettos (escenas con el ridiculizable y travestido Alfrid y la siempre desarmante ingenuidad de Bilbo) y por supuesto un final operático similar a la tercera entrega de El señor de los Anillos: el retorno del rey (2003), con su batalla en tres niveles: el heroico sólo para la redención de Thorin (“¿me acompañarían una última vez?”), el simbólico literario que cierra el circulo con la trilogía de El señor de los Anillos y conserva el continuum entre libros & films, y el espectacular con registro múltiple de acciones (desde las íntimamente épicas entre Tauriel queriendo salvar a Fili, hasta las banalmente ridículas como Legolas subiendo escaleras en perpetuo despedazamiento).

El Hobbit es la refundición de las ideas dominantes sobre la superproducción, y Jackson un creador que sin duda transforma lo literario de Tolkien en algo entrañable por personal y, al parecer, ya irremediablemente exclusivo del cine. Del cine de Peter Jackson, claro está. Lo dispar de la sugerente estilización literaria contra la evidente estilización visual, llena de travelling shots aéreos que son verdaderos recorridos del alma, representa el mundo en dos dimensiones, una simbólica y otra hiperrealista. En ambas la barbarie parece ser la única lógica comprensible.

El resultado de esta ópera de fantásticos alcances visuales, un poco reduccionista y repetitiva para permitir el lucimiento del virtuoso movimiento de cámara de Andrew Lesnie dominando como razón y estética cada encuadre, resultó insuficiente a la Academia, hoy más interesada en lo íntimo que en lo espectacular.