Opinión

Historias prohibidas

 
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La serie 'Narcos' es una de las producciones originales de Netflix.

En la invasión de los progres que padecemos hay de todo –como en la viña del señor. Hace unos días dos de estos ejemplares nos salieron con una propuesta que está muy lejos de ser “avanzada”. En efecto, los legisladores Zoé Robledo, del PRD, y Lía Limón, de inefable partido verde, quieren prohibir las narcoseries, los programas violentos. Es un asunto importante pues ellos creen que hay que educar al pueblo en cosas que no suceden en la realidad, o más bien, que vean cosas que no sean la realidad.

Como si se tratara de una propuesta de algún frente a favor de la familia, Robledo y Limón declaran que están en contra de los programas de televisión que “promueven falsos valores y comportamientos sociales agresivos”; dicen que no se deben promover actividades delincuenciales como “modelo de vida aspiracional”. Bien. De la mano de la izquierda que representa Robledo –que normalmente tiene propuestas sensatas–, viene el viejo control estatista, y de la mano de Limón, que representa esa masa amorfa que es el partido verde, viene cualquier ocurrencia. ¿Es necesario decirle a la gente que puede ver y qué no? De ahí en adelante faltará poco para que nos digan qué leer y hasta de qué hablar.

Es probable que en la mente de los legisladores están series sobre héroes nacionales para promover los valores patrios, quizá las vidas de santos o repetir en horario estelar las películas del Santo enfrentando a las fuerzas del mal: ya fueran extraterrestres o las terribles momias de Guanajuato. Esto permitiría un gran escape de diversión y entretenimiento. Pero se corre el riesgo de que de pronto jóvenes se aparezcan con máscara y capa hablando por imaginarios radios pidiendo ayuda para combatir a los zombis de Saguayo o alguna otra banda peligrosa. No debe ser muy tranquilizador ver que tu hijo de diecisiete quiere ser El Señor de los Cielos, pero tampoco verlo con sus mallones plateados hablando con su reloj: “Santo llamando a Blue Demon, Santo llamando a Blue Demon, contesta Blue”.

El asunto de prohibir historias –ficcionadas o no– puede salir muy mal, más si se supone que de ahí se establecen roles aspiracionales. Por ejemplo: Gil Gamés propone que se pase repetidamente Blanca Nieves.
El problema está en cómo explicarle a una jovencita que creció con ese rol aspiracional que no se puede vivir con siete hombres, aunque sean chaparritos y trabajadores. Incluso las historias bíblicas pueden prestarse a confusión de “valores”. Si pasan la vida de Jesús sería muy grato que los muchachos imitaran al nazareno o al buen samaritano, pero qué tal si le da por ser Judas y de pronto se le descubren monedas de plata, y el niño traiciona por aquí y por allá. Muy probablemente termine siendo diputado.

Se entiende la función del gobierno para clasificar programas y hacer advertencias; creo que hay muchas herramientas promocionales (música, videos, series) que bordan en la apología del delito, pero cuando la autoridad se mete a tu casa para normar gustos y conductas, estamos en problemas. Creo que soy de los pocos que no he visto ninguna narcoserie. Los conocidos que las han visto ninguno se ha dejado el bigote, ni usan botas ni se han armado. Con ese tipo de mentalidades prohibicionistas, jamás hubiéramos visto El Padrino.



Twitter: @JuanIZavala

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