Opinión

Historias de algunos amigos

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Katia D´Artigues. (Cuartoscuro)

Llevo varios años sin ver a Érika Ávila. Nos decimos paisanos. Ella es de Zacatecas, mi madre también, de ahí el “paisanaje”. Estudiamos en la misma universidad y ahora vivimos en la misma ciudad. Alguna vez trabajamos juntos. Pero no nos vemos. Sé de ella a través de Facebook. Y seguir sus pasos, y sus piensos, a través de esa red social es una pequeña maravilla cotidiana.

Érika, que se dedica al cine, postea unas pequeñas historias increíbles. Como la siguiente, que publicó el 6 de abril:

“Hoy me acordé de algo que aquí les cuento: Hace muuuchos años cuando era estudiantilla iba en un camión todo pinche y de noche viajando de Zacatecas a Guadalajara. El camión se iba por una ruta pueblerina del tipo montañoso y semitropical, curvas y curvas de vegetación. Total que en el autobús íbamos yo, un ñor raro, el chofer y su compa. Entonces iba yo dormida y siento que se paran y se bajan.

¡Ah chingá!, y éstos? Me asomo y había montañas, noche, grillos y naaaaada se veía. Pasan los minutos eternos y yo comencé a hacerme mil historias en la mente (ojo, no eran estos narcotiempos, eran más leves). Total que yo pensando que si me mataban, que si yo aparecería hecha pedacitos y el ñor raro dormido y los otros que no aparecían y que comienzo a llorar de susto (ojo OBVIO no existían los celulares). De pronto se suben al camión bien alegres y me dicen: ¿quiere mangos? Nos bajamos a cortar mangos pero no encontrábamos el lugar porque siempre pasamos de día, están bien buenos, ¿quiere? Y yo lloraba y me comía mi mango (eran como las cuatro de la mañana). Desde entonces cada que veo mangos recuerdo cuando los comí aderezados de lágrimas de terror y luego de alivio”.

Hablando de añoranzas, uno de mis primeros recuerdos es de un viaje a la ciudad de México que hicimos mi padre y yo. Un solo día alcanzó para ver unas máquinas (motivo real de la visita) y dar el tour Chapultepec-La Villa-Zócalo-Santa María la Ribera. En las lanchitas del lago perdimos un remo. Y usé una jardinera de la Basílica como mingitorio. La memoria.

Supongo que ese viaje, y unos más que hice también de niño a la capital, algo habrán tenido qué ver con que yo terminara viviendo tan lejos de mis padres, de mis hermanos, de algunos amigos. Quién sabe. Lo que sí es cierto es que, como seguro les pasa a algunos de ustedes, desde hace un par de años, y a pesar de la lejanía física, cada día me siento más y más cerca de mi padre. Feliz día, viejo. Gracias por la familia, aunque gracias es una palabra que ni remotamente sirve para agradecer tanto y tanto que te debo.

Estas líneas están también dedicadas a Bárbara Anderson y a Katia D’Artigues. Mi respeto profesional por estas dos colegas es total. Pero siendo grande mi reconocimiento por sus andanzas periodísticas, eso no es nada en comparación con, otra vez, lo que les agradezco el que me permitan atestiguar, a través de esa vecindad que es Facebook, su enorme calidad humana y su entrañable vida familiar.

Sobre eso, sobre lo que hacen los amigos, sobre como viven los amigos, deberíamos publicar más a menudo. Creo.

Twitter: @salcamarena

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