Opinión

Historia de una torpe invitación anunciada

 
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Donald Trump

La víspera del cuarto informe de gobierno, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos Donald Trump, a invitación de Peña Nieto visitó Los Pinos. Todo parece indicar que para llevar a cabo esa visita, el pasado 31 de agosto, el norteamericano impuso la agenda que le dio su regalada gana. Increíble tanta ignominia y humillación, pero literalmente así ocurrió.

Desde luego que no fue la imposición de la agenda la única o principal torpeza de este insólito sainete, sino la invitación misma. Tan es así, que salvo los inmediatos e incondicionales colaboradores de Peña Nieto, no se sabe de nadie sensato y juicioso que haya dicho estar de acuerdo con esa decisión tan descabellada como tonta.

A ver, por favor, que alguien explique, siempre que lo haga con un mínimo de sentido común y conforme a la sana lógica, qué beneficio o ganancia se pretendía obtener de esa malhadada invitación y visita; o bien, como también pudiera ser, qué males o perjuicios se tenía el propósito de evitar con la presencia del señor Trump en México.

Que se sepa, absolutamente nadie hasta ahora lo ha explicado y seguramente nadie lo hará. Ni siquiera esgrimiendo algún sofisma o falso argumento, salvo los expuestos en el debate televisivo por el exsecretario de Hacienda Videgaray y el presidente nacional del PRI, debate en el que ambos se vieron tan mal. Como seguramente mal se verá la secretaria de Relaciones Exteriores, cuando próximamente acuda a la Cámara de Diputados a presentar y defender el paquete fiscal para el año próximo. Así andan las cosas en el país, sin rumbo, francamente sin pies ni cabeza.

En la amplia discusión (ciertamente con nadie, porque no hay interlocutor) que este infortunado tema ha suscitado, existe un dato que hasta donde sé nadie ha traído a colación. Como se recordará, unos días antes de dejar –hace casi un mes de eso- el noticiero estelar de Televisa, el conductor de éste, Joaquín López Dóriga, realizó una entrevista a Peña Nieto en los jardines de Los Pinos, que presentó a los televidentes en un par de entregas, es decir, en dos días consecutivos, conforme al viejo truco del que suele echarse mano para mantener el interés del auditorio, aunque después éste finalmente se sienta decepcionado del contenido.

Pues bien, si alguien tiene interés y revisa esa entrevista al presidente, o bien si simplemente la recuerda, podrá advertir que en determinado momento de la misma el entrevistado le dice al entrevistador que a Hillary Clinton ya la conoce y aun la ha tratado, no así a Trump, es decir, que ni lo conoce ni lo ha tratado. Pero que con ambos está dispuesto a reunirse para abordar los problemas de la agenda bilateral.

Cuando vi por televisión esa entrevista, me quedé pensando en lo expresado por Peña Nieto. Llegué a la conclusión de que –como ahora se dice- había “fraseado” mal su respuesta. Que en realidad lo que había querido decir era que cualquiera que fuera el ganador de la elección presidencial norteamericana, él estaría en la mejor disposición de sentarse a dialogar sobre las cuestiones que atañen a ambos países.

Sí, claro, pensé para mi tranquilidad que eso quiso decir Peña Nieto. Pues consideré todos los posibles desenlaces que la invitación pudiera tener (que ninguno de los candidatos aceptara, que uno sí y el otro no y cuál), en fin una demencial desmesura en plena campaña presidencial norteamericana. Era meterse sin necesidad en un berenjenal. Pero resultó que pensar mal fue lo acertado, según se comprobó una vez más. Como también se comprobó que la torpeza humana es casi infinita.

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