Opinión

'Hipsters' de acá mero

10 febrero 2014 5:13 Última actualización 13 agosto 2013 5:40

 
 
 
Fernando Curiel
 
 
Para Mari Carmen Serra
 
 
Consigno una jornada sabatina.
 
 
Abrí el día con un libro 'de monitos' (imágenes, texto), cuya lectura emprendí la víspera. Tratado del 'hipsterismo' mexicano. Y subrayo mexicano porque, para variar, la moda, el toque, el modo hipsters procede de la contracultura gabacha.
 
 
Jóvenes blancos (no se busque propósito racista), haciéndose negros (Ídem). Por allá por los 30’s, 40´s, 50’s. Creo haber leído un ensayo de Norman Mailer sobre estas tribus urbanas.

De existir hoy el hipster anda entre los veinte y los treinta años; descree del 'stablishment' y de la vida productiva dominante; se mofa de los valores al uso; vive con sus padres; gasta lentes cuadrados de pasta; viste con ropa añosa, más de los abuelos que de la última moda; odia, por lo anterior, las 'marcas' por las que se perecen sus contemporáneos; si labora lo hace en casa, en su computadora Mac (que no Sony o cualquier otra firma); sus oficios son, por lo tanto, a distancia: programador, diseñador de páginas web, consultor; si trabaja fuera de casa, rinde básicamente como empleado de casas de discos o de 'barista' de Starbucks.
 
 

Y sigo con el perfil.
 
 
Su Mac la complementa con su Iphone; en las fiestas presume de DJ, causando unánime rechazo; lee Las ventajas de ser invisible y los best seller de Murakama; colecciona, contra toda indicación tecnológica, Longplays; es fanático del concepto vintage (vestimenta, calzado, aparatos domésticos); se cree superior a la masa consumidora; detesta las hamburguesas y se ostenta como lactovegetariano, vegetariano, vegano, freegano.
 
 

Y así por el estilo.
 
 

La versión autóctona sucede a los, en su momento, famosos Emos, ya extintos (búsquelos usted en la plaza de la estación Insurgentes del metro y no los encontrará); sus santuarios son, en la capirucha, la Condesa y, en la República, Guadalajara.
 
 

Aporto el título: Hipsters (Un manual ilustrado); el nombre del autor: Jorge Pinto; y el género: parasociología. Prosigo. Desayuno temprano en la esquina de Revolución y Altavista.
 
 
Recibo llamadas tribales: de Guadalajara mi hermana mayor; de Argentina, mi hijo. Ya había disculpado por la misma vía mi asistencia a una reunión amistosa en Taxco, que incluía al embajador de Japón. Cruzo la calle y me apersono en el Museo Carrillo Gil.
 
 

Programa: Sala 1, 'Ocho derivas por la ciudad liminal' (Orozco, Cuevas, Macotela, Gerzo, Nissen, etcétera).
 
 
Y mi viejo conocido Eduardo Paolozzi, uno de los personajes de mi diario de viaje Vida en Londres.
 
 

Sala 2: 'Nuevas adquisiciones': Aguilar, Amorales, Arce, Bernaldez, García Bustos, García Torres, Guzmán, Hernández, Luna, López Luz, Martínez, Mathan, Monroy Siler, Montoya, Muñoz.
 
 

Sala 3: Dedicada a un por mí apenas desconocido Julio Sarmiento, portugués multifacético.
 
 
Instantáneas. En la Sala 1, el Orozco expresionista-costumbrista de sitios de rompe y rasga; José Luis tan Cuevas; un argentino, Rubén Rojas, con un cuadro 'Paraná' que me trajo perfumes onettianos (anécdota para sonrojar: el gran poeta y empistolado Díaz Mirón dirige El Imparcial, en épocas de Victoriano Huerta, quien hace una visita al periódico; cuando se retira, Díaz Mirón expresa 'Huerta dejó un perfume de gloria'; ¡sopas!); otro argentino, Ferrari, con imágenes aparentemente inicuas de urbes abarrotadas: muchedumbres, carreteras elevadas, automóviles.
 
 

La satisfacción de mi morbo: Teresa Margolles, Carlos Amorales; ambos, como se decía antes sin que se moviera un pelo del bigote engominado, en 'El cuerno de la luna'.
 
 

Hijos de la fama, sí. ¿Pero pintores?
 
 
Juzgue usted. Margolles: una mesa de concreto con 'efluvios' de un lugar donde se cometió un crimen. Juzgue usted. Sobre la mesa un televisor proyectando un video-denuncia de quién sabe quién. Juzgue usted. Amorales: una maqueta intitulada: 'Ciudad subconsciente'; algo así como una panorámica de un vuelo a la ciudad de México. Juzgue usted.
 
 

El Museo Carrillo Gil, inaugurado en 1974: limpio, suficiente, especie de Guggenheim rectangular.
 
 
Adoro los museos chicos que caben en dos horas.
 
 
 
Y, al filo del mediodía, una desconsoladora confirmación vía la prensa. La muerte de José Moreno de Alba, amigo admirado.
 
 
 
Evoco tantas y tantas conversaciones; las comidas junto con Humberto Muñoz; la caravana académica que realizamos a Aguascalientes; su bonhomía; su seriedad irrigada por un excelente sentido del humor; su contenida, no digo que represa, ternura.  'Camino –dijo alguien, también contristado- entre tumbas'.
 

Investigador universitario