Opinión

Hipótesis del pavo

Repantigado en el mullido sillón del amplísimo estudio, Gil pensaba en Rudolph, el reno de la nariz roja. Esta columna será la última página del fondo que Gamés escriba este año pues en breve abrirá la puerta de unas inmerecidas vacaciones. La inmediata obligación de Gilga es la molicie, esa blandura de las cosas al tacto (cortesía de la RAE). Gamés repite aquello que le gustaba decir a Woody Allen: el futuro me importa mucho pues es el lugar donde pasaré el resto de mi vida.

Hablemos del pavo perfecto, protagonista definitivo de la cena de Navidad. Oh, sí. En su periódico Reforma, Gamés se enteró de cosas muy importantes; la primera, que de ser posible el pavo sea fresco, no congelado. Gil recuerda que un pavo congelado que compró su extinto padre, la familia Gamés pudo comerlo hasta el 17 de marzo, día en que salió del horno, un poco crudo. Los que saben afirman que la temperatura ideal para que el pavo se convierta en carne comestible debe ser de entre 180 y 200 grados centígrados.

Boca arriba

El pavo era una seria emergencia en casa de Gilga, o quedaba crudo, o quedaba duro (no empiecen), o quedaba aguado, nunca en su punto. Según los conocedores, cuando el pavo ha salido del horno, hay que ponerlo boca arriba y retirar las piernas con la ayuda de un cuchillo aserrado. Luego hay que separar la parte superior y el contramuslo. Si Gil supiera lo que es el contramuslo de un pavo, otro gallo le cantara. Es muy importante cortar las alas ubicando la articulación y hacer el corte limpio y decisivo. Luego con ayuda del cuchillo y el trinche se corta un pedazo de pechuga que invariablemente estará seca como un trapo viejo.

Alguien, siempre, se referirá al pavo con piedad y publicará que le faltó mantequilla antes de ingresar al horno. La hipótesis del pavo siempre es una hipótesis del fracaso. Inyectar al pavo es un trabajo serio. Para eso se requieren jeringuillas con agujas largas y gruesas (ya, no sigan con eso). El pavo a veces se acompaña con puré de camote. En serio.

Tregua

Gil se llevó los dedos índice y pulgar al nacimiento de la nariz y meditó: la hipótesis del pavo y unas inmerecidas vacaciones actuarán -en la obra de teatro de la nación- el papel de una tregua. Nadie ha deseado tanto una Navidad y un Año Nuevo como el presidente Peña. Los miembros del gabinete ya no ven lo tupido sino lo duro, o como se diga.

Enrique Quintana ha dicho en sus Coordenadas que nada volverá a su lugar después de las vacaciones de fin de año: “No regresaremos a la normalidad”. Informa que los precios bajos del crudo llegaron para quedarse. Gil imagina escenas dantescas en las cuales México regala su postróleo y nadie lo quiere. La inestabilidad financiera, lo mismo; se jodió la bicicleta, ni pex, dólares de a 16 pesitos. En la pista de la contienda electoral, la “sociedad partida” se instalará durante 2015. Seguimos, escribe Quintana, en una transición que parece interminable aunque en realidad haya sido rápida: una sociedad cerrada y arcaica dio lugar a una abierta y democrática.

Con la pena, pero la normalidad es otra. Correcto, cavila Gil, siempre y cuando se entienda así en las altas esferas del gobierno, porque darse de topes contra las paredes suele ser una práctica inútil y dolorosa.

Los viernes Gil toma la copa con amigos verdaderos, pero el último viernes de trabajo del año, Gil toma muchas copas con muchos amigos verdaderos.

Esta hipótesis del pavo termina aquí con una máxima de Victor Hugo que Gamés pondrá a circular en el mantel tan blanco: “La melancolía es la felicidad de estar triste”.

Uno hasta el fondo volverá a su lugar de origen el lunes 5 de enero. Péguenle al aguinaldo sin temor. Au revoir.

Gil s’en va.

Twitter: @GilGamesX