Opinión

Hillary, último dique

  
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Hillary Clinton (Reuters)

Pasadas las convenciones, las coordenadas de la elección están fijadas. El bloque electoral que pretende articular el Partido Demócrata está en sintonía con los cambios raciales y de inmigración que han ocurrido en Estados Unidos. Trump apuesta a despertar al electorado blanco, lastimado y resentido, haciendo de los inmigrantes y del libre comercio las causas de todos los males. Así que detrás del lema Make America Great Again, habría que leer Make America White Again (Carlos Salinas dixit).

Los efectos de esta elección serán de largo plazo. Si los demócratas se imponen, habrán dado un paso que los pondría en la Casa Blanca por otros dos o tres periodos, dada las tendencias raciales y demográficas. En cambio, los republicanos deberán gobernar para contener esas tendencias.

El punto de confrontación no puede ser más claro. Hillary Clinton cuenta con el apoyo del primer presidente negro, eligió a Tim Kaine –amigo de los hispanos– como vicepresidente y se comprometió a impulsar una reforma migratoria en los primeros 100 días de la nueva administración. Trump encabeza a los electores que detestan a Obama, respaldan la construcción del muro en la frontera y la deportación de los inmigrantes mexicanos.

Así que las apuestas están hechas y la moneda está en el aire. No habrá concesiones ni convergencia hacia el centro. La estrategia de ambos candidatos está orientada a movilizar sus bases electorales, sin importar la reacción del bando opositor, y se impondrá aquel que sea más efectivo en reclutar el voto.

La invitación de Obama a EPN, en el momento que se celebraba la Convención Republicana, tenía un propósito electoral obvio. Mientras que Trump ha satanizado y criminalizado a los mexicanos, el presidente Peña fue recibido con un “bienvenido amigo”.

La jugada política era evidente, como evidente era que Peña Nieto no podía rechazar la invitación ni su efecto político. Del lado republicano se debe haber tomado nota. Pero, por lo mismo, fue muy desafortunado que EPN quisiera, en su conferencia posterior al encuentro, situarse a idéntica distancia de Clinton y Trump.

La declaración de neutralidad, después haber comparado la retórica de Trump con Hitler y Mussolini, no pudo ser entendida más que como una capitulación. Pero el problema de fondo es que esta no es una elección como cualquier otra, porque el candidato republicano no es un personaje como cualquier otro.

Referirse a lo ocurrido en 1992, cuando el gobierno de Salinas se inclinó por George Bush, como algo que no debe repetirse, carece de sentido. En aquellos años, la oposición de Bill Clinton al TLC no era tajante ni absoluta ni absurda, como luego se demostró.

Trump ha declarado no sólo que construirá el muro, lo que sería un acto soberano de Estados Unidos (EU), también ha reiterado que nosotros lo pagaremos. En una entrevista coqueteó, incluso, con la idea de utilizar al Ejército para someter a México. Con la misma irresponsabilidad y desparpajo en un mitin, en el norte de EU, señaló un avión como un posible caza mexicano que se preparaba para atacarlos. Y eso sin mencionar la descalificación racista al juez de origen mexicano que lleva el caso del fraude de su universidad patito.

La victoria de los demócratas depende de que los hispanos, particularmente los de origen mexicano, entiendan y se movilicen contra el peligro que representa Trump. No cabe, en consecuencia, que el presidente de México se presente como un apagafuegos y declare que da lo mismo Clinton que Trump.

No se trata de proponer que EPN se apersone en la frontera con una tea para denunciar el peligro que representa Trump. Pero para eso existe el lenguaje diplomático y los silencios elocuentes. Peña Nieto debió declarar que México es respetuoso de la elección en EU, ponderar, como lo hizo Obama, la importancia de la relación bilateral, y desear que el próximo presidente entienda la complejidad y beneficios de esa relación. Porque un distanciamiento sería contraproducente y desastroso para ambas naciones. Nada más y nada menos.

En suma, no hay que brincar cuando el piso está tan parejo: Trump representa un serio peligro y aunque Hillary no sea la panacea, sí es el último dique para evitar un desastre.

Twitter: @sanchezsusarrey

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