Opinión

“Hay un andador de piedras”

1
 

 

vela

Repitió esa frase algunas veces: “Hay un andador de piedras”, mientras levantaba los brazos hacia el cielo, como queriendo asir algo que parecía glorioso e inconmensurable. Su mirada estaba en otro sitio, que traspasaba mis ojos o los de mi hermana. Alcanzó a abrazarme preguntándome cuándo regresaría de Acapulco, a donde finalmente ya no fui. De cada uno se despedía a su modo. A las 3:15 de la madrugada expiró. Ayer falleció Carlos Mota Aburto, mi padre, a los 101 años de edad.

Creo que mi padre vivió con un ánimo compuesto cincuenta por ciento por timidez, treinta por ciento por rectitud y veinte por ciento por alegría pocas veces revelada. Desde mi infancia me respondía igual a la misma pregunta: ¿cuántos años tienes? “Cien”, decía gustoso. Y lo cumplió.
Mi padre perteneció a esa generación de mexicanos nacidos en plena Revolución. Contaba historias de su natal Altotonga, Veracruz, y de los pueblos cercanos: Perote o Teziutlán, donde cursó la secundaria.

Comerciante, fue el típico mexicano que no tendrá homenaje público alguno, más que por estas mínimas líneas, aunque cincuenta años de su vida los dedicó a instrumentar innovaciones útiles en su pequeña papelería de Donceles, en el Centro Histórico de la ciudad de México.
Mi papá gozaba con los argumentos de izquierda, con los que yo nunca coincidí. Admiraba el comunismo. Quizá por leer mis firmes argumentos en sentido contrario, y por su timidez, nunca entramos en debate alguno. Pero leía mis notas a diario.

Quizá yo me he dedicado (hasta el momento) al periodismo por querer llamar su atención. Quizá. El recuerdo más constante de mi niñez es verlo llegar a casa cargando un periódico, típicamente El Universal y el Excélsior. Dos o tres veces por semana recortaba durante el día alguna nota que pudiera parecerme interesante y me la entregaba por la noche, comentándola. Pasaba horas leyendo los diarios, lo que nunca fue en vano, porque sus recuerdos hasta su último día eran nítidos. Si yo le decía que tendría algún viaje a Europa, por ejemplo, me refería algún museo a visitar, algún cuadro que admirar. El únicamente fue a Europa una vez, en barco, debió ser en los años treinta. Su tío, embajador de México en Francia, le hospedó en París durante meses. A España no logró ir porque había estallado la Guerra Civil.

Su nieto más grande tiene apenas ocho años, que cumple justamente hoy —y tendrá el reto de superarle quizá, pero le faltarán 93 años—. El lunes, en el hospital de Azcapotzalco donde le cuidaban, mi padre me lo recordó.

Mi padre no alcanzó la llegada de la primavera. Pero con sus brazos alcanzó el cielo. Y yo, en una circunstancia menos favorable que en la que él se encuentra ahora, anhelo el día en tenga frente a mí ese mismo andador de piedras, para reencontrarlo ahí.

Twitter: @SOYCarlosMota

También te puede interesar:
No hay mexicano feliz con su banco
18 de marzo: quiten la Fuente de Petróleos, porfa
Gays en el empresariado mexicano