Opinión

Hay más que TLC en juego en nuestro futuro

 
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Contenedor.(Agencias)

El gobierno y las cúpulas empresariales de México parecen paralizados ante la llegada de quien no se esperaba a la Casa Blanca. Se toman las cosas con calma, y sigue habiendo esperanza de que eventualmente el equipo de Trump entienda nuestra importancia. No va por ahí.

En forma lógica, absorbe la atención una posible renegociación del TLC, crucial sin duda. Pero, pongamos atención en las otras medidas que se han anunciado y que pueden restarnos atractivo. El equipo de transición de Trump ha hablado de simplificar el régimen fiscal tanto para individuos como para corporaciones. Se pretende reducir fuertemente la tasa marginal corporativa, quitando deducciones, e incentivar la repatriación de las utilidades que empresas estadounidenses han acumulado en otros países.

De acuerdo a un estudio de Goldman Sachs, las 500 empresas que componen el índice S&P 500 pagan en promedio 26 por ciento de impuesto efectivo. Calculan que con que se redujera éste a 20 por ciento, equivaldría a que el crecimiento en las utilidades de las empresas se duplicara, de 10 a 20 por ciento, en 2017. Eso explica parte de la fuerte alza que vemos en las bolsas. Otra parte se debe a que podríamos ver una repatriación significativa de utilidades que en parte se utilizará para que las empresas recompren sus acciones, lo que hace que aumente lo que a cada acción le corresponde de las utilidades totales, haciéndolas ver más baratas. Sabemos que, además, viene un programa agresivo (a ver qué dice el Congreso republicano) para modernización de infraestructura, lo cual potencialmente incrementará la productividad local, y que se buscará eliminar regulación superflua, lo cual es excelente noticia para sectores como salud, energía y financiero.

México, mientras tanto, tiene un régimen fiscal innecesariamente complejo y la tercera tasa más altas de la OCDE (https://stats.oecd.org/Index.aspx?DataSetCode=TABLE_II1). Además, hay que considerar todos los otros costos relacionados con corrupción e inseguridad que tienen que absorber las empresas en México. Antes de todo esto, ya sabíamos que México tenía retos importantes qué enfrentar. Hay cambios estructurales en las cadenas de suministro que harán que se diluyan las ventajas de plantas de gran escala. Cuando se cuenta con impresoras digitales, por ejemplo, se pueden abatir los costos de producir en pequeñas cantidades. Sabemos también que los avances en automatización y robotización le restan peso al costo laboral dentro de los costos totales. Más temprano que tarde, dejaremos de presentar ventajas comparativas por el hecho de que podamos ofrecer plantas con gran escala y mano de obra barata.

A la larga, sólo seremos atractivos si podemos ofrecer trabajadores educados y bien capacitados, capaces de altos niveles de productividad; si ofrecemos infraestructura moderna, tramitología eficiente, reglas claras y leyes bien aplicadas, y seguridad física. Pero, la prueba PISA nos dice que mientras otros países han construido sistemas educativos modernos, nosotros llevamos más de una década estancados. A diferencia de Francia o Bélgica, que son los únicos países con impuestos corporativos más altos que México, nuestra infraestructura es deficiente, pero nuestro gobierno ha decidido privilegiar recortes en el gasto en inversión, para poder incrementar el gasto corriente (intocable, pues hay elecciones en el Estado de México). Cuando toda la investigación educativa nos dice que, por mucho, lo que define el éxito de un sistema es la calidad del maestro, nosotros acabamos de recortar fuertemente el presupuesto para capacitar a los nuestros, como si no hubiera un millón de rubros de gasto inútil que deberían cortar antes (publicidad del gobierno, por ejemplo).

Resulta curioso, sin embargo, que desde la perspectiva estadounidense podrían caer en una situación no deseable. Sus grandes corporaciones tendrán mucho dinero para invertir, atractivas tasas de impuestos, y muchos incentivos reales y percibidos para no sacar inversiones a otros países (particularmente a México). Es posible concebir un esfuerzo para acelerar la automatización de empresas, invirtiendo para adoptar nuevas tecnologías. Eso haría que jamás se logre la mejora en los niveles de empleo que Trump ha vendido.

Curiosamente, la gran tentación para la izquierda estadounidense será el ludismo, tratando de combatir estrategias populistas con su propia versión de lo mismo. Creo que la reacción correcta debería ser acelerar la transformación tecnológica para generar mucha mayor productividad, crecimiento y creación de riqueza, pero asegurándose de que haya estructuras efectivas para reentrenar a trabajadores desplazados, y redes de apoyo sólidas para quienes simplemente no sean reentrenables.

Para México, mientras tanto, la racionalización del gasto público dejó de ser opcional y se volvió urgente. El reto será desarrollar estructuras fiscales eficientes que permitan invertir en infraestructura, sin aumentar tasas impositivas o déficits que se reflejarían en un peso más débil, tasas de interés más altas y menor crecimiento. La actual 'reforma' educativa es más demagogia que realidad. Urgen cambios profundos que permitan que nuestros jóvenes tengan alguna posibilidad de ser remotamente competitivos en un entorno laboral global que será crecientemente demandante. Hoy, por mucho, no lo son.

Twitter: @jorgesuarezv

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