Opinión

Hay de reformas a reformas


 
 
Cuando se habla de las reformas estructurales metemos todas en el mismo saco, cuando pueden tener efectos muy diferentes.
 
Por ejemplo, la reforma educativa que se aprobó, y que contiene como uno de sus aspectos esenciales la inclusión de los procesos de evaluación del magisterio, tendrá un efecto de largo, larguísimo plazo en la productividad del país.
 
Con profesores de educación básica que tengan incentivos apropiados para mejorar su calidad, los estudiantes que se van a formar en los próximos años terminarán mejor preparados su educación básica y, por lo mismo, podrán incrementar su capacidad productiva a la vuelta de 15 años o quizás un poco más.
 
Es decir, los principales efectos en la productividad de esa reforma estructural se van a percibir hacia el final de la próxima década.
 
Otras de las reformas que ya se aprobaron fueron la de telecomunicaciones y de competencia. Si la legislación secundaria se diseña apropiadamente y la competencia que se presente entre las empresas proveedoras de servicios en el ramo puede acentuarse como resultado de ese cambio regulatorio, entonces podríamos tener a la vuelta de uno a 2 años una reducción adicional de los precios en la materia, así como una mejoría de los servicios.
 
En ese caso, sí podríamos ver un incremento de la competitividad de las empresas en 2 o 3 años, sobre todo en la medida que las telecomunicaciones se han convertido en un insumo estratégico en múltiples sectores.
 
La reforma energética, que aún esperamos para el segundo semestre del año, podría tener un efecto semejante para un plazo más largo.
 
Si los cambios legales se hacen correctamente y se permite una operación más eficiente de Pemex, así como un incremento de la competencia en algunos ámbitos de los hidrocarburos, como en la producción de 'shale gas' y 'shale oil', así como en la distribución de gas, es probable que podamos contar con energéticos más baratos y con un abasto más regular en un lustro.
 
No habría un impacto inmediato, debido a que se requiere la realización de inversiones que tienen un ciclo de maduración que no es inmediato.
 
Lo que sí veríamos más o menos pronto es la llegada de inversión privada -nacional y extranjera-, si el sector se abriera, que podría generar un volumen muy interesante de empleos adicionales.
 
Tenemos también la reforma hacendaria. Si el objetivo principal de este cambio en las reglas del juego del cobro de impuestos es esencialmente recaudatorio, entonces no habrá en lo inmediato ningún impacto favorable en la competitividad global de la economía.
 
Lo habría sólo si hubiera una reducción de las tasas impositivas, lo que no se visualiza como uno de los escenarios probables. El otro impacto positivo podría ser la simplificación del pago de impuestos.
 
Sin embargo, en la medida que los sistemas de cruzamiento de información, que permiten una mejor fiscalización, requieren más información de los contribuyentes, se ve difícil que ocurra un avance significativo en simplificación.
 
En realidad, la reforma fiscal puede traer como efecto una reducción del ingreso disponible del sector privado, lo que de manera directa tendría un efecto recesivo.
 
El impacto de mediano plazo tendría que ver fundamentalmente con la forma en que nutra el gasto público.
 
Por ejemplo, si hay una mejoría en la calidad de la infraestructura, entonces, a la vuelta de algunos años, sí podría tener un impacto favorable en la productividad.
 
La mayor eficiencia de las empresas en el corto plazo no va a depender de las reformas estructurales, sino de las cosas que hagan las propias compañías.
 
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