Opinión

Harakiri de AMLO

    
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AMLO

No es la primera vez. En 2006, tenía la elección en la bolsa. La perdió por sus excesos (¡cállate chachalaca!) y arrogancia. Avanzada la campaña pudo haber negociado la declinación de Patricia Mercado, que obtuvo 2.7 por ciento de la votación, con lo que se hubiera llevado la elección presidencial (Calderón ganó con apenas el 0.56 por ciento).

La historia se repite ahora. Si hubiera aceptado la propuesta de Juan Zepeda, de forjar una alianza con el PRD, habría arrasado en el Estado de México. Pero es un hecho que se resiste a aprender de la experiencia.

No sobra traer a colación que François Mitterrand ganó la presidencia de Francia a los 65 años de edad. Su victoria –a la tercera fue la vencida– no se debió sólo a la persistencia, notable por lo demás, sino a que logró forjar algo que entonces parecía imposible: una alianza entre el Partido Socialista y el Partido Comunista.

El programa común, que luego puso en marcha Mitterrand, apelando al pueblo bueno, de izquierda, fue un verdadero desastre. En 1986 perdió la mayoría y se inauguró una etapa de cohabitación con Jaques Chirac, como primer ministro. Finalmente, Mitterrand archivó su programa estatista, se reeligió en 1988 y designó como primer ministro al moderado Michel Rocard.

AMLO, en cambio, no aprende de la historia porque no quiere o, más bien, porque no puede. Ahora se está enfilando, por mano propia, hacia una derrota en 2018. Al sepultar la posibilidad de una alianza con el PRD no sólo dinamita sus altas probabilidades de ganar, sino fortalece la estrategia de un frente amplio opositor integrado por PAN y PRD.

No se trata de hacerle al psicólogo, pero el caso de López Obrador es, sin duda, digno del diván. Juan José Rodríguez Prats, tabasqueño, quien lo conoce de toda la vida, lo describe como alguien que no quiere gobernar, sino cuyo sueño es caer, puro en la lucha, para que alguien retome su bandera.

Otra posibilidad es la que he descrito en la novela, La Victoria (editorial Planeta): AMLO padece un profundo sentido de culpabilidad, asociado a la muerte accidental de su hermano menor, que lo hace boicotearse sistemáticamente, como una forma de expiación.

Pero sea de ello lo que fuere, la cuestión es que López Obrador es el personaje central de un psicodrama nacional que involucra a toda la clase política.

Me explico. El ascenso irresistible de AMLO en los últimos años no es consecuencia de su perseverancia, astucia e inteligencia. Son los errores, abusos, ineficiencia y corrupción del gobierno federal y los estatales los que lo han puesto a un paso de la presidencia de la República.

Porque después del bloqueo de Reforma, de la ‘presidencia legítima’ y de la granja de chivos y guajolotes –montada en el Zócalo– para denunciar el fraude en 2012, el personaje perdió toda credibilidad y autoridad. Así que hubiera bastado un gobierno eficiente y honesto, con resultados mínimamente aceptables, para que López Obrador jamás retomará el vuelo.

Por lo demás, la historia del encumbramiento de AMLO no se limita a este sexenio. En 2007, el PRI, encabezado por Beltrones, con la complicidad del PAN y la exaltación del PRD, decidió hacerle un regalo cuyo costo institucional ha sido muy alto: se inmoló el IFE en el altar de una falsa reconciliación y se diseñó una reforma que impuso, hasta la fecha, la censura y la sobrerreglamentación de los procesos electorales.

Este síndrome de culpa y expiación es el mismo que ronda hoy del debate sobre la segunda vuelta en la elección presidencial. Se afirma que sería con dedicatoria a López Obrador y que equivaldría a reeditar el intento de desafuero de 2005. El argumento es tan pedestre y falaz que resulta incomprensible que lo compren intelectuales –habitualmente lúcidos– como si fuera una verdad evidente.

Cuando, en unos veinte o treinta años, se escriba la historia de la transición democrática, López Obrador aparecerá como el personaje central de un sainete, cuya fuerza y protagonismo no se explican sin el coro de la izquierda y de toda la clase política.

Moraleja: Dios aprieta, pero no ahorca. El ‘rayito de esperanza’, que sí es un peligro para México, ha sido, para nuestra fortuna, el contraveneno de sí mismo. Pero no hay que olvidar que esto no se acaba... hasta que se acaba.

Twitter: @SANCHEZSUSARREY

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