Opinión

Haciendo historia

Hoy mismo inicia el final del proceso de las reformas. Si nada especial ha ocurrido, hoy se abre un nuevo periodo extraordinario de sesiones en el Senado, en donde se discutirán, y aprobarán, los dictámenes que reforman y promulgan el conjunto de leyes que llamamos reforma energética. La Cámara de Diputados tiene que pasar por un proceso similar con las leyes que les correspondieron, pero todo indica que en unos días más habremos terminado con todo el proceso. Al menos en lo que respecta a la creación y modificación de leyes.

Sigo pensando que no hemos aquilatado este proceso. En el transcurso de dos años se ha transformado el marco institucional de México: leyes, costumbres y creencias. No hemos pasado de golpe al desarrollo, y ni siquiera puedo decir que las nuevas leyes, ni su aplicación, representan el tipo de país que puede ser exitoso en el mundo de hoy. Pero creo que hemos decidido reconocer que el rumbo que llevábamos era equivocado, y apuntamos ahora hacia la dirección correcta.

Lo digo en primera persona del plural porque el Congreso representa a los mexicanos. Incluso a los que no lo quieren reconocer. Una visita a la Cámara de Diputados lo convencería. Ahí encontrará usted a México: obreros, campesinos, empresarios, vividores, izquierdistas, derechistas, religiosos (de toda creencia), laicos. Todo. Ahora que ese espectáculo tal vez no sea agradable, pero no porque no representen a México, sino al contrario.

Digo que el rumbo era equivocado porque la evidencia así lo indica. El crecimiento promedio de México desde 1940 es de 2.0 por ciento anual. No del sexenio actual, ni del pasado, ni del neoliberalismo: de los últimos 75 años. A veces pareció distinto, porque había recursos ociosos que se incorporaron a la producción, o porque nos endeudamos brutalmente. Pero cuando quita usted esos distractores, resulta que durante tres cuartas partes de un siglo crecimos 2.0 por ciento anual. La otra cuarta parte, la anterior, crecimos exactamente cero.

Digo que ya cambiamos, porque los estudios previos a 2012, de prácticamente todo tipo de institución o académico, señalaban un conjunto de problemas que coinciden exactamente con el conjunto de reformas: educación, sistema financiero, energía, telecomunicaciones, fiscal, laboral. No digo que estas reformas los hayan resuelto, porque no lo han hecho, y posiblemente no lo harán. Pero sin duda se concentran en los problemas que todos habían visto en México. Enfrentamos los obstáculos, que es el primer paso para resolverlos.

Y digo que ahora tenemos un nuevo rumbo, precisamente porque las reformas tienen denominadores comunes: liberar, evaluar, facilitar, invertir, recaudar. No en todo hubo acuerdo, y la divergencia fue más clara en lo fiscal, donde el PAN no quiso ir, y en lo energético, donde es la izquierda la que no va. Precisamente de esas divergencias dependerán los resultados electorales del próximo año, y se entiende que los políticos cuiden su negocio. Comparado con lo que ahora sí hicieron por el marco institucional, fue barato.

Para quienes hemos insistido en que México fue un fracaso en el siglo XX, este proceso de reformas es muy promisorio. Pero para la gran mayoría que no se había convencido de eso, las reformas siguen sin parecerles algo especial. Este periodo será recordado como un momento histórico. Aunque ahora sólo parezca una secuencia de pleitos políticos y estancamiento económico. No tardaremos en darnos cuenta, todos, de cuán importante fue este conjunto de cambios.