Opinión

Hace 50 años

 
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el che

Artistas como Warhol o Jeff Koons han construido una carrera alrededor de personajes icónicos populares como Marilyn Monroe, Elvis Presley, Michael Jackson, Mao Tse-Tung, que han circulado tanto, que es difícil imaginar un inconsciente colectivo sin imágenes de éstos, o pensar que en su momento estos íconos fueron personas de carne y hueso.

Hace cincuenta años, el 9 de octubre de 1967, fue capturado y asesinado en Bolivia Ernesto Guevara, El Che, que primero fue soldado y después designado comandante, uno de los estrategas claves de la Revolución Cubana. Y con el paso de los años, la figura de este guerrillero marxista que encabezó a hordas de campesinos en la Sierra Maestra de Cuba para derrocar al régimen de Bautista, ha cobrado una sospechosa aura mítica.

El Che creyó y pensó un socialismo hecho a medida para América Latina; para él, el caso cubano no debía de constituir una excepción, sino una vanguardia en la lucha contra el imperialismo. Quería sacar a las masas de nuestro continente de la pobreza, de la ignorancia, y buscaba implementar un sistema político precedido por un debate intelectual en donde valores locales y morales primaran sobre los materiales, ideales por los que fue ultimado. Eran días convulsos, en donde una Guerra Fría tenía al mundo dividido en dos bandos que se enfrentaban por la hegemonía de sus ideologías, y que provocaron importantes movimientos contiguos de estudiantes, de feministas, de sindicalistas, de artistas que buscaron cuestionar y liberarse de regímenes políticos y de pensamientos francamente autoritarios.

Pero la historia la escriben los ganadores, y las hazañas de las luchas contra la opresión también se van erosionando con el paso del tiempo
–y con propaganda–, y a la par de la sacralización, del culto de la personalidad que se le rinde a figuras como El Che, y otras como John Lennon, curiosamente (¿perversamente?) se han radicalizado las posturas que ellos tanto confrontaron.

Con la coronación del capital, el mundo dio un giro neoliberal hacia una economía global, sin fronteras, en las que los mercados ya no obedecerían a los Estados, sino los Estados a los mercados, y que se tradujo en flexibilizaciones de mercados laborales, en mejoras de incentivos para los más ricos, en privatizaciones y en una involución lógica de los partidos políticos. 

Hoy la desigualdad, la pobreza, la inseguridad, la destrucción ambiental, nos recuerdan que las utopías nacen de la necesidad, y pareciera que estamos entrando en una nueva fase en la crisis de los sistemas políticos que en nuestro país aceleraron los desastres naturales.

La semana pasada María de Jesús Patricio Martínez, Marichuy, la candidata independiente del Consejo Nacional Indígena, dio un discurso de una enorme sinceridad, en donde se presentó como la representante de un grupo de personas que, antes que nada, rechazó el financiamiento del Instituto Nacional Electoral, haciendo obvio que la  política se había convertido en una estructura diseñada para excluir a la clase trabajadora y a las comunidades indígenas, e instó a desarticular todos juntos un sistema económico racista, sexista, clasista y patriarcal.

El filósofo francés Michel Foucault ya lo había advertido: “Durante milenios, el hombre fue lo que era para Aristóteles, un animal  vivo, capaz de política. El hombre moderno se ha convertido en un animal cuya política pone en juego el hecho de estar vivo”.

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