Opinión

Hablar de sentimientos

   
1
 

       

Sentimientos

A Jaime le preguntan cómo está y habitualmente contesta “bien, mal, más o menos”, porque es incapaz de ser específico cuando se trata de describir lo que siente, e incluso se incomoda ante las preguntas insistentes de quienes lo quieren, que a veces no saben cómo relacionarse con su silencio.

Los sentimientos son la brújula con la que deberíamos orientarnos en el mundo y a partir de la cual nos vinculamos significativamente. No hablo de relaciones circunstanciales, sino de lazos afectivos que dan identidad y sentido de vida.

Jaime creció en una familia caótica: padres en pleito permanente, amenazas de abandono por parte del padre, problemas de dinero y de espacio vital, la intuición temprana de que era mejor callar para evitar agresiones y para no dar más problemas de los que ya existían en su casa. Durante su niñez y adolescencia fue silencioso y muy tímido; también inseguro de decir lo que pensaba, pero sobre todo lo que sentía. La tradición familiar dictaba que cuando alguien expresaba un sentimiento estallaban los gritos y portazos, las mentadas de madre, las lágrimas y los platos rotos.

Los niños y adolescentes pueden ser víctimas de su sistema familiar y tienen muy poco poder para cambiar la dinámica de la comunicación afectiva. La impotencia con la que llegan a vivirse estos años acompaña en distintos grados de intensidad a todos los adultos. Algunos son conscientes sobre el origen de su capacidad o dificultad para expresar el laberinto sentimental. Otros no.

Decir lo que sentimos descuidadamente no es deseable. Habría que saber comunicar con madurez toda la gama de las emociones, asumiendo la responsabilidad que el adulto sí puede tener sobre sus reacciones.

Muchos se defienden de todo y de todos. Se ocultan detrás de una muralla que hacia afuera parece indiferencia, frialdad, insensibilidad o desdén. Otros reaccionan violentamente a la menor provocación y son percibidos como agresivos, reactivos, peleoneros e impulsivos. Muchos más no saben nombrar más que tres o cuatro sentimientos. Los más populares son la alegría, la tristeza y el enojo. Se quedan decenas por describir y se pierde la capacidad de contar y entender la propia vida con muchos más colores y matices.

El reto en la vida adulta es expresar las emociones con madurez. No se trata de ignorarlas, ni de enterrarlas, ni tampoco de culpar a los otros por lo que sentimos. Nadie puede hacernos sentir algo que no exista en nuestra estructura de personalidad. Ésa es la diferencia entre el niño y el adulto. La niñez es una etapa de altísima vulnerabilidad y fragilidad. La vida adulta podría ser un ciclo de mayor dominio de la expresión emocional.

Se vale decir lo que sea sin drama, sin gritos, sin insultos y sin descalificaciones. Es dificilísimo y por eso parece que es preferible no decir nada. Lo que no saben los muy silenciosos es que construyen dentro de sí mismos una bomba de tiempo: enfermedades psicosomáticas, confusión, soledad e incomprensión. Los incontinentes verbales, en el otro extremo, viven arrepentidos de haber compartido lo que sentían sin reflexionar antes sobre si se trataba de un territorio amigo.

El niño que vive en la memoria del adulto tendrá que emerger, de preferencia en un espacio protegido como el de una terapia, para llorar, patalear, maldecir y nombrar las injusticias de las que fue víctima. Para sanar algunos dolores mediante la palabra. El adulto debería poder verbalizar su rabia, indignación, dolor, alegría, esperanza, decepción, anhelo, con plena responsabilidad sobre lo que siente, intentando encontrar las mejores palabras para expresarse, el momento más oportuno para que lo dicho pueda ser escuchado y para que algo pueda ganarse después de abrir el corazón.

* Vale Villa es psicoterapeuta sistémica y narrativa. Conferencista en temas de salud mental.

Twitter: @valevillag

También te puede interesar: 
Jueces implacables
Todo puede salir mal
Solitarios crónicos