Que no gane AMLO 'carro completo'
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Que no gane AMLO 'carro completo'

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Que no gane AMLO 'carro completo'

15/06/2018
Actualización 15/06/2018 - 10:43

López Obrador volvió a dejar en claro en el tercer debate que tiene algunas soluciones simples, pero no que comprende bien la complejidad de algunas de ellas.

Meade dedicó sus mayores esfuerzos a atacar la 'honestidad' de López Obrador, pero lo hizo mal. Debe haber creído que se quitaba la acusación que le hizo Anaya de estar involucrado en las tranzas de Odebrecht, diciendo que es a Jiménez Espriú, propuesto secretario de Comunicaciones y Transportes por AMLO, a quien debían investigar porque un familiar del ingeniero es socio de la empresa brasileña.

Con su evasiva, Meade volvió a dejar en claro que no representa nada más que la continuidad de un régimen que, como publicó el New York Times el lunes pasado, es, junto con el de Maduro en Venezuela, el único de América Latina donde los señalamientos concretos de corrupción de funcionarios por Odebrecht no han tenido consecuencia alguna. Desde Perú hasta Panamá han sido motivo de convulsiones políticas, de caída y encarcelamiento de presidentes y de altos funcionarios, pero en México no prospera ni una sola investigación.

A Anaya lo vi preocupado; seguramente está consciente de la alta posibilidad de su derrota, que le atribuirá, sin razón, a las acusaciones de ilícitos financieros que le armaron mediante filtraciones, que luego confirmó el SAT.

De cualquier manera, es un mal precedente ese trato del gobierno a un adversario político, a quien apenas el lunes, por denuncia del panista Ernesto Cordero, se le encausó investigación formal en la PGR. La estrategia priista contra Anaya acaso se entiende si lo que intenta es quedar como la segunda y no la tercera fuerza electoral, para ser la que organice la oposición al próximo gobierno.

Que bien, por cierto, que Morena no llegara a obtener el 'carro completo' del Congreso y de las gubernaturas, como parece indicar la encuesta de Coparmex que analizó antier Enrique Quintana en estas páginas.

Hay complejidades de la realidad que escapan a López Obrador. No tiene el mismo manejo que sus adversarios de la macroeconomía ni de las relaciones internacionales y sus conflictos mercantiles y financieros, ni se refiere con soltura al peso de la economía global en México.

Lo que sostiene con claridad el político tabasqueño es que, para destrabar las potencialidades del desarrollo económico y social de México, tiene que separarse el poder económico del poder político.

A esa connivencia le atribuye, en un video que circula sin fecha, quizá del año pasado, “la destrucción del país” y lo ejemplifica con que “las 400 más grandes corporaciones, 'empresariales y financieras', obtuvieron ingresos por cinco billones de pesos y sólo pagaron 1.7 por ciento de impuestos por esos ingresos”. Lo que cuenta es lo que hayan pagado por sus utilidades, aunque seguramente tiene razón en que fue poco.

Para corregir esa situación, AMLO intentaría una reforma fiscal progresiva que generaría, como ha ocurrido en intentos semejantes del pasado, una poderosa reacción de los causantes mayores. ¿Cómo afrontarla sin poner en riesgo ni el crecimiento de las inversiones empresariales ni la estabilidad política y social del país, ni su proyecto de gobierno?

Esa es una de las mayores incertidumbres que trae consigo el muy probable triunfo electoral de López Obrador.

Por sus libros se puede inferir el argumento de que el fortalecimiento de las finanzas públicas le permitiría al Estado abrir nuevos espacios de inversiones empresariales, a las que apoyaría con políticas sectoriales en sus esfuerzos por ganar competitividad en los mercados interno y externos.

Las utilidades que se obtienen por eficiencia y no por tráfico de influencias tienen la ventaja enorme de que su distribución social es mucho más equitativa.

Pretender que pueda negociarse la integración de tales propósitos con un empresariado que desconfía del izquierdismo de López Obrador, ¿es ingenuidad o conveniencia y pragmatismo?

Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.