Pierde credibilidad la élite
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Pierde credibilidad la élite

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Pierde credibilidad la élite

18/01/2018
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Anaya y Meade. (Especial)
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Salvo el anarquismo, cualquier otra interpretación de la vida política en sociedad asume que no ha habido, en la historia humana, un grupo, asociación o nación que no esté jerarquizada y gobernada por una minoría que conforma la élite del poder.

El problema de la élite es ser obedecida por la mayoría de la población y para ello existen dos mecanismos: la coacción por la fuerza, que tiene altos costos y malos resultados en poco tiempo, y lograr que la sociedad acepte y crea en algún principio moral y legal como justificación del ejercicio del poder por la élite.

Pues bien, el PRI gobernó con eficacia mientras mantuvo el principio (populista) de justicia social y hubo una efectiva movilidad hacia mejores niveles de vida de la gente, derivada del crecimiento de las inversiones públicas y privadas y de políticas sociales bien establecidas.
Después, la propia clase gobernante enderezó una feroz crítica al populismo desde un neoliberalismo ajeno cultural e institucionalmente, con la promesa de que México pasaría a formar parte del club de los países ricos y que con solidaridad, todos estaríamos mejor.

En 1995 México sufrió la peor crisis de que se tuviera memoria, con una inflación que llegó a 100 por ciento, la caída de 6.2 por ciento del PIB y un quebranto del sistema financiero privado cuyo rescate representa una inmensa deuda pública, al que le siguió la extranjerización del estratégico sistema bancario.

Esa crisis dio lugar a la alternancia -que no alternativa- entre el gobierno del PRI y los panistas de Fox y de Calderón; al primero lo califica el “y yo por qué” y al segundo el haber involucrado al Ejército y la Armada en el combate al narcotráfico sin una estrategia.

Las penosas experiencias panistas le hicieron creer a la sociedad lo que decía el PRI hace seis años: que ellos si sabían gobernar; Peña Nieto pudo hacerse de la presidencia mediante las urnas, no “haiga sido como haiga sido”, sino con una indisputable ventaja electoral.

Casi al término de su administración, es claro que Peña Nieto no ha sabido gobernar ante poderes fácticos como el narcotráfico, el gobierno de Estados Unidos, la clase política entre la que destacan gobiernos estatales de su propio partido y el pacto de impunidad que los protege y cohesiona.

Las reformas para integrar nuestra economía a la norteamericana, que vienen de 30 años atrás, y que en este sexenio agregaron el petróleo, no detuvieron el avance de la pobreza ni las desigualdades; menos lo harán ahora que esas reformas tendrán los elevadísimos costos que les está imponiendo Trump.

Esto es, tanto el PAN como el PRI perdieron las justificaciones con las que tomaron el poder y con ellas, la credulidad de los gobernados en ellos; ni Ricardo Anaya y menos José Antonio Meade se ven capaces de identificarse con las creencias y sentimientos de la sociedad.

Estamos, nada menos, que ante la declinación y necesario reemplazo de la clase política que desde el PRI y el PAN ha ejercido el poder del gobierno durante más de 80 años.

La situación es extraordinariamente delicada porque entraña una fuerte tendencia al autoritarismo de quienes pretenden mantener su preeminencia política; cada vez son más evidentes las muestras de esa inclinación, que sólo tiene en contra la madurez democrática y el peso que hubieran alcanzado los sectores progresistas de la sociedad mexicana.

http://estadoysociedad.com

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Las expresiones aquí vertidas son responsabilidad de quien firma esta columna de opinión y no necesariamente reflejan la postura editorial de El Financiero.