Opinión

Guerrero

Posiblemente el asunto más complicado del actual proceso electoral es si se podrán llevar a cabo los comicios en Guerrero. Aunque Michoacán es una entidad con problemas, no parece que ahí esté en riesgo la celebración de la votación. Sí habrá debate acerca del comisionado Castillo y seguramente reparto de culpas entre partidos, e incluso puede ser que en algún municipio se queden sin instalar algunas casillas. Pero, hasta el momento, todo indica que será una jornada aceptable.

En Guerrero las cosas son diferentes. Como ya hemos comentado en otras ocasiones, se trata de una entidad que no se ha sumado al comportamiento general del país. En buena medida, Guerrero sigue funcionando como lo ha hecho por siglos, bajo regímenes autoritarios y personalistas. Desde el caudillo que le dio nombre, pasando por los Álvarez y llegando a los Figueroa, es un terreno de caciques.

En Guerrero sólo ocho por ciento de la población activa trabaja de manera formal en la iniciativa privada. Una cantidad mayor, 12 por ciento, trabaja para el gobierno. Otro poco más, 16 por ciento, son trabajadores de empresas formales pero sin seguridad social. Poco más de un tercio (34 por ciento) son informales urbanos, y casi lo mismo (29 por ciento) son campesinos informales, de autoconsumo. Se trata de la entidad más atrasada en materia económica en el país. Oaxaca y Chiapas tienen una proporción un poco mayor de agricultura de autoconsumo, pero menos informalidad urbana. Tlaxcala tiene más informalidad, pero menos autoconsumo. Ninguna entidad tiene una presencia de iniciativa privada tan baja. No existen datos, pero imagino que si eliminamos Acapulco e Ixtapa, no debe quedar casi huella de empresas privadas en esa entidad.

Muy probablemente esto es causa y efecto del atraso estatal. Causa, porque sin empresas no hay generación de riqueza. Efecto, porque los obstáculos a la creación de riqueza que México tiene alcanzan en Guerrero niveles exorbitantes: no hay control del poder, no hay gobierno limitado, no hay reglas claras, y no hay insumos mínimos: infraestructura de transporte y educación, especialmente.

Frente a esta realidad, existe la creencia de que Guerrero saldrá adelante con usos y costumbres, con tradiciones ancestrales o con estrategias revolucionarias. Son creencias absurdas, porque sabemos que esos caminos jamás han producido ni crecimiento ni democracia, pero fueron prohijadas por los caciques y el viejo régimen porque facilitaban el clientelismo. El derrumbe de ese régimen ha provocado que cada uno de los grupos que antes servían como instrumento de control sean ahora contendientes. Esa dispersión es terreno fértil para quien quiera sustituir al estado, sea el crimen organizado, la CETEG, los Figueroa y los Aguirre, los municipios autónomos, las policías comunitarias, lo que usted guste. Pocos de ellos tienen interés en las elecciones, y los que lo tienen, buscarán controlarlas.

Guerrero es caso extremo de anacronismo, pero no es único. Amplias regiones en otras entidades sufren el mismo problema, que acá cubre todo el estado. A pesar de visiones románticas, ese México profundo o como le quieran llamar, no es sino garantía de tragedias en el siglo XXI. Tal vez pueda discutirse si en otro momento esas estructuras eran útiles para el bienestar o la estabilidad. Pero me parece que hoy no hay duda: son profundamente dañinas.

Twitter: @macariomx