Opinión

Guerra fallida, estúpida

  
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Güero Palma (Cuartoscuro)

Sabemos, aunque no todos lo reconocen, que el prohibicionismo es una guerra fallida. Cincuenta años de esa estrategia han fracasado en contener la demanda y consumo de drogas.

De hecho, la oferta se ha multiplicado y diversificado. No sólo se siguen produciendo mariguana y cocaína, sino anfetaminas y otra serie de productos de laboratorio. En esa carrera absurda se prohíben, todos los días, más y más sustancias.

Consecuentemente, el monto de ese comercio ilegal ronda los 300 mil millones de dólares y a él están asociadas historias de grandes capos que no tienen precedente, como el poder demencial y devastador de Pablo Escobar.

Colombia, México y Centroamérica han pagado un altísimo costo en vidas humanas y debilidad institucional. El contrahecho tránsito a la democracia en nuestro país no se puede explicar sin hacer referencia al debilitamiento de los cárteles colombianos y el empoderamiento de los capos mexicanos en los años noventa.

Desafortunada coincidencia que explica, en buena medida, la debilidad institucional del gobierno de Vicente Fox y, después, las decenas de miles de muertos durante el sexenio de Calderón. A la fecha, ni siquiera se divisa el final del túnel.

Para México, Colombia y Centroamérica no ha sido sólo una guerra fallida, sino estúpida. El prohibicionismo fue en sus orígenes una cruzada puritana (made in USA) que, después de la Segunda Guerra Mundial, se impuso a todo el mundo.

Cruzada, hay que repetirlo, que tenía entre sus demonios el alcohol y fue el origen de la ley seca con su séquito de violencia y grandes mafiosos, como Al Capone, que no concluyó hasta que, bajo el gobierno de Roosevelt, se derogó la Ley Volstead y se abrió el camino al consumo y producción legal del alcohol.

En la década de los veinte los estadounidenses vivieron y sufrieron las dos caras de la cruzada puritana: la prohibición, que atentaba contra la libertad individual, y la violencia que volvió a Chicago, entre otras, una ciudad infernal, donde la mafia controlaba o se coludía con las autoridades. Ese reconocimiento fue el que impuso una rectificación.

El panorama hoy es mucho más complejo, pero también más simple. La persecución de las drogas fuera de EU ha desplazado la violencia a este lado del continente. De manera tal, que los estadounidenses sufren limitación de las libertades, pero no pagan con muertos ni debilidad institucional.

Por eso el impulso para cambiar la estrategia prohibicionista en Estados Unidos no proviene de la violencia, sino del reclamo de la sociedad por recobrar y ejercer derechos que el Estado no debe coartar.

La resistencia más fuerte a esa demanda es de orden conservador e institucional. Milton Friedman lo advirtió con toda precisión hace varias décadas: los burócratas antidrogas defienden con las uñas el presupuesto que se reparten para esa guerra.

La parte grotesca y humillante de esta historia brilla, con particular claridad, en el trato de la justicia estadounidense a los narcotraficantes mexicanos. Primero, porque exigen su persecución a sangre y fuego. Segundo, porque presionan y obtienen su extradición. Tercero, porque concluyen tratos escandalosos con los procesados.

Uno de los más recientes, pero seguramente no el último, es el caso del Güero Palma. Después de negociar con la justicia se le impuso una pena ridícula: 16 años, una multa de 100 dólares por traficar 50 kilos de cocaína y se le condonó el equivalente del tiempo (82 meses) que había pasado en la prisión en México.

¿Resultado? El Güero Palma, al cabo de 11 años, acaba de salir de prisión y será extraditado. Esa es la justicia que se ofrece en Estados Unidos a una guerra que aquí ha costado más de 70 mil muertos (cifra superior a los 56 mil soldados muertos en Vietnam).

Por último y a manera de colofón: si el Güero Palma y El Chapo fueran hoy ciudadanos estadounidenses produciendo mariguana, serían dos personajes respetados y millonarios en... Colorado o California.

Remache: guerra fallida, estúpida e inequitativa.

Twitter:
@sanchezsusarrey

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