Opinión

¿Guerra en el año de paz?

10 febrero 2014 4:34 Última actualización 22 octubre 2013 5:2

 
Fernando Curiel
 
Para los alumnos del seminario
 
Uno. Sostiene don José, el filósofo que se quedó en el Madrid franquista (sin que faltara quién lo confundiera con dos: Ortega y Gasset) que la “altura vital” es aquélla a la que nos encaramamos para contemplar el mundo.
 

Dependiendo, claro está, de la edad del observador. Ocho, treinta y cinco, cincuenta, sesenta años.
 

Bien.
 

Dos. Desde mi actual altura vital contemplo lustros, décadas por mí entregados a la difusión universitaria.
 

Actor, conferencista, crítico, directivo (directivo con resultados, no como esos de nuestro pobre multimillonario fútbol; ¡mire que dos a uno con Panamá! ¡Y regarla con Costa Rica!).
 

Difusión no sólo de las artes todas sino, en la última etapa, de las humanidades y de las ciencias sociales; manejo de casas y centros culturales, de revistas, de radio y televisión (aquel programa, Revista cultural que, en tiempos de turbulencia sindical en el campus, inaugurara la programación matutina del Canal Once).
 

Añada el amable lector la conducción de un Seminario de Creación y Crítica Literarias en el INBA; una misión diplomática (frustrada Casa México) en la Nicaragua sandinista, la de la reaganeana guerra de “baja intensidad” y de la corrupción de la cúpula de la ex guerrilla; una inolvidable experiencia en la Venustiano Carranza, delegación con una red de casas de cultura y una intensa tradición popular (mercados, deportivos, pulquerías, fiestas comunales).
 

Tres. ¿Qué más oteo en el horizonte? Que deben correr juntos los tres objetivos unameños: difusión, investigación, docencia; para integrarse en una sola misión institucional.
 

También observo que el diario, crudo, golpeteo de la vida cultural; la lidia con egos de tiempo completo, imponen filias y fobias, rara vez indiferencia.
 

Por ejemplo, respectivamente, Juan José Arreola y Octavio Paz. Los intelectuales, junto con Salvador Novo, atrapados por la red de Televisa. La artífice del Estadio Azteca (para el expendio de cerveza), de la Basílica de Guadalupe (para multiplicar peregrinos), de un Museo de Arte Moderno (para cerrarlo) y de un Teletón (para monopolizar, sacándole provecho político, el altruismo). Dicho sin sorna: la Secretaría de Educación Pública pos Vasconcelos (1921-1924).
 

Cuatro. Pero hablaba de filias y fobias. ¿Mi simpatía por Arreola distorsiona el goce objetivo de su “varia invención” y de lecciones vivas del arte artesanal de la escritura? En modo alguno. ¿Mi antipatía por Paz cancela el fervor por su poesía y su prosa y ese discurso surrealista que se apela El mono gramático? Tampoco.
 

Pero, además, si Arreola creó la colección Los Presentes, Paz ocupa un sitio privilegiado en el campo de las revistas, órganos extremos de difusión; aspecto, que insisto, conozco por el anverso y el reverso. De ahí mi subido interés por un libro, el tercero que su autor dedica al hijo de Mixcoac, que esta vez me acompañó a Casa Jacaranda en Taxco (portento churrigueresco al que, por fortuna, no alcanzaron los tsunamis de destrucción, desolación, desabasto, que azotaron, azotan, la Costa y La Montaña guerrerenses).
 

Ficha: Octavio Paz y su círculo de intelectuales, 2013. Autor: Jaime Perales Contreras.
 

Cinco. Traza el autor el itinerario del itinerario de Paz: los ancestros, los progenitores, Mixcoac, los años juveniles, el idilio con la Garro (para mí la figura femenina más atractiva de las patrias letras del siglo XX; una Sor Juana que estuve en un tris de conocer), la aventura española, las andanzas cardenistas en tierras yucatecas, la diplomacia; y claro, los precedentes revisteros: Barandal (extraño, entre otros, el nombre de Manuel Rivera Silva), Taller, el Hijo Pródigo. Para desembocar en las dos publicaciones ya de férreo control por su director: Plural y Vuelta.
 

Me había impuesto, con antelación, de los trabajos de King (Plural), y Flores (Vuelta); y a Perales Contreras envidio la entrevista a Paz, puerta de prohibido acceso, y el trasiego de la parafernalia (hablo de los papeles, no de la vida) de la Garro, en la que se cuelan reveladoras cartas de la madre del escritor.
 

Seis. Suelo preguntarme qué tipo de asociación (generación) formaron los círculos de Plural y Vuelta. ¿Generación típica como la de Contemporáneos? ¿Generación atípica, de coetáneos y contemporáneos? ¿Constelación al modo del Ateneo de la Juventud? ¿Grupo de coyuntura? Lo inconcuso: calidad a toda prueba, disciplina horizontal, hegemonía ideológica; dígolo: partido (cultural) único. Al viejo modo. ¿Había conciencia del significado? Sin duda. ¿Y del ámbito de influencia, Hispanoamérica? También sin duda.
 

Siete. Hago votos porque en el Año Paz no se imponga la línea hagiográfica de la que dio pruebas, deplorables, el camaral Comité de Festejos (¡qué instalación! ¡Qué palabrería hueca! ¡Qué oportunismo!).
 

Que, por el contrario, actualizadas (¡y qué tiempos vivimos!), revivan las polémicas, los combates, en veces despiadados, por la, hoy tan de moda, “interlocución única” en el campo cultural.
 

Ocho. Sugiero un experimento comparativo. La intercalada lectura del trabajo impecable de Perales Contreras, con el no menos impecable ensayo/memoria de Víctor Roura: El apogeo de la mezquindad. Vivencias y decires en el periodismo (2012).