Opinión

Guerra económica

   
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EU

Discretamente circula ya en los pasillos de Washington un borrador de la Estrategia de Seguridad Nacional para 2018. Desde 1987, la ley obliga al Ejecutivo a anexar al proyecto de presupuesto de cada año un documento con ese contenido. El texto que se ha conocido resulta alarmante porque cambia por completo el concepto de seguridad nacional que ha prevalecido desde la época de Ronald Reagan.

Presidentes republicanos y demócratas han coincidido en considerar que el libre movimiento de bienes, personas e ideas y la prosperidad económica de todos los países es la clave para la seguridad de su nación.

Ese fue el espíritu con el que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ayudó a la reconstrucción de Alemania y Japón, los enemigos que acababa de vencer. Los generales George Marshall y Douglas MacArthur depusieron las armas y evitaron que las desgracias de la guerra se prolongaran por décadas. Estaban conscientes de que, recuperados, esos países volverían a ser competidores de su nación, pero entendían que, a la larga, EU tendría abasto confiable y mayores mercados para sus productos.

Más adelante, durante la Guerra Fría, nuestro vecino del norte compitió con la URSS para mostrar quien podía construir industrias más poderosas o crear tecnologías más avanzadas, pero nunca hubo, de ninguno de los dos lados, grandes esfuerzos de sabotaje económico. Con todo y su importancia estratégica, la carrera espacial se desarrolló con intensidad pero sin belicosidad. Desaparecida la Unión Soviética, el comercio con Rusia y los otros países que la integraban se intensificó inmediatamente, olvidando las rivalidades y buscando mutuos beneficios. En esa misma lógica aceptaron el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio.

Lo que preocupa del enfoque que está adoptando el gobierno de Donald Trump es que no sólo revierte la apertura comercial de las últimas cuatro décadas, sino que además plantea políticas agresivas que, necesariamente, van a tener respuesta. Eso ya lo vivió Barack Obama cuando la importación de llantas chinas pasó de 15 millones en 2004 a 40 millones en 2008. En lugar de mejorar su productividad, las llanteras americanas empezaron a cerrar plantas y a despedir trabajadores. Por presión de aquéllas y de los sindicatos, el presidente decretó una tarifa de 35% a los neumáticos importados. En represalia China estableció un impuesto punitivo a las patas de pollo, afectando a miles de granjeros americanos.

SUMA CERO
En su discurso en Da Nang (Vietnam), Trump no dejó lugar a dudas. Para frenar lo que considera prácticas injustas, va por un cambio radical del esquema comercial de su país. Además de abandonar el Acuerdo Transpacífico y dejar en suspenso el Transatlántico, está empezando a reducir sus compromisos en todas las instancias internacionales: salió del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático y de la UNESCO; redujo al financiamiento de la ONU. En la OMC desea condicionar la pertenencia de China e intenta elevar las tarifas de nación más favorecida, que actualmente son relativamente bajas para favorecer a los países en desarrollo.

Su intención es privilegiar acuerdos bilaterales en los que se establezcan intercambios completamente recíprocos, sin atención al distinto tamaño y fortaleza de las economías. Es lo que pretende al renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y los que tiene con Japón y Corea del Sur. En compras de gobierno, por ejemplo, actualmente los tres países del TLCAN participan libremente en licitaciones en cualquiera de ellos, sin importar si alguno sale más beneficiado. Lo que quiere es que el acceso a su mercado se limite al mismo importe en dólares de lo que ellos consigan vender en Canadá o México.

Lo verdaderamente delicado es que está empezando a presionar a distintas naciones para que no comercien con sus grandes competidores. Es lo que planteó en la Cumbre de los Tres Mares: si Europa Central quiere mis productos, que deje de adquirir gas licuado ruso y empiece a comprármelo a mí. Cuando eso empiece a afectar a la economía rusa, le aplicarán la misma receta y habremos entrado en una disputa absurda que, en cualquier momento nos va a regresar a la Guerra Fría, no ya con una carrera armamentista, sino arrebatándose mercados y aplicándose sanciones. Será la consecuencia de concebir la seguridad como mi prosperidad a costa de la de los demás.
prosperidad económica de todos los países es la clave para la seguridad de su nación.

Ese fue el espíritu con el que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos ayudó a la reconstrucción de Alemania y Japón, los enemigos que acababa de vencer. Los generales George Marshall y Douglas MacArthur depusieron las armas y evitaron que las desgracias de la guerra se prolongaran por décadas. Estaban conscientes de que, recuperados, esos países volverían a ser competidores de su nación, pero entendían que, a la larga, EU tendría abasto confiable y mayores mercados para sus productos.

Más adelante, durante la Guerra Fría, nuestro vecino del norte compitió con la URSS para mostrar quien podía construir industrias más poderosas o crear tecnologías más avanzadas, pero nunca hubo, de ninguno de los dos lados, grandes esfuerzos de sabotaje económico. Con todo y su importancia estratégica, la carrera espacial se desarrolló con intensidad pero sin belicosidad. Desaparecida la Unión Soviética, el comercio con Rusia y los otros países que la integraban se intensificó inmediatamente, olvidando las rivalidades y buscando mutuos beneficios. En esa misma lógica aceptaron el ingreso de China a la Organización Mundial de Comercio.

Lo que preocupa del enfoque que está adoptando el gobierno de Donald Trump es que no sólo revierte la apertura comercial de las últimas cuatro décadas, sino que además plantea políticas agresivas que, necesariamente, van a tener respuesta. Eso ya lo vivió Barack Obama cuando la importación de llantas chinas pasó de 15 millones en 2004 a 40 millones en 2008. En lugar de mejorar su productividad, las llanteras americanas empezaron a cerrar plantas y a despedir trabajadores. Por presión de aquéllas y de los sindicatos, el presidente decretó una tarifa de 35% a los neumáticos importados. En represalia China estableció un impuesto punitivo a las patas de pollo, afectando a miles de granjeros americanos.
SUMA CERO

En su discurso en Da Nang (Vietnam), Trump no dejó lugar a dudas. Para frenar lo que considera prácticas injustas, va por un cambio radical del esquema comercial de su país. Además de abandonar el Acuerdo Transpacífico y dejar en suspenso el Transatlántico, está empezando a reducir sus compromisos en todas las instancias internacionales: salió del Acuerdo de París sobre el Cambio Climático y de la UNESCO; redujo al financiamiento de la ONU. En la OMC desea condicionar la pertenencia de China e intenta elevar las tarifas de nación más favorecida, que actualmente son relativamente bajas para favorecer a los países en desarrollo.

Su intención es privilegiar acuerdos bilaterales en los que se establezcan intercambios completamente recíprocos, sin atención al distinto tamaño y fortaleza de las economías. Es lo que pretende al renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte y los que tiene con Japón y Corea del Sur. En compras de gobierno, por ejemplo, actualmente los tres países del TLCAN participan libremente en licitaciones en cualquiera de ellos, sin importar si alguno sale más beneficiado. Lo que quiere es que el acceso a su mercado se limite al mismo importe en dólares de lo que ellos consigan vender en Canadá o México.

Lo verdaderamente delicado es que está empezando a presionar a distintas naciones para que no comercien con sus grandes competidores. Es lo que planteó en la Cumbre de los Tres Mares: si Europa Central quiere mis productos, que deje de adquirir gas licuado ruso y empiece a comprármelo a mí. Cuando eso empiece a afectar a la economía rusa, le aplicarán la misma receta y habremos entrado en una disputa absurda que, en cualquier momento nos va a regresar a la Guerra Fría, no ya con una carrera armamentista, sino arrebatándose mercados y aplicándose sanciones. Será la consecuencia de concebir la seguridad como mi prosperidad a costa de la de los demás.

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