Opinión

Guerra comercial

   
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Trump (Reuters)

Hace dos años que Donald Trump, al postularse para presidente, declaró una guerra económica contra los países con los que Estados Unidos tiene déficit comercial, lo que califica de “abuso”. Tan hablaba en serio que asestó cañonazos inesperados a sus dos principales socios (y quienes más dependen de exportarle): aplicó un arancel del 24% a las maderas suaves de Canadá y frenó nuevas inversiones de Ford, General Motors y Carrier aquí. Alegando que comprometen la seguridad nacional, pretende reducir las cuotas de importación de acero y aluminio (del que Canadá y México son el primer y el cuarto proveedor).

Con su propuesta de revisión del TLCAN nos propone ahora una rendición incondicional: proteger al máximo sus productos y dejar sin ventaja a los nuestros.

A otros países, como China, Corea del Sur y Alemania no ha cesado de advertirles que los castigará por la fechoría de venderle mucho y no comprarle suficiente. Antes de salir de la Casa Blanca, su principal asesor, Steve Bannon lo dijo con todas sus letras: “estamos en una guerra económica con China”. La idea de mantener una balanza comercial permanentemente favorable viene del mercantilismo europeo de los siglos XV al XVIII. Esta desacreditada doctrina económica daba una exagerada importancia al atesoramiento de metales preciosos, necesarios para financiar las guerras. Para alcanzar la autosuficiencia, se subsidiaban las materias primas, la manufactura y las exportaciones, que debían ser finiquitadas con oro y plata. No se podían vender en el exterior materias primas. Se importaba sólo lo más indispensable, que debía pagarse con mercancía y liquidando altas tarifas.

De todo se llevaba detallada contabilidad y la fuerza naval perseguía el contrabando y el mercado negro, que inevitablemente estaban muy extendidos.

Veían a los otros poderes nacionales como rivales; entorpecían la comercialización de sus productos y les vendían lo más caro posible. Promovieron marinas mercantes nacionales para no usar los barcos extranjeros y si estos llegaban a algún puerto, tenían que descargar toda la mercancía que llevaran y ofrecerla a los clientes locales. Luego de tres días y de pagar una tarifa, podían seguir su travesía con la carga que les quedara. Encarecían así sus costos e impedían el comercio de larga distancia, sobre todo de bienes perecederos.

El Estado, que se financiaba con los aranceles, tenía un papel preponderante: alentaba el mercado interior unificado; controlaba los monopolios; imponía cuotas de producción, controles de calidad y precios tope; restringía los salarios y el consumo doméstico. El ministro de Finanzas de Luis XIV, Jean-Baptiste Colbert, logró sustituir las importaciones de cristal y espejos venecianos y de textiles flamencos, pirateándose artesanos extranjeros para operar las respectivas “fábricas nacionales”. Subsiste la de Gobelinos, que hace los tapices que adornan todas las oficinas del gobierno francés.

TEORÍA FALLIDA
Aunque fue popular durante algún tiempo, este sistema económico se caracterizó por no impulsar la productividad ni el crecimiento; por inducir un colonialismo rapaz y provocar guerras absurdas. Fue un régimen de extracción de rentas; una conspiración de manufactureros y mercaderes contra trabajadores y consumidores. Al final triunfó el libre comercio y lúcidos pensadores señalaron sus equivocaciones: la riqueza del mundo no es fija (John Locke); es imposible e indeseable una balanza comercial constantemente positiva (David Hume); no entendieron los beneficios recíprocos del comercio ni los conceptos de ventaja absoluta o comparativa (David Ricardo); confundían riqueza con dinero y no razonaron que los metales preciosos eran un commodity como cualquier otro (Adam Smith). El error fundamental fue ver la economía como un juego de suma cero: lo que ellos ganan nosotros lo perdemos; cualquier ganancia nuestra requiere que los otros pierdan.

Lamentablemente ese atavismo se ha vuelto a poner de moda. El gobierno de Trump ve al comercio externo como amenaza y no como oportunidad. Se modifique o se cancele el TLCAN, seguirá la ofensiva contra nuestras exportaciones. Debemos prepararnos para detenerla.

En 2009, EU suspendió abruptamente el programa piloto que permitía que los camiones mexicanos cruzaran la frontera. En respuesta México impuso tarifas punitivas tan altas como el 45% en 89 productos, obligando a Washington a ceder. Pronto tendremos que hacer lo mismo con los productos de los estados donde Trump ganó: carne de puerco de Iowa, textiles de Carolina del Norte, computadoras de Arizona, cacahuates de Georgia, quesos de Wisconsin. Ni modo, no hay que dejarnos.

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